Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.
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Capítulo 23 : El hombre que hizo callar a Elena
Dieciocho años de silencio
La oscuridad llegó de golpe.
Un segundo antes, la habitación estaba iluminada por las lámparas de la finca. Al siguiente, solo quedaba el sonido de la respiración de todos y el viento golpeando las ventanas.
Entonces volvió a escucharse aquella voz.
—¡ELENA!
Adrián se tensó.
Elishabet sintió que alguien le sujetaba el brazo. Era Adrián.
—No te separes de mí —susurró.
Ella asintió.
Al otro lado de la habitación, Gabriel avanzó hacia Elena.
—¿Quién es?
Elena no respondió.
Parecía haber dejado de respirar.
Mauricio se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina.
—Hay alguien fuera.
Esteban levantó una mano.
—No enciendas ninguna luz.
—¿Cuántos? —preguntó Gabriel.
—No lo sé.
Un golpe seco sacudió la puerta.
Elishabet dio un respingo.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
—Elena —dijo la voz desde fuera—. Sé que estás ahí.
Elena cerró los ojos.
—No…
Gabriel la miró.
—¿Quién es?
Ella tardó unos segundos en contestar.
—Se llama Octavio.
El nombre cayó sobre la habitación como una piedra.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién es Octavio?
Elena lo miró.
Por primera vez desde que había comenzado toda aquella historia, Elishabet vio algo diferente en los ojos de su madre.
No era solamente miedo.
Era culpa.
—Era uno de los hombres que trabajaban con Daniel —dijo Elena—. Pero no era como los demás.
—¿Qué hacía? —preguntó Gabriel.
—Controlaba todo lo que Daniel investigaba.
Esteban se volvió hacia ella.
—Eso no me lo contaste.
—Porque si lo hubiera contado, habría muerto alguien más.
Elishabet sintió un escalofrío.
—¿Alguien más?
Elena bajó la mirada.
—Una persona murió por mi culpa.
El silencio se hizo insoportable.
—Mamá…
Elena levantó los ojos hacia su hija.
—No fue intencionado.
—Pero pasó.
—Sí.
Gabriel se acercó.
—Elena, tienes que decirnos toda la verdad.
Ella negó con la cabeza.
—No aquí.
Un tercer golpe.
La puerta tembló.
—Elena —repitió Octavio—. Han pasado dieciocho años. No puedes seguir escondiéndote.
Mauricio sacó lentamente una pequeña navaja que llevaba en el bolsillo.
—Si entra, no sabemos qué quiere.
—Yo sí —respondió Elena.
Todos la miraron.
—Quiere lo que Daniel descubrió.
Adrián dio un paso hacia ella.
—¿Y qué descubrió?
Elena tragó saliva.
—Una red de documentos falsificados. Dinero. Identidades. Personas que oficialmente estaban muertas pero seguían siendo utilizadas para mover cuentas.
Julián se quedó inmóvil.
—Por eso fingieron que yo había muerto.
Elena lo miró.
—Sí.
Esteban apretó la mandíbula.
—¿Y Daniel descubrió quién estaba detrás?
Elena no respondió.
Gabriel entendió antes que los demás.
—Octavio.
—No —dijo Elena—. Octavio no era quien estaba detrás.
La expresión de Gabriel cambió.
—Entonces, ¿quién?
Elena miró hacia Adrián.
Después hacia Elishabet.
—Ese es el problema.
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La puerta volvió a recibir un golpe.
Esta vez, las bisagras crujieron.
Mauricio señaló una pequeña puerta situada detrás de una estantería.
—Hay otra salida.
—¿Adónde lleva? —preguntó Elishabet.
—A los establos.
Gabriel negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si Octavio conoce esta finca, también conocerá esa salida.
Esteban se acercó a la puerta principal.
—Entonces tendremos que hablar con él.
—¿Estás loco? —preguntó Julián.
—No podemos seguir huyendo.
Gabriel miró a Elena.
—¿Qué sabe de nosotros?
—Lo suficiente.
—¿Sabe que Adrián está aquí?
Elena guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Adrián dio un paso atrás.
—Lo sabe.
Elishabet se acercó a él.
—Adrián…
—Todos sabían que algún día iban a encontrarme.
Su voz no temblaba.
Eso fue lo que más preocupó a Elishabet.
Parecía cansado.
Cansado de ser el motivo de todos aquellos secretos.
—Yo no pedí nada de esto —murmuró.
Elishabet lo miró.
—Lo sé.
—Toda mi vida alguien ha decidido qué puedo saber y qué no.
—Y ahora puedes decidir tú.
Adrián levantó la mirada.
Durante unos segundos, solo se miraron.
No había necesidad de decir nada más.
Elishabet tomó su mano.
No fue un gesto impulsivo.
Fue una elección.
Y Adrián se la apretó.
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Gabriel abrió finalmente la puerta.
Octavio estaba solo.
Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un abrigo oscuro. Tenía el cabello completamente canoso y una pequeña cicatriz que le atravesaba la ceja derecha.
No llevaba ningún arma visible.
Pero eso no tranquilizó a nadie.
Sus ojos recorrieron la habitación.
Primero Gabriel.
Después Elena.
Y finalmente Adrián.
Se detuvieron en él.
—Así que eres tú.
Adrián no respondió.
Gabriel se interpuso.
—No te acerques.
Octavio sonrió ligeramente.
—Sigues protegiéndolo.
—Siempre lo hice.
—No.
Octavio miró a Elena.
—Tú sabes que eso no es verdad.
Elena palideció.
—Cállate.
—¿Ves? —dijo Octavio—. Dieciocho años y todavía sabe cómo hacerte reaccionar.
Gabriel dio un paso hacia él.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—Pues habla.
Octavio introdujo una mano en el bolsillo del abrigo y sacó un sobre viejo.
El papel estaba amarillento.
Lo dejó sobre la mesa.
—Esto pertenecía a Daniel.
Esteban se acercó.
—¿Dónde lo encontraste?
—No lo encontré.
Octavio miró a Elena.
—Ella me lo entregó.
Elishabet miró a su madre.
—¿Tú?
Elena negó inmediatamente.
—No.
Octavio soltó una breve risa.
—Eso fue lo que dijiste entonces.
—Yo nunca te entregué nada.
—No directamente.
Gabriel abrió el sobre.
Dentro había una fotografía.
La sacó lentamente.
Elishabet se acercó.
En la imagen aparecían Daniel, Agatha y Elena.
Pero había alguien más.
Un hombre joven.
Elishabet reconoció inmediatamente su rostro.
—Octavio…
Era él.
Mucho más joven.
A su lado, Daniel sostenía una carpeta.
Y detrás de ellos había una puerta.
Una puerta que Elishabet conocía.
—Esa fotografía fue tomada en la casa de Agatha —dijo Adrián.
Octavio asintió.
—La noche anterior a que Daniel muriera.
Gabriel levantó la mirada.
—Eso es imposible.
—No.
Octavio señaló la fotografía.
—Lo imposible es que sigáis creyendo que Daniel murió por casualidad.
Nadie habló.
Octavio continuó:
—Daniel no estaba investigando una red de documentos.
Esteban frunció el ceño.
—¿Entonces qué investigaba?
Octavio miró a Adrián.
—A una persona.
Adrián sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Quién?
Octavio respiró profundamente.
—A alguien que llevaba años utilizando identidades falsas.
Gabriel palideció.
—No.
Octavio lo miró.
—Sí.
Elena empezó a llorar en silencio.
Elishabet se volvió hacia ella.
—Mamá… ¿qué está pasando?
Elena no contestó.
Octavio dio un paso hacia Adrián.
—Tu madre descubrió que Daniel había cometido un error.
—¿Qué error?
—Confiar en la persona equivocada.
Adrián apretó la mandíbula.
—¿Quién?
Octavio miró a Gabriel.
Después a Elena.
Y finalmente volvió a Adrián.
—El hombre que Daniel estaba buscando…
Hizo una pausa.
—…ya estaba dentro de vuestra familia.
Elishabet sintió que el mundo se detenía.
Gabriel dio un paso atrás.
—No sabes de qué estás hablando.
Octavio sonrió sin alegría.
—Claro que lo sé.
Sacó otro papel del bolsillo.
—Porque yo fui quien falsificó el documento que hizo creer a todos que esa persona había muerto.
Julián se quedó helado.
—¿Qué persona?
Octavio lo miró.
—No tú.
Después señaló el documento.
—Él.
Elishabet miró a Gabriel.
Gabriel no apartó los ojos del papel.
Y entonces Elena habló.
Su voz fue apenas un susurro.
—Gabriel…
Él levantó la mirada.
—¿Qué?
Elena comenzó a llorar.
—Creo que ya es hora de que se lo digamos.
—No.
—No podemos seguir ocultándolo.
—Elena, no.
Adrián los miró a ambos.
—¿Ocultándome qué?
Nadie respondió.
Adrián dio un paso hacia ellos.
—¿Qué habéis estado ocultándome?
Gabriel cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, parecía haber tomado una decisión.
—Tu padre no es el único secreto que Agatha dejó atrás.
Adrián se quedó inmóvil.
—Entonces dime cuál es.
Gabriel miró a Elishabet.
Ella comprendió algo en aquel instante.
Aquello ya no era solamente el secreto de Adrián.
También podía cambiar la historia de su propia familia.
Gabriel respiró profundamente.
—La noche que murió Daniel…
Una pausa.
—…alguien de esta familia estaba con él.
Y antes de que pudiera decir quién, las luces volvieron a apagarse.
Esta vez, se escuchó un disparo.
Luego, un grito.
Y alguien cayó al suelo.