Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 21
La noche avanzaba y la casa estaba en silencio. Valentino miró el reloj por décima vez en pocos minutos. Ya pasaba de la hora en que ella había dicho que volvería. Estará entretenida, se dijo a sí mismo. Seguro se le hizo tarde y se le olvidó avisar. Pero cuando dieron las doce y no hubo ni una llamada ni un mensaje, la inquietud se transformó en alarma.
Marcó su número. Una vez. Dos veces. Cinco. Siempre la misma voz fría del contestador: El teléfono que llama está apagado o fuera de cobertura.
—No puede estar apagado —murmuró, caminando de un lado a otro de la sala—. Me prometió que lo mantendría encendido.
Intentó calmarse, pero no podía. Algo en el pecho le decía que esto no era normal. Que ella no era así. Que aunque estuviera enfadada, no desaparecería sin decir una palabra. Sacó el teléfono y llamó a Lucía. Tardó en contestar.
—¿Hola? —se escuchó su voz al otro lado, confundida y con ruido de fondo.
—Lucía, soy Valentino —dijo él con urgencia—. ¿Mariana está contigo? Debería haber vuelto hace horas. No contesta el teléfono.
Hubo un silencio al otro lado que le heló la sangre.
—¿Mariana? Pero… ella no está conmigo. No vino a mi casa.
Valentino sintió que el suelo se le movía bajo los pies.
—¿Qué dices? ¿No están en tu casa cenando como me dijo?
—No, Valentino —respondió Lucía, ahora más preocupada—. Ella me dijo que te había dicho que se quedaría en mi casa, pero que en realidad íbamos a una fiesta fuera de la ciudad. Pensé que lo sabías. Pensé que tú estabas de acuerdo.
—¿Una fiesta? ¿Dónde? ¿Con quién? —preguntó él, con voz tensa.
—En la casa de campo del hermano de Sofía —dijo ella rápidamente—. Pero Mariana se fue hace horas. Dijo que volvería antes. Pensé que ya estaba en casa contigo. No sé qué pasó.
Valentino colgó sin despedirse. Todo encajó de golpe: la mentira, la prisa por irse, la forma en que había actuado rara antes de salir. Y ahora estaba sola en un lugar que no conocía, sin teléfono, sin que nadie supiera exactamente dónde estaba. El pánico lo recorrió por completo.
—Mariana… ¿qué has hecho? —susurró, agarrándose la cabeza—. ¿Dónde estás?
No perdió ni un minuto más. Agarró sus llaves y salió corriendo hacia el coche. No sabía qué iba a encontrar, no sabía si estaría bien o… no quiso ni pensarlo. Solo sabía una cosa: tenía que encontrarla. Y lo haría. No importaba a qué costo.
Condujo a toda velocidad por las calles oscuras, con el corazón golpeándole desbocado. Cada minuto que pasaba sin saber de ella era una tortura. Y en lo más profundo de su ser, sabía que algo terrible había sucedido. Algo que iba a cambiar todo.
Valentino apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Respiraba entrecortadamente, intentando no dejarse consumir por el pánico, pero cada segundo que pasaba era como una aguja clavada en su pecho. Marcó el número de Mariana una vez más, con la esperanza absurda de que contestara, pero la misma voz grabada le devolvió la realidad: apagado.
—¿Por qué mentiste, Mariana? —susurró al vacío del coche, con la voz quebrada—. ¿Por qué no pudiste decirme la verdad? Habría ido contigo. Habría esperado por ti. Cualquier cosa menos esto.
Llegó a la casa de campo en menos tiempo del que nunca había tardado en recorrer ese camino. Se bajó del vehículo de un salto, casi sin detenerlo, y corrió hacia la entrada. La música seguía sonando fuerte, la gente seguía riendo, como si nada faltara en ese mundo ajeno a su desesperación. Entró y llamó a gritos el nombre de Mariana entre la multitud, pero nadie respondió. Nadie la había visto salir. Nadie sabía a dónde había ido.
Finalmente encontró a Lucía y a Sofía en un rincón, pálidas y asustadas, buscándola con la mirada entre la gente. Valentino se acercó a ellas, intentando mantener la calma aunque todo en él temblaba.
—¿Cuándo fue la última vez que la vieron? —les preguntó, con voz grave y urgente—. Hablen, por favor. Todo detalle cuenta.
Lucía tenía los ojos rojos de llorar.
—Hace unas dos horas… —dijo con voz temblorosa—. Estábamos hablando afuera, y ella se veía nerviosa. Me dijo que necesitaba irse, que no se sentía bien. Fui a buscar el abrigo de Sofía un momento, y cuando regresé… ya no estaba. Pensé que se había ido adelantando. Que te habría llamado.
—No me llamó —dijo Valentino, apretando los dientes para no gritar—. Su teléfono está apagado desde que salió de aquí. ¿Vio alguien más con quién estaba? ¿Salió con alguien?
Sofía dio un paso adelante, con las manos entrelazadas con fuerza.
—Había un hombre… se llamaba Diego. Diego Catalano. Estuvo insistiéndole toda la noche. No le quitaba la vista de encima. Cuando regresé, él tampoco estaba.
Valentino sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Diego Catalano? —repitió, como si el nombre le dejara un mal sabor de boca—. ¿Estás segura de ese nombre?
—Sí —asintió ella—. Mi hermano lo conoce. Dijo que… dijo que tiene negocios en la ciudad, pero que no es alguien en quien confiar. Que aparece y desaparece cuando menos lo esperas.
Valentino miró hacia la entrada oscura, con el corazón golpeándole dolorosamente.
—Díganme todo lo que saben de él. Dónde vive, con quién vino, qué coche conduce. Cualquier cosa. No importa cuán pequeña les parezca. Necesito encontrarla.
—No sabemos mucho —admitió Lucía, llorando ahora con más fuerza—. Valentino, ¿y si le pasó algo malo? ¿Y si no la encontramos?
Él las miró entonces, con una determinación tan firme que las hizo callar.
—La encontraré. No importa a dónde la hayan llevado, no importa cuánto tarde. No descansaré hasta tenerla de vuelta. Se lo prometí a sus padres, pero más que eso… se lo prometí a ella misma. Y las promesas se cumplen, aunque cueste la vida.