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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

Gael todavía no se recuperaba por completo. Se acurrucó bajo las cobijas e intentó obligarse a pensar en otra cosa.

Tendría que presentar la renuncia en persona. Mariano no iba a conformarse con una llamada. Y si Adrián regresaba por la noche, ¿qué podía preparar para agradecerle? Era un hombre que ya lo tenía todo.

Mientras decidía si un financier sería apropiado, empezó a quedarse dormido. El celular sonó de repente y lo hizo abrir los ojos de golpe.

Tardó un instante en recordar que era el aparato nuevo. Había olvidado ponerlo en vibración.

Era Tomás.

—¡Mariano debe de estar enfermo de la cabeza! —exclamó en cuanto Gael respondió—. Desde que llegó a la pastelería no ha hecho más que buscar pleito con todos.

Gael se incorporó un poco.

—¿Qué ocurrió?

Tomás bajó la voz con aire conspirador.

—¿Quién era ese alfa?

—¿Qué alfa?

—Mariano te llamó y un alfa contestó. ¿Era tu esposo?

Gael se sentó de golpe. Un mechón de cabello quedó levantado sobre su cabeza.

—Él solo estaba a mi lado. No contestó a propósito. Fue una coincidencia.

—Entonces sí era tu esposo.

El título era correcto, pero a Gael todavía le daba vergüenza escucharlo. Tomás hizo un sonido pensativo.

—Tu pareja es alfa. Las relaciones entre alfas y betas son poco comunes; deben de quererse mucho.

Los betas no podían formar vínculos de feromonas. Al emparejarse con un alfa o un omega, la distancia fisiológica podía convertirse en una prueba constante.

Gael no tenía ese problema porque entre Adrián y él no existía amor. El alfa apenas había empezado a tratarlo con algo de paciencia y Gael no entendía ni su frialdad ni sus atenciones.

Evitó el tema.

—¿Mariano dijo algo más?

La indignación de Tomás regresó de inmediato.

—Ni siquiera sabe preparar un postre y aun así llega a decirnos cómo trabajar. La pastelería funciona a pesar de él, no gracias a él. Mañana, en cuanto depositen mi sueldo, me voy.

El joven heredero de los Vega defendía con seriedad el fruto de su trabajo. La cantidad era insignificante para él, pero quería recibir lo que había ganado con su propio esfuerzo.

—Yo también iré mañana —dijo Gael—. Presenté la renuncia por teléfono y Mariano seguramente intentará desconocerla.

Era evidente que no pensaba aceptarla. Adrián solo lo había dejado sin argumentos durante la llamada.

Tomás recuperó el entusiasmo.

—Perfecto. Después iremos a ver el nuevo local. Emprender significa atreverse a probar.

Si perdía dinero, lo consideraría parte de la experiencia. Gael no podía permitirse esa clase de despreocupación. Su mayor sueño era tener una pastelería propia.

Sus deseos siempre habían sido pequeños. Un poco de calidez le bastaba para alimentar recuerdos durante mucho tiempo.

—Te irá bien —dijo con sinceridad.

—Claro. Además, contigo vendrán muchos clientes. La pastelería de Mariano se volvió popular desde que llegaste. Eso significa que traes buena suerte.

Nadie le había dicho algo semejante. Había escuchado muchas veces lo contrario.

—Gracias. Es la primera vez que alguien piensa eso de mí.

Tomás guardó silencio un instante, sin darle demasiadas vueltas.

—Tengo que volver al trabajo. Nos vemos mañana.

Gael se recostó otra vez. Observó el celular unos segundos antes de dejarlo con cuidado sobre la mesa.

Últimamente se cansaba con facilidad, aunque en ese momento no sentía dolor. Quizá la pomada de la mañana había funcionado: la hinchazón y la comezón de la nuca habían desaparecido y el aire de la habitación no contenía aromas extraños.

Sus músculos se relajaron y cerró los ojos.

