La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capitulo 6: Fiereza y Autoridad
Lo solté de un empujón hacia su esposa. El hombre tambaleó, pálido, temblando de rabia y de miedo. Se quedó ahí, humillado, consciente de que había perdido el control de su propia casa.
—Seguridad —llamé, con voz firme—. Acompáñenlos hasta la puerta. Si vuelven a poner un pie en esta propiedad, los arrestaré.
Cuando salieron, me arrodillé frente a los niños. No los toqué. Los miré a los ojos.
—Díganme la verdad —dije, baja y clara—. ¿Su padre sabe cómo los tratan? ¿Sabe que les quitan sus cosas, que les hablan mal, que los hacen sentir que no valen nada?
Diego bajó la mirada, pero respondió sincero:
—Papá nunca nos pregunta. Llega tarde, se va temprano. No sabe nada. Nunca nos mira.
Asentí, fría y calculadora. Ian no era un monstruo que disfrutaba verlos sufrir. Era un hombre ciego. Un hombre que delegó el cuidado de sus hijos a personas que los odiaban, y nunca se tomó el tiempo de ver por sí mismo. Eso no lo hacía menos culpable. Pero lo hacía diferente. Y eso daba margen. O guerra. Aún no decidía.
—Entiendo —les dije—. Él no lo sabe. Pero eso no cambia lo que pasó. Y no los protege de nada. A partir de hoy, nadie los trata así. Nadie les dice qué valen. Eso lo deciden ustedes. Y yo. ¿Entendido?
—Sí, mamá —dijeron, casi al mismo tiempo. No fue un grito de alegría. Fue el inicio de algo nuevo.
Llamé a las empleadas restantes, que me miraban con respeto y temor, sin atreverse a hablar en voz alta.
—Preparen el baño y ropa limpia para los niños. Saquen todo lo que hay en la habitación de la niña y llévenlo a la antigua habitación de la señora. La habitación principal es mía. Y traigan papel y lápiz. Quiero un inventario de todas las pertenencias de la casa. Quiero saber qué hay, dónde está y quién lo administra. No quiero sorpresas.
Violeta empezó a gritar y a patear el suelo, exigiendo que devolvieran sus cosas. Me acerqué a ella, me agaché a su altura y la miré fijamente, sin sonreír.
—Deja de gritar —le dije, con calma—. Esta casa no es tuya. Esta familia no es la tuya. Tus abuelos te esperan. Te llevarán con ellos. Y no vuelvas aquí sin permiso. No tolero berrinches ni a nadie que crea que puede humillar a mis hijos.
El chófer dudó.
—Señora… el señor Ian la quiere aquí. Él dijo…
—Yo sé lo que dijo —lo interrumpí, sin levantar la voz, pero con autoridad absoluta—. Y yo sé lo que dicen las leyes. Soy la esposa legítima. Tengo derecho a decidir quién vive aquí. Si Ian tiene algo que objetar, que venga a decírmelo él mismo. Pero no envíe a sirvientes para que hagan su trabajo. Llévala. Ahora.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, los niños me contaron lo que vivían en silencio: no siempre los golpeaban. A veces era peor. Les daban comida solo si terminaban las tareas de los sirvientes. Les decían que eran sucios, que no merecían cariño, que su madre los había abandonado porque nadie los quería. Los encerraban en el cuarto de servicio cuando Violeta lloraba, diciendo que ellos la asustaban. Nunca les decían cuándo vendría su padre. Nunca les decían que eran herederos. Los habían reducido a sombras en su propia casa. Y Ian, ciego y ocupado, no tenía ni idea.
Los vestí con ropa que había comprado antes de llegar —telas de calidad, cortes simples, hechos para moverse con dignidad— y salimos. No fuimos al restaurante más lujoso por vanidad.
Al entrar, el murmullo se extendió. No solo miraban mi vestido ni mi cabello. Miraban cómo caminaba: la cabeza alta, la espalda recta, con dos niños que ya no miraban al suelo, sino al frente. No necesitaban decir quiénes eran. Su presencia lo decía todo. Los murmullos llegaban hasta mí, bajos, fragmentados.
Morana:
Nos sentamos en una mesa cerca del ventanal, visible para todos. Pedí con calma, sin prisa, sin nerviosismo. Mientras esperábamos, mis ojos se posaron en la entrada del restaurante. Una mujer alta, de cabello rubio perfecto y ojos astutos, se detuvo en el umbral. Bárbara. La prima de Ian. La que en la historia original había manipulado a la antigua Morana hasta destruirla.
Sus ojos se encontraron con los míos. No se sorprendió en exceso. No sonrió. Simplemente, con paso lento y deliberado, comenzó a caminar hacia mi mesa. Cada paso era calculado, firme, como si midiera la distancia entre nosotras.