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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPITULO 20
La tormenta estalló exactamente como los Ancestros habían predicho. Cuando los mercenarios del este entraron en la garganta del Paso del Susurro, el viento ya rugía con una furia cegadora, levantando nubes de nieve pulverizada que reducían la visibilidad a apenas unos metros.
Los hombres del este, encorvados y maldiciendo, intentaban avanzar con sus pesadas máquinas. Fue entonces cuando el sonido cambió. No era el viento. Era un aullido colectivo, gutural y aterrador, que brotó de las paredes de la garganta.
Caleb, transformado en su forma de lobo rojo, fue el primero en lanzarse desde los riscos superiores. La caída fue un borrón de pelaje carmesí que impactó directamente en el centro de la formación enemiga. La Manada Roja atacó como un solo organismo, una marea de garras y colmillos que emergió de la ventisca.
El caos fue inmediato. Las ballestas de plata eran inútiles cuando el enemigo estaba mezclado cuerpo a cuerpo en un torbellino de nieve y sangre. Caleb destrozaba escudos con la fuerza de un titán, y en el centro de todo, Alondra invocaba el poder del vínculo.
Sentada sobre una roca elevada, con los ojos brillando en un azul eléctrico, Alondra canalizaba la energía del bosque. Cada vez que un mercenario intentaba apuntar a Caleb, una ráfaga de viento helado o una proyección de escarcha desviaba el disparo. Ella era el faro, el pulso que mantenía a la manada unida en medio del infierno blanco.
Un capitán mercenario, con una armadura reforzada en plata, logró subir hasta la posición de Alondra, con una daga en mano.
—¡Aquí termina el truco, bruja! —gritó, lanzándose sobre ella.
Alondra no retrocedió. Con un movimiento rápido, invocó el aire de la montaña, creando un muro de escarcha que frenó al hombre. Antes de que él pudiera recuperarse, Caleb emergió de la niebla. El Alfa no perdió tiempo en palabras. Un solo zarpazo de su garra derecha, reforzada por la furia de su compañera, envió al capitán volando al abismo de la garganta.
La batalla terminó tan rápido como había comenzado. Los supervivientes, aterrorizados por el despliegue de poder sobrenatural, se dieron a la fuga, abandonando sus costosas máquinas en la nieve.
Caleb regresó a su forma humana, con el pecho subiendo y bajando, cubierto de la sangre de sus enemigos. Se acercó a Alondra, quien temblaba por el esfuerzo, y la levantó en brazos sin decir una palabra. La llevó hasta una cueva protegida en el acantilado.
—Lo logramos —susurró Alondra, descansando su cabeza en el hombro de Caleb.
—Lo lograste tú —corrigió él, cubriéndola con su capa y besando su frente con una ternura que contrastaba con la violencia de la batalla—. Sin ti, estaríamos muertos. Pero esto solo ha sido la avanzadilla, mi Luna. El alcalde aún nos espera en el valle, y la verdadera guerra apenas acaba de comenzar.
Caleb la sostuvo con fuerza contra su pecho, mirando hacia la oscuridad del valle. La victoria era suya, pero el invierno se estaba volviendo mucho más frío.