El mayordomo había pedido un caldo nutritivo para la cena. Después de consultar a una nutrióloga, decidió que Gael necesitaba más energía para recuperarse. Las fiebres constantes no eran normales y últimamente lo vigilaba con especial atención.

Gael durmió tan profundamente que no escuchó la alarma hasta que sonó por segunda vez. La apagó y permaneció sentado un rato antes de lograr abrir bien los ojos.

—¿Por qué tengo tanto sueño?

Había decidido preparar una cena ligera para Adrián. Como no le gustaban los postres, descartó el financier. Gael solo conocía recetas caseras, así que se levantó temprano para preguntar al chef qué sabores prefería su esposo.

Cenó en la cocina y luego revisó distintas opciones con el cocinero. Preparó los ingredientes con la misma concentración que había puesto años atrás en su primer postre.

No sabía a qué hora regresaría Adrián, aunque rara vez llegaba demasiado tarde. Tenía una rutina estricta y siempre se acostaba antes de las once, salvo durante el rut.

Adrián ignoraba lo que ocurría en casa. Aquella noche negociaba una alianza de enormes proporciones entre varios corporativos. Una mínima participación del proyecto habría bastado para mantener a diez familias como los Luján.

En efecto, había retrasado dos horas la junta por Gael. Le parecía absurdo, aunque la visita no había resultado desagradable.

Daniel Quiñones se presentó frente a su escritorio.

—El presidente del Grupo Solana llegará en diez minutos. Su oferta inicial es seria.

Adrián levantó la vista.

—¿Ernesto Salgado viene en persona? Su hijo alfa ha estado muy activo. Me sorprende que no le permita encabezar la negociación.

—La jerarquía también pesa en una mesa de negocios. Mauricio Salgado tiene casi su edad, pero está muy lejos de igualar la experiencia de su padre. Quizá temen que usted se aproveche.

Podía sonar a adulación barata, pero Daniel se limitaba a exponer un hecho. Los Ferrer tenían una fortuna consolidada y Adrián era el único heredero. Entre sus contemporáneos de la capital, nadie se acercaba a su posición.

—Ernesto puede conversar con mi padre sin intermediarios. Avísame cuando llegue. Iré a saludarlo antes de la junta.

Los Salgado conservaban una empresa sólida, pero los Ferrer no necesitaban complacer a nadie. Desde que Adrián tomó el control, el valor del grupo no había dejado de crecer. Recibir a Ernesto antes de la hora ya era una cortesía importante.

Lo que Adrián había olvidado era que Ernesto tenía otro hijo: un omega clase A.

La alta sociedad compartía una certeza no pronunciada. Adrián estaba casado con un beta sin apellido importante y aquel matrimonio no duraría.

El Grupo Solana llevaba varios años sin crecer. Ernesto apostaba mucho a ese encuentro entre su hijo menor y Adrián.

En el vestíbulo del edificio, se inclinó hacia Julián.

—¿Estás preparado?

El omega sonrió con suavidad.

—Por supuesto, papá. Entremos.

Julián era sereno y prudente, muy distinto de su hermano mayor. Ernesto confiaba en él.

La recepción avisó a Adrián apenas ambos ingresaron. Una empleada los condujo al elevador. Adrián, concentrado en un reporte, apenas escuchó el mensaje y se dirigió a la sala de juntas con el documento en la mano.

Julián no pensaba mostrarse precipitado. Aquel día se presentaría como asistente de su padre.

Daniel acompañó a los visitantes. Cuando entraron, Adrián seguía sentado en la cabecera. Ernesto se incomodó al verlo permanecer en su lugar, pero ocultó la molestia de inmediato.

—Adrián, cuánto tiempo sin verte.

Adrián se levantó y le estrechó la mano.

—Señor Salgado. Bienvenido.

Todavía faltaban veinte minutos para el inicio. Julián se sentó en silencio y no intentó llamar la atención.

Era atractivo y tenía una presencia amable, pero Adrián ni siquiera reparó en él. Nunca se había interesado demasiado en las relaciones. Había buscado un beta para controlar los síntomas del rut, no porque fuera fácil cautivarlo.

