PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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12
Mi cuerpo se tensó hasta el punto de volverse doloroso. Él me miraba fijamente, analizando cada gesto de mi rostro como si buscase descifrar un enigma, como si esperara de mí una respuesta que yo jamás le daría.
Yo solo quería alejarlo, desaparecer de su vista. Sus palabras seguían grabadas a fuego en mi mente, causando estragos; los recuerdos de la otra vida comenzaron a bombardear mis pensamientos en una avalancha caótica, provocando que el aire me faltara y desencadenando un inminente ataque de pánico.
—¿Qué te sucede? —preguntó Diego, con un tono de voz inusualmente teñido de genuina preocupación.
En ese instante, su agarre se ablandó lo suficiente como para que yo pudiera aprovecharlo. Lo empujé con todas mis fuerzas, sacándolo de equilibrio, y me puse de pie de inmediato, alejándome de él a tropezones y a toda costa.
Él se quedó plantado en el suelo, observándome con el ceño fruncido, totalmente incapaz de comprender mi reacción desproporcionada. Pero los pensamientos y las memorias aterradoras que guardaba de él me mantenían paralizada por el terror.
Al verlo ponerse de pie e intentar dar un paso hacia mí, levanté las manos en un gesto defensivo, poniéndome en total alerta.
—¡Quédate ahí! —le ordené con la voz estrangulada.
Diego se detuvo en seco, con un gesto de desconcierto absoluto.
—¿Qué...? ¿Por qué estás actuando así? No lo dije de verdad, solo fue una manera estúpida de coquetear —se justificó, intentando arreglar el desastre con palabras atropelladas, aunque sabía perfectamente que no iba a funcionar. No cuando yo conocía el contexto real de sus fantasías.
—No mientas... tú quieres hacerme exactamente eso que acabas de describir.
Él me miró fijamente durante unos segundos; luego bajó la vista con frustración, se dio la media vuelta, caminó hacia la mesita auxiliar, tomó el vaso con licor y se bebió todo el contenido de un solo trago largo.
Cuando volvió a girarse para enfrentarme, su mirada había cambiado por completo: volvía a ser fría, distante y oscura.
—Deja de mirarme así —espetó, clavando sus ojos grises en los míos—. No te voy a hacer daño, pero tampoco me mires como si fuera un maldito psicópata. Solo... deja de tenerme tanto miedo. Lo único que logras con esa mirada es alimentar mis jodidas ganas de poseerte...
Su confesión hizo que mis nervios se dispararan aún más, pero al instante, sus siguientes palabras me permitieron soltar el aire contenido en un suspiro tembloroso, ayudándome a calmarme un poco.
Diego asintió lentamente para sí mismo y dio un paso al frente; yo retrocedí por inercia.
—Te lo repito: deja de temer, Elizabeth. Mis palabras son solo eso, palabras. Todavía no ha nacido la persona en este mundo que me haga cometer semejantes locuras; solo lo pensé, nada más —dijo, extendiendo una mano hacia mí en un gesto de tregua, invitándome a tomarla.
Pero yo me negaba rotundamente a tocarlo. Él me había pedido en el pasado que nunca lo enamorara, me había exigido que no lo mirara, pero era él precisamente quien no me dejaba en paz.
—Solo aléjate de mí. No necesito llevarme bien contigo, ni finjamos nada... solo déjame en paz —le solté, dando un paso decidido hacia la puerta.
Necesitaba salir de allí cuanto antes.
Sin embargo, apenas había avanzado dos pasos cuando su figura ya se había interpuesto frente a mí, bloqueando por completo la salida. Me detuve de golpe, conteniendo la respiración para evitar que mi cuerpo rozara siquiera con el suyo. Él se quedó de pie, observándome en silencio.
—No te haré daño.
—No te creo. Déjame salir —le exigí, intentando hacerme a un lado.
Pero él me tomó suavemente del brazo. No era el apretón brutal, posesivo y cruel que recordaba de mis pesadillas; este agarre era sorprendentemente delicado, casi vacilante. Lo miré a los ojos, desconcertada.
—Lo siento —murmuró, soltando mi brazo al instante mientras en sus pupilas parpadeaba un claro destello de sincero arrepentimiento—. Soné como un maldito loco desquiciado, y lamento de verdad haberte asustado. Te dejaré tranquila, lo juro... pero para lograrlo necesito que entiendas una sola cosa.
Nos quedamos mirándonos en silencio. Ante mí ya no estaba el monstruo despiadado que me encadenaba cuando desobedecía sus caprichos; este chico se veía más tranquilo, contenido y menos alterado.
—Deja de esquivarme. Si me tratas como a cualquier otra persona común, te doy mi palabra de que no volveré a intentar asustarte. Pero como te advertí antes... mientras más miedo vea reflejado en tu mirada, más ganas tendré de...
Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, atascadas en su garganta. Exhaló un suspiro pesado, se hizo a un lado y extendió la mano para abrir de par en par la puerta de la habitación.
—Solo deja de mirarme como si quisieras que te persiga —remató, clavándome una última mirada intensa.
Me quedé en completo silencio, con los labios entreabiertos. ¡Yo no estaba jugando a eso! Lo único que quería era que desapareciera de mi vida. ¿Cómo era posible que creyera que yo deseaba que me atrapase?
—Yo no quiero eso —le reproché, mordiéndome con fuerza el labio inferior—. ¡Te quiero lejos de mí!
—Pues tus ojos y tus reacciones parecen jugar a otra cosa. Cada vez que te miro, no puedo evitar pensar en las mil maneras distintas de hacerte mía, y eso... créeme que no es normal en mí. Así que, por favor, trátame como a una persona común y corriente, no como a un maldito lobo al acecho de su Caperucita —dijo, dando un paso al frente y acortando la distancia de nuevo.
En su semblante ya no se vislumbraba al monstruo cruel, pero la lujuria latente en su mirada seguía intacta.
—Soy demasiado bueno jugando al papel de lobo, Elizabeth, así que... más te vale convertirte en otro igual, o de lo contrario terminaré devorándote —susurró con voz ronca, levantando lentamente la mano para acariciar con la yema de sus dedos mi mejilla.
No tuve tiempo de reaccionar ni de apartarlo. Justo en ese segundo, la puerta principal de la habitación terminó de abrirse por completo. La madre de Diego apareció en el umbral, nos observó con curiosidad durante unos instantes y luego esbozó una amable sonrisa.
Diego apartó la mano de mi mejilla a una velocidad pasmosa, como si le quemara la piel.
—Tu padre ya está listo para irse, mi amor, y me ha pedido que venga a buscarte —dijo la señora Luisa con total naturalidad y dulzura.
Asentí con la cabeza, sintiendo las mejillas ardiendo, y me apresuré a salir de la habitación. Sin embargo, antes de cruzar el pasillo por completo, le dediqué una última mirada a Diego: él seguía de pie junto al marco, intentando no verme, con las manos apretadas con tanta fuerza contra sus costados que los nudillos se le habían puesto completamente blancos, como si estuviera librando una guerra titánica contra su propio autocontrol.
*Quizás... estoy siendo demasiado cruel con él*, pensé de repente, sintiendo una punzada de culpa.
Este Diego no era el mismo hombre despiadado que me había obligado a vivir cautiva en el pasado.
Este chico se disculpaba, luchaba contra sus propios impulsos y mostraba arrepentimiento, y esa dolorosa verdad estaba provocando un revuelo monumental en mi cabeza.