Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 8
La puerta del baño se abrió poco a poco, con un chirrido leve. Ariana salió con los dedos temblándole sin control, todo el cuerpo estremecido de miedo, tragada por la desesperación.
Sin perder tiempo, Nova le arrebató las tres pruebas. Los ojos de la mujer se abrieron de par en par al comprobar las dos líneas rojas intensas marcadas con claridad en las tres. Una conmoción profunda la golpeó por un instante, antes de que una idea le cruzara veloz por la mente.
¡Maldita sea! ¡Resulta que esta idiota está embarazada de la semilla del señor Edgar Alcázar! ¡Edgar no puede enterarse de que Ariana lleva a su propia sangre! Nova esbozó una sonrisa taimada.
Nova compuso adrede un gesto de histeria dramática.
—¡Cariño, mira! ¡Ariana está embarazada! —gritó, rompiendo el silencio de la casa.
Dana, de pie junto a su madre, también abrió mucho los ojos. Sabía perfectamente quién era el hombre detrás de lo de aquella noche.
Mira nomás, qué buena resultó la tal Ariana. ¿Con solo una noche ya quedó embarazada? ¡Certero el señor Edgar! pensó Dana, rebosante de mala fe.
Al oír el grito de su esposa, don Mariano avanzó con el rostro encendido por la ira que le abrasaba el pecho. Los ojos le echaban fuego mientras miraba a su propia hija.
—¡Desgraciada! ¿¡Así que esta es tu forma de pagarme, Ariana!? —bramó don Mariano con voz atronadora—. ¡Me has hecho pasar una vergüenza enorme! ¿Tan ruin eres por ahí afuera?
Ariana se dejó caer de rodillas y se abrazó a las piernas de su padre, con las lágrimas rodándole a raudales.
—Perdón, papá... ¡No es del todo culpa mía! Yo...
—¡Papá! —lo interrumpió Dana a toda prisa, antes de que Ariana pudiera revelar la verdad. Los ojos le brillaban de pura provocación—. La vi llegar de madrugada, ¿y sabes qué? ¡Tenía el cuello lleno de marcas rojas! Según lo que averigüé, Ariana venía de registrarse en un hotel... ¡Se estaba vendiendo para poder pagar la universidad!
Aquella acusación infame fue la gota que colmó la última pizca de paciencia de don Mariano. La furia le nubló por completo el juicio.
¡Plaf!
Una bofetada seca cayó de lleno en la mejilla de Ariana. El golpe fue tan fuerte que la tiró al suelo. La marca de la palma le quedó enrojecida sobre la piel tersa, y la comisura del labio se le abrió y empezó a sangrar.
Al ver a su niña destrozada de forma tan brutal, la nana Meche ya no pudo quedarse mirando. Con el poco valor que le quedaba, irrumpió en la escena y se arrodilló para abrazar el cuerpo de Ariana, tendida y resignada en el piso.
—¡Basta, señor! ¡Deténgase, pobre niña Ari! —gritó la nana Meche, protegiéndole el pecho.
—¡Meche, tú no te metas! —vociferó don Mariano, iracundo, señalando la salida con el índice tembloroso—. ¡A partir de ahora ya no eres mi hija! ¡Vete y lárgate de aquí! ¡Esta casa jamás aceptará a una mujerzuela como tú! Y tú, Meche... ¡estás despedida! ¡Llévate a esta maldita de mi casa ahora mismo!
Ariana lloraba fuera de sí. El pecho se le cerraba y le latía de dolor, no solo por el ardor en la mejilla, sino por la certeza de que su propio padre la echaba sin querer escuchar la verdad.
La nana Meche se secó las lágrimas y ayudó a Ariana a ponerse de pie con firmeza en el corazón.
—Vamos, niña... vámonos de aquí. Esta casa ya no merece que la habite la niña Ari —dijo la nana Meche con aplomo y valentía. Ese día ya no temía las amenazas de nadie, porque había dejado de ser la empleada de aquella casa infernal.
A espaldas de Ariana y de la nana Meche, que salían con paso vacilante por las rejas del portón, Nova y Dana permanecían una junto a la otra. Una amplia sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus rostros mientras celebraban el triunfo de su intriga: haber apartado a Ariana para siempre de la vida de la familia de Mariano.
*
*
El jet privado de la familia Alcázar aterrizó al fin, suave, en el aeropuerto de la ciudad. Apenas cruzó la salida VIP de llegadas, Edgar avanzó a toda prisa, con un aura de firmeza imposible de contener.