Ernesto empezó con una conversación trivial.

—Siempre fuiste brillante. Cuando tu padre y yo coincidíamos, no dejaba de hablar de ti. Si mi hijo mayor tuviera la mitad de tu capacidad, podría morir tranquilo.

La última parte era sincera. Algún día debía dejarle la empresa a la siguiente generación, pero Mauricio todavía no le inspiraba confianza. Por eso se veía obligado a utilizar primero a Julián.

—Es demasiado generoso —respondió Adrián—. Vi a Mauricio en una recepción reciente. La familia Villaseñor habló muy bien de él.

Ernesto sabía que aquello se debía a sus propios contactos y cambió de tema.

—La familia de mi esposa no trabaja en el sector farmacéutico, pero escucha ciertos rumores. ¿Tú no has oído nada últimamente?

Adrián golpeó la mesa una vez con el índice.

—No. Cuénteme.

Ernesto sonrió como si fuera un comentario casual.

—Desarrollaron un supresor especial para el rut de los alfas clase S.

Adrián arqueó una ceja.

Julián se levantó en el momento preciso. Bajó los ojos, se acercó y tomó la taza que estaba junto a la mano del alfa.

—Señor Ferrer, su té se enfrió. Permítame traerle otro.

Solo entonces Adrián observó al supuesto asistente. La mano que sostenía la taza era delicada; al seguirla con la mirada, encontró un perfil sereno y refinado.

Julián no cruzó ningún límite. Salió de verdad para cambiar el té.

Adrián volvió a mirar a Ernesto y abandonó las cortesías.

—¿Qué quiere proponerme?

A solas con él, Ernesto adoptó un tono confidencial.

—Un alfa y un beta nunca pueden formar un vínculo verdadero. Incluso una pareja alfa-omega con baja compatibilidad tiene dificultades para mantenerse estable. ¿Qué puede ofrecerte un beta que ni siquiera percibe feromonas?

La expresión de Adrián no cambió.

—¿Y?

—El supresor saldrá al mercado el próximo mes. Tus episodios de rut dejarán de ser un problema. Con la inyección y el tratamiento, marcar a un omega podría convertirse en un proceso controlable. Tú y yo sabemos que tu pareja actual no es la mejor opción. Tal vez deberías…

Adrián se inclinó hacia delante, como si de verdad quisiera pedirle consejo.

—El rut puede suprimirse. Nadie sabe si desaparecerá el rechazo indiscriminado de mi cuerpo hacia las feromonas omega. Mi marca siempre implicará un riesgo, y no todos los omegas pueden soportar feromonas clase S. Dígame, señor Salgado: ¿de verdad entregaría a su hijo a un alfa como yo?

Había comprendido que aquel asistente era la persona que Ernesto quería ofrecerle. Pero aceptar o no nunca sería decisión del padre.

Una marca temporal permanecía alrededor de un mes. En cambio, un omega marcado por completo solo podía recibir alivio de ese mismo alfa durante el resto de su vida, salvo que se sometiera a una eliminación del vínculo.

La pregunta era justa: cualquiera que llevara la marca de Adrián tendría que vivir con el peligro.

—Toda la capital conoce la agresividad de mis feromonas —añadió—. No tiene que responder ahora. Piénselo con calma.

Ernesto vaciló. Julián seguía siendo su hijo y el riesgo físico era real.

Sin embargo, recobró la determinación.

—La postura de los Salgado no cambiará. El supresor estará disponible el próximo mes. Pruébalo; quizá funcione mejor de lo que imaginas.

Adrián no respondió.

Julián llamó a la puerta y entró en el momento exacto. Dejó frente a Adrián una taza humeante como si ignorara por completo la conversación que acababa de ocurrir.

Al inclinarse, un tenue perfume floral cruzó el aire.

—Su té, señor Ferrer.

Adrián giró la taza por el asa, pero no bebió. Tocó el auricular.

—Preparen todo. La junta comenzará a la hora acordada.

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