La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 24
La junta finalmente terminó, y Emma, sin querer pasar ni un minuto más cerca del presidente, se retiró rápidamente. Dominic la observó mientras se alejaba, admirando cómo sus caderas despampanantes se movían al salir de la sala. Sin embargo, la junta no había concluido por completo, ya que se dividió en dos partes debido a la falta de tiempo. Mañana tendría que enfrentarlo nuevamente.
Caminando hacia el ascensor, Emma sintió una mirada penetrante detrás de ella. Presionó el botón del ascensor, y cuando las puertas se abrieron, entró rápidamente, al igual que la mujer que la seguía de cerca. Rosaura presionó con rápidez el botón para cerrar las puertas, asegurándose de que nadie interfiriera en su conversación.
— No pensé que fueras tan descarada como para meterte con el presidente. Eres una mujer arrastrada — soltó Rosaura.
— Que yo sepa, no te he faltado al respeto en ningún momento, Rosaura. Así que exijo el mismo trato hacia mí.
— Vaya, hasta te atreves a tutearme. No olvides con quién estás hablando.
— ¿Y quién crees que tienes frente a ti? — respondió Emma con un tono más firme. Algo que no permitiría era que intentaran humillarla; sabía defenderse y tenía el valor para hacerlo. — Ya no soy la asistente de Rodrigo, soy la gerente de operaciones. No lo olvides, Rosaura.
— Qué prepotente eres, Emma. Solo llevas unos meses en este puesto y ya te crees la más importante. No dejes que se te suban los humos a la cabeza.
— ¡Ja! ¿En serio me dices eso tú? Lo aceptaría si viniera del señor Walter, o el señor Gabriel o incluso de mi ex jefe el señor Rodrigo, pero de ti, Rosaura, jamás aceptaría un consejo.
— Ahora que eres la perra de Dominic, estás más segura de ti misma. ¡Qué valor, Emma! Felicidades por enganchar a un hombre casado — bramó Rosaura, aplaudiendo sarcásticamente.
— Cuida tus palabras, Rosaura. Si no sabes de qué hablas, mejor no digas nada. Yo no soy la perra de nadie, y lo que te duele a ti es que te quitara tu lugar en la mesa. Te asusta la idea de ser reemplazada, ¿verdad? — respondió Emma con sarcasmo.
— Eres una estúpida — soltó Rosaura, acompañando sus palabras con una fuerte bofetada. — No esperaba que fueras tan así, Emma. Claro, ahora que tienes a Dominic entre tus piernas, te crees superimportante.
Emma, sorprendida por la agresión, quería responder de la misma manera, pero se contuvo. Era una mujer de principios y no se rebajaría a ese nivel. — Lo que acabas de hacer tiene un nombre: agresión laboral. No me imagino cuántos más habrán sufrido tu maltrato. Pero créeme, esto no quedará así.
— ¿Me estás amenazando? — preguntó Rosaura, furiosa.
— No, Rosaura. No todas las palabras son amenazas; simplemente te estoy dando una advertencia — respondió Emma con firmeza. Antes de que Rosaura pudiera contestar, el ascensor llegó a su piso, y Emma salió rápidamente sin mirar atrás ni despedirse.
Al llegar a su oficina, unas pequeñas lágrimas cayeron sobre los papeles que sostenía con fuerza. La impotencia la invadía, y en lugar de reaccionar de manera brusca, se mordió los labios para contener lo que sentía. En ese momento, Nicole entró en la oficina al ver llegar a Emma.
— Emma, cuéntame... — comenzó a decir Nicole, pero se detuvo al notar la mejilla roja de su amiga, evidencia de la bofetada. Preocupada, se acercó rápidamente. — ¿Qué te pasó, Emma?
— Nada… no me pasó nada, Nicole — respondió Emma, evitando mirarla, concentrada en los papeles que sostenía con fuerza, mientras sentía como su voz la traicionaba y se volvía más aguda.
— ¿Cómo puedes decirme que no pasó nada? Emma, ¿quién te hizo eso? — insistió Nicole, levantándole el mentón para que la mirara.
Emma respiró profundamente antes de sentarse, sintiendo el dolor en la espalda y el ardor en la mejilla. — Todo está mal, Nicole. Soy un desastre.
— Tú eres todo menos un desastre, Emma. ¡Ahora dime quién te hizo esto! — exigió furiosa, refiriéndose a la marca en la mejilla.
— Rosaura... — exhaló Emma, sintiendo un nudo en la garganta que dificultaba su respuesta. — Me llamó la perra de ya sabes quién — dijo mientras sus labios temblaban y su expresión se volvía confusa.
— Esa maldita mujer. ¿Cómo puede estar tan segura para decir eso? ¿Qué pasó en la junta?
— Por órdenes de ya sabes quién, intercambiamos asientos. En serio, no sé qué le pasa a ese hombre. Después de la junta, ella me confrontó en el ascensor, como si yo tuviera la culpa de las órdenes de ese hombre.
— Esa mujer te tiene harta envidia. Dicen que los peores enemigos de las mujeres son otras mujeres. Y valla que es verdad.
— No estoy para eso, Nicole. Solo quiero terminar y largarme de aquí. Ya no quiero estar aquí.
— ¿Emma, de qué hablas? ¿Quieres renunciar? — preguntó Nicole, preocupada.
— No le daré el gusto a nadie de verme renunciar. Solo quiero irme al apartamento. A veces siento que la vida me trata como si yo le hubiera dado los latigazos a Jesús.
Un silencio se apoderó de la oficina, interrumpido por las carcajadas de Nicole al escuchar el comentario de Emma.
— A veces te pasas. Ja, a mí la vida me trata como si fuera mi papá, que nos dejó por irse con su amante.
— … ¿Estás bien Nicole? — Preguntó Emma preocupada.
— Mis traumas, mis chistes.