En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 16: El sol sobre Oakhaven
Al día siguiente, cuando las campanadas de la catedral de San Judas marcaron las tres de la tarde, la luz del sol abriéndose paso entre las nubes grises bañaba los adoquines de la plaza mayor con un resplandor dorado y líquido.
Dorian no se escondió tras los postes de gas ni se resguardó en la sombra de la librería. Estaba parado erguido, con la postura impecable que le exigía su sangre patricia, exactamente a tres pasos de los tritones de bronce de la fuente. Vestía un abrigo de terciopelo azul noche de corte exquisito, un chaleco bordado en hilos de plata y su sombrero de copa ajustado con elegancia. El cuello de su camisa estaba cuidadosamente abotonado, pero no hizo intento alguno por embozarse el rostro con pañuelos ni inclinarse para disimular su perfil izquierdo.
Cuando escuchó el leve crujido de un vestido de tafetán sobre el adoquín mojado, Dorian se giró despacio.
Rosalie caminaba hacia él. No llevaba la capucha calada sobre los ojos ni apretaba las manos en el pecho por el miedo. Luciendo un vestido de paseo color crema con bordados de sutiles hojas de roble, se detenía a un paso de él. Sus ojos avellana, brillantes por la emoción, recorrieron cada rasgo de Dorian con una devoción incuestionable.
—Llegas a tiempo, Dorian —murmuró ella, dibujando una sonrisa dulce que le iluminó los pómulos.
—Prometí no volver a esconderme, Rosalie —respondió él, con una voz suave que mantenía un temblor lejano de incredulidad—. Y los hombres de mi estirpe sostienen sus promesas, aunque el mundo entero los mire con desagrado.
Rosalie no dijo nada más en ese instante. En lugar de responder con palabras, extendió su mano desnuda —tras despojarse del guante de encaje— y tomó la mano de Dorian a la vista de todos los transeúntes que paseaban por la plaza.
Dorian sintió que una corriente de calor le recorría el brazo. Varios caballeros de chistera que pasaban a su lado torcieron el gesto al fijar la mirada en el relieve purpúreo del rostro del joven, y una dama madura susurró tras su abanico de plumas un comentario mordaz a su acompañante. Pero Dorian notó la firmeza con la que los dedos de Rosalie se entrelazaban con los suyos. Aquel agarre no tenía ni una pizca de duda o vergüenza. Era un ancla que lo sujetaba a la vida real.
Esa tarde pasearon por el Jardín Botánico de la ciudad. Caminaron lentamente por los senderos de gravilla flanqueados por orquídeas y helechos gigantes bajo las cúpulas de cristal del invernadero central. Hablaron como lo hacían en la cima del faro, pero con la diferencia milagrosa de sentir el roce de sus hombros, el calor real de sus alientos al suspirar y el crujido verdadero de sus pasos.
Dorian la miraba con una adoración que bordeaba la reverencia. Cada vez que Rosalie reía ante alguna observación ingeniosa de él, la cicatriz de su rostro parecía perder su dureza, suavizada por el reflejo de la luz que brotaba del rostro de la joven. En ese jardín, la fealdad que lo había mantenido cautivo durante diecisiete años carecía por completo de poder.