—Edgar, ¿adónde vas? —preguntó don Fernando desde su silla de ruedas, extrañado de ver a su único hijo con tanta prisa.
—Tengo un asunto importante que resolver, papá. ¡Se trata de una mujer! —respondió Edgar sin rodeos, sin ocultar ya nada.
Don Fernando esbozó de inmediato una amplia sonrisa.
—¿Esa mujer es tu futura esposa?
Edgar detuvo el paso un momento y miró a su padre con los ojos cargados de remordimiento.
—Sí, papá. Voy a casarme con esa mujer... la mujer a la que le arrebaté la honra.
Aquella confesión sincera dejó pasmado a don Fernando, pero, un segundo después, su expresión se volvió firme.
—¡Trae de inmediato a esa mujer a la mansión Alcázar! ¡Quién sabe si en este momento ya lleve a tu hijo, Edgar! —exclamó don Fernando, recalcando cada palabra.
El corazón le dio un vuelco a Edgar.
Las palabras de su padre lo golpearon de lleno en el pecho. El hombre enmudeció de repente. La memoria de los sucesos extraños de Alemania volvió a girar en su mente: aquellas náuseas intensas que lo asaltaban cada mañana y cada noche, sin una causa médica clara.
—Está bien, entonces unos escoltas llevarán a mi papá hasta la mansión. Bruno y yo iremos a buscar a esa mujer enseguida —resolvió Edgar con firmeza.
Don Fernando asintió, complacido, con el rostro radiante. La gran esperanza de cargar pronto a un nieto le encendía las ganas de vivir y le transformaba el semblante, antes apagado, en uno rebosante de alegría.
Edgar y Bruno subieron de prisa a la limusina negra que los esperaba en el estacionamiento. De camino a la casa de Mariano, Edgar sacó el celular y marcó el número del doctor Julián, su amigo cercano y, a la vez, médico personal de la familia Alcázar.
Sin rodeos, Edgar le describió los extraños síntomas de náuseas y vómitos que venía sufriendo de forma constante en los últimos tiempos.
Al otro lado de la línea, el doctor Julián soltó una risita burlona.
—Vaya... ¡pareces una mujer con antojos, Edgar! A ver, sé sincero conmigo: ¿alguna vez antes dormiste con una mujer? Porque, que yo sepa, tú les huyes a las mujeres, y el rumor malicioso que siempre escucho te tacha de impotente.
Al oír la pulla, la mandíbula de Edgar se tensó y su puño se cerró con fuerza.
—¡Desgraciado! Hasta ahora no he encontrado al que difunde ese chisme barato. ¡Si llego a saber quién es, le parto el cuello y le arranco la lengua hasta dejársela colgando! —amenazó Edgar, frío, sin el menor asomo de broma.
El doctor Julián, al otro lado del teléfono, se estremeció de solo imaginar el aura asesina de su amigo.
—¡Ya, ya! Dime de una vez: ¿alguna vez antes dormiste con una mujer? —insistió el doctor Julián, desviando la conversación.
—Sí... hace un mes mancillé a una mujer que aún era pura. Y no sé cuántas veces derramé mi semilla en una sola noche... ¡Todo por culpa de una droga maldita de mi enemigo! —dijo Edgar, contrariado.
Al instante, una carcajada del doctor Julián estalló a través de la línea.
—¡Oye, joven Edgar! Pero, al menos, tu enemigo te dio algo rico, ¿no? ¡Ya dejaste de ser virgen! —dijo el doctor Julián entre risas desatadas—. Y, por tus síntomas, parece que tienes el síndrome de Couvade, una especie de embarazo por simpatía o antojos que le dan al futuro padre cuando su pareja está embarazada. ¡Parece que esa mujer sí que lleva de verdad a tu propia sangre!
Al escuchar aquella explicación científica tan sorprendente, Edgar se quedó de una pieza, sin habla. Sin pronunciar una sola palabra, cortó la llamada de tajo.
En su consultorio, el doctor Julián solo pudo quedarse mirando la pantalla del celular, refunfuñando fastidiado.
—Bah... ¡qué hombre tan insoportable! ¡Me cuelga cuando se le da la gana!
Mientras tanto, dentro del auto, Edgar miraba fijo las calles de la ciudad. El pecho le rugía con fuerza: el embarazo de Ariana ya no era una mera posibilidad, sino una realidad que tenía que salir a buscar y de la que debía responder.