Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Efecto dominó.
El estudio fotográfico improvisado en el jardín principal era un caos de luces, reflectores y asistentes corriendo de un lado a otro. Había aceptado hacer esta sesión para la nueva colección de ropa de playa y trajes de baño de la marca, no solo porque me ayudaba a mantenerme ocupada y con la mente lejos de los líos familiares, sino también para demostrarle a Noah que podía trabajar y lucir impecable sin necesidad de tener un sargento respirándome en la nuca cada cinco minutos.
Llevaba puesto un conjunto de dos piezas en tonos tropicales, ajustado a la perfección, mientras posaba frente al lente con una expresión segura y dominante. El flash destellaba una y otra vez, congelando cada uno de mis movimientos.
—¡Eso es, Natalia! ¡Mantén esa mirada, perfecta! —exclamó el fotógrafo detrás de la cámara, entusiasmado con el resultado.
En medio del parpadeo de las luces, mi teléfono, colocado sobre una mesita auxiliar junto al equipo de sonido, vibró con fuerza. Una notificación de mensaje directo iluminó la pantalla oscura.
Aprovechando una pausa rápida mientras el asistente ajustaba los difusores de luz, me acerqué disimuladamente a la mesa y tomé el aparato. El corazón me dio un vuelco al ver el remitente: Ojitos de Euro.
Era Fabián.
«Veo que te has quedado muy callada desde la videollamada de anoche, pequeña. ¿Todavía sigues intentando armar una teoría de conspiración sobre mi "invitada"?»
La sangre me hirvió de inmediato. Así que todavía tenía el descaro de burlarse después de haberlo descubierto infraganti en su suite. Desbloqueé el teléfono con el pulgar, ejerciendo tanta presión en la pantalla táctil que por poco cruje, y comencé a teclear una respuesta furiosa, ignorando por completo los gritos del fotógrafo pidiendo que regresara al set.
«¿Te parece gracioso, Fabián? No sé quién demonios sea la tipa en bata que se paseaba por tu habitación, pero te aseguro que esto no se va a quedar así. Estoy harta de que actúes como si nada mientras andas muy, muy bien acompañado al otro lado del mundo».
Envié el mensaje y esperé con los dedos crispados, sintiendo cómo el calor de la rabia competía con los destellos de los reflectores. Tardó apenas unos segundos en responder. Esta vez no fue texto; mi teléfono vibró indicando la llegada de un audio.
Con el ceño fruncido y los labios apretados en una línea fina, reproduje la nota de voz a un volumen bajo para que solo yo pudiera escucharla.
Del altavoz salió una carcajada abierta, profunda y genuinamente divertida. La risa de Fabián sonaba tan relajada que me dio aún más coraje.
—Pequeña... —se escuchó decir su voz a través de la nota, todavía entre risas contenidas—. Estás celosa perdida, y te juro que es lo más tierno y gracioso que he visto en todo el día. Respira, por favor. No hay ninguna otra mujer que te quite tu puesto como mi chica favorita.
Apreté los dientes con indignación, a punto de contestarle con otro testamento lleno de insultos, cuando el fotógrafo volvió a llamarme desde el centro del set.
—¡Natalia, por favor! Necesitamos aprovechar la luz del sol antes de que baje la intensidad. ¡Ven aquí!
Guardé el teléfono bruscamente en la mesita, maldiciendo mentalmente a Fabián y a su maldita costumbre de tomarse todo a burla, y volví a posar frente al lente con una chispa de furia genuina ardiendo en mis ojos. Una chispa que, irónicamente, le dio a las fotos exactamente la intensidad salvaje que el equipo estaba buscando.
El bullicio del centro comercial más exclusivo de Nueva York era el antídoto perfecto para el encierro de la mansión y el desquiciante orgullo de Fabián. Había arrastrado a Laila conmigo bajo la excusa barata de renovar mi guardarropa para una sesión de fotos, pero la verdadera razón era clara: necesitaba escapar de las cuatro paredes donde mi mente no dejaba de dar vueltas en torno al maldito audio burlón de mi hermano.
—Te lo juro, Laila, si vuelve a llamarme "tierna" mientras me ignora olímpicamente, juro que voy a hackear sus cuentas y le bloquearé todas las tarjetas de crédito —bufé mientras entrábamos a una boutique de diseñador, cargando ya con un par de bolsas.
Laila soltó una carcajada cristalina, ajustándose las gafas de sol sobre la cabeza y revisando un perchero con vestidos de seda.
—Tranquila, detective. Lo estás juzgando con el código penal en la mano antes de dejarlo hablar —respondió ella con esa calma suya que, a veces, lograba sacarme más de quicio que los propios desplantes de Fabián—. Aunque admito que la idea de dejarlo sin fondos en Milán suena como una excelente venganza poética.
—¿Ves? Por eso eres mi persona favorita —le sonreí con malicia, tomando un vestido negro con aberturas bastante atrevidas—. Voy a probarme esto. Y si Noah se entera, le dirás que lo compré por una "razón laboral".
—Claro, le diremos que es un requisito estricto de la marca para mantener la moral alta en la empresa —bromeó Laila antes de empujarme suavemente hacia los vestidores.
Me metí a la cabina entre risas, esquivando el desorden de prendas que había acumulado. Estaba a mitad del cambio de ropa cuando escuché al otro lado de la cortina un grito ahogado seguido de risas estridentes que reconozco en cualquier parte del mundo.
—¡No me digas que esa silueta de diosa que va entrando al pasillo no es Natalia!
Asomé la cabeza por la cortina del probador, todavía con el vestido medio abrochado, y solté una exclamación de sorpresa. Recorriendo el pasillo de la tienda venían Sofía y Valentina, dos grandes amigas de la universidad, cargadas con bolsas de compras y con esa energía caótica que siempre nos contagiaba.
—¡Miren quién apareció! Pensamos que te habías abducido en una secta de manicuristas o que tu hermano mayor te había construido un calabozo en el sótano —exclamó Sofía, soltando las bolsas para correr a abrazarme, casi tirándome de espaldas dentro del probador.
—¡Casi le atinas a lo segundo! —bromeó Laila desde afuera, uniéndose al saludo mientras Valentina me miraba de arriba abajo con suspicacia.
—Oigan, esperen un segundo... —dijo Valentina, entrecerrando los ojos con una sonrisa pícara y señalando el vestido negro que apenas llevaba colgando del hombro—. ¡Ese modelito está de infarto!
Las risas estallaron de inmediato en medio de la boutique, llamando la atención de un par de empleadas que nos miraron con indulgencia. Mientras mis amigas empezaban a sacar ropa de los percheros para metérsela conmigo a la fuerza y evaluar qué tan letal se veía cada prenda, supe que, al menos por esa tarde, Italia, los celos y los sermones de mi hermano tendrían que esperar su turno.
El caos dentro del probador se había convertido en una pasarela improvisada donde Sofía y Valentina desfilaban con sacos oversize, sombreros extravagantes y gafas de sol oscuras, haciendo reír a todo el personal de la tienda. Entre bromas, anécdotas de la facultad y las típicas quejas sobre lo agotador que era lidiar con la vida adulta en Nueva York, el peso del desplante de Fabián y la intensa vigilancia de Noah parecieron disiparse por un par de horas.
Cuando por fin logramos pagar las compras —incluyendo el infame vestido negro que mis amigas insistieron en que era un delito no comprar—, decidimos escapar al café de la terraza del centro comercial para respirar un poco de aire fresco y pedir algo dulce.
—A ver, recapitulemos —dijo Sofía, apoyando la barbilla en la palma de la mano mientras daba un sorbo a su frappé de vainilla—. Fabián te cuelga una llamada en Italia con una supuesta fantasma en bata de seda, Axel te revoluciona la cocina y Noah sigue actuando como un cruce entre agente del FBI y monje tibetano. ¿Cómo sigues viva y sin una orden de alejamiento para todos ellos?
—A base de pura fuerza de voluntad y cafeína —respondí suspirando, aunque una sonrisa inevitable se dibujó en mis labios.
—Pues yo sigo diciendo que el verdadero misterio aquí es cómo Laila sobrevive a diario bajo el mismo techo que Noah sin perder la cabeza —comentó Valentina con picardía, lanzándole una rápida mirada a mi mejor amiga—. Porque seamos honestas, el hermano de Natalia es un imán de problemas, pero hay que admitir que está como para comer pan y no dejar migas.
Sofía soltó una carcajada ahogada, atragantándose a medias con su bebida, mientras yo levantaba una ceja, divertida por el rumbo que había tomado la conversación.
Laila, que hasta ese momento había mantenido una postura tranquila jugando con la pajita de su vaso, se puso ligeramente rosada en las mejillas. Intentó disimularlo apartando un mechón de cabello detrás de su oreja, pero el brillo nervioso en sus ojos delató que el comentario había dado en el blanco exacto.
—Por favor, dejen a Noah en paz, que bastante tiene con aguantar mis locuras —murmuró Laila con voz baja, intentando desviar la atención.
En ese instante, Sofía y Valentina tuvieron que correr hacia la salida porque se les hacía tarde para una cita familiar, dejándonos solas en la mesa de la terraza. El bullicio del centro comercial se calmó un poco, dando paso a una brisa fresca de tarde.
Aprovechando que éramos solo nosotras dos, me recosté en el respaldo de la silla, la miré fijamente con una sonrisa cómplice y apoyé los codos en la mesa.
—Bueno, ya se fueron las mironas. Ahora hablemos en serio, Laila —le dije con suavidad, bajando el tono—. Las dos sabemos que esa excusa de «el hermano insoportable» ya no cuela. Te conozco demasiado bien. Cada vez que Noah entra a una habitación, te pones exactamente así.
Laila se quedó en silencio. Miró hacia la calle iluminada por las luces de la ciudad, mordiéndose ligeramente el labio inferior, como si sopesara si debía guardar el secreto o soltarlo de una vez por todas. Al final, exhaló un suspiro resignado y dejó caer los hombros.
—Está bien... tú ganas —confesó en un susurro apenas audible, con las mejillas completamente encendidas—. No sé en qué momento pasó, ni cómo demonios permití que ocurriera, pero... creo que me estoy fijando en Noah. De verdad.
¡Casi me atraganto con el frappé! Solté un chillido de emoción que hizo girar a medio centro comercial, mientras me abalanzaba sobre la mesa para tomarle las manos. ¡¿Laila enamorada de mi insufrible hermano?! Era la mejor telenovela en vivo.
Ella se rió, con el rubor subiéndole hasta las orejas, y desvió la mirada antes de confesar en un susurro:
—Todo cambió cuando descubrí lo que él sentía por mí. Al saber que ese muro de hielo se derrumbaba solo por mí, lo empecé a ver de otra forma... y ya no pude sacármelo de la cabeza.