Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
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El parque
A las cinco de la tarde del día siguiente, Mozart llegó al parque.
Ronaldhino apareció pocos minutos después. Sin uniformes. Sin instrumentos. Sin compañeros alrededor. Solo ellos dos y una banca de madera frente a un estanque gris.
Se sentaron. Se miraron. El parecido seguía allí, brutal, imposible de ignorar a la luz del día.
—Es increíble —dijo Mozart—. Ayer pensé que la impresión me había engañado.
—¿Y?
—No.
Ronaldhino asintió.
—Yo me miré al espejo esta mañana. Tres veces.
Se quedaron en silencio un momento. Después Mozart se inclinó hacia delante.
—Empecemos por nuestras familias.
—De acuerdo.
—¿Cómo se llama tu padre?
Ronaldhino lo miró.
—Emmet Green.
Mozart se quedó completamente inmóvil. El nombre le golpeó en algún sitio que no esperaba. Lo había escuchado toda su vida. Su madre jamás hablaba demasiado de su padre. Cuando preguntaba, Clara cambiaba de tema. Nunca una fotografía. Nunca una historia completa. Solo sabía que existía.
—¿Emmet Green? —repitió—. ¿El futbolista?
—Exfutbolista. Entrenador ahora. Pero sí.
Mozart sintió un escalofrío.
—¿Qué? —preguntó Ronaldhino.
—Nada. Sigue.
Ronaldhino lo observó con desconfianza, pero continuó.
—Mi madre no está. Nunca la conocí. Mi padre me crio solo.
Mozart asintió despacio.
—Ahora tú —dijo Ronaldhino—. ¿Tu madre?
—Clara Steimos. Violinista. Profesora en un conservatorio. Vive conmigo en Grecia.
—¿Y tu padre?
Mozart bajó la mirada.
—No lo sé. Nunca lo conocí.
Ronaldhino frunció el ceño.
—¿Nunca?
—Nunca. Mi madre no habla de él. Cuando pregunto, cambia de tema.
Se miraron. El silencio se hizo más denso.
—Espera —dijo Ronaldhino lentamente—. Tu madre es violinista. Griega.
—Sí.
—Y es fanática del Manchester.
Mozart parpadeó.
—¿Cómo sabes eso?
—No lo sé. Pero mi padre tiene una foto antigua en un cajón. Una chica con un violín, en un bar. Nunca me dijo quién era. Y la camiseta del Manchester está doblada debajo.
Mozart sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
—Mi madre ve los partidos del Manchester en silencio —dijo despacio—. Con el volumen bajo. Como si no quisiera que yo la viera. Nunca me ha explicado por qué.
Ronaldhino no respondió. Miraba el estanque.
—Y mi padre escucha música clásica —continuó Mozart—. Sobre todo violín. Dice que le ayuda a relajarse. Pero no escucha cualquier cosa. Escucha piezas específicas. Como si buscara algo.
Ronaldhino cerró los ojos.
—Bach.
—¿Qué?
—Mi padre escucha Bach. Siempre Bach. Y se queda con una expresión rara. Como si estuviera en otro sitio.
Mozart se pasó la lengua por el labio. Una violinista griega. Fanática del Manchester. Un futbolista inglés. Amante del violín. Un hijo sin padre. Un hijo sin madre. Y dos caras idénticas.
—Esto es una locura —dijo.
—Sí.
—Probablemente es una coincidencia. Hay mucha gente en el mundo.
—Con la misma cara, no.
—Con una cara parecida.
—Idéntica.
Mozart se frotó la nuca.
—De acuerdo. Idéntica. Pero eso no significa que…
—¿Que nuestros padres se conocen? ¿Que una violinista griega y un futbolista inglés tienen algo en común aparte de nosotros?
Mozart no respondió. Porque la respuesta era obvia. Y porque no quería decirla en voz alta.
Ronaldhino se arrancó un cabello. Lo sostuvo entre los dedos.
—Prueba de ADN.
—No.
—Sí.
—Diño…
—Mozart. —Ronaldhino lo miró directamente—. Quiero saber. Y tú también.
Mozart abrió la boca. La cerró. Se miró las manos.
—¿Y si llamamos a nuestros padres y preguntamos?
—¿Y qué les decimos? "Oye, conocí a un chico con mi cara, ¿tengo un hermano?" —Ronaldhino negó con la cabeza—. Si le pregunto a mi padre y me dice que no, no voy a creerle. Y si me dice que sí… no sé qué voy a hacer con eso. Prefiero saberlo antes. Con pruebas.
Mozart asintió lentamente.
—Yo tampoco quiero llamarla. No todavía.
—Entonces vamos.
Se levantaron. Caminaron hasta una clínica privada a tres calles del parque. Durante el trayecto, ninguno habló demasiado. Mozart miraba el suelo. Ronaldhino miraba el cielo. Como si cada uno buscara respuestas en direcciones opuestas.
En la recepción, una mujer detrás del mostrador les hizo las preguntas de rigor.
—¿Son hermanos?
Los dos se miraron.
—No lo sabemos —respondió Mozart.
La mujer parpadeó.
—¿Primos?
—Tampoco lo sabemos.
—¿Entonces qué relación creen tener?
Ronaldhino miró a Mozart.
—Ese es precisamente el problema.
La mujer los observó unos segundos. Después les entregó los formularios.
Se sentaron. Llenaron los datos en silencio. El bolígrafo rasgaba el papel. La luz fluorescente zumbaba sobre sus cabezas. Una enfermera los llamó. Dos hisopos. Dos muestras. El algodón raspando el interior de la mejilla.
—Resultados en cuatro o cinco días hábiles —dijo la enfermera.
Cinco días. Ciento veinte horas. Mozart hizo la cuenta mental y le parecieron una eternidad.
Salieron de la clínica. El cielo estaba oscuro y el aire olía a lluvia.
Ronaldhino metió las manos en los bolsillos.
—¿Qué hacemos mientras esperamos?
Mozart se encogió de hombros.
—Conocernos.
Ronaldhino lo miró.
—¿Y si resulta que no somos nada? ¿Qué pasa entonces?
Mozart pensó un momento.
—Entonces habremos perdido cinco días. Y habremos ganado un amigo que tiene mi cara.
Ronaldhino sonrió.
—Eso suena raro.
—Todo esto suena raro.
Echaron a caminar. Los dos con las manos en los bolsillos. Los dos mirando el suelo. Los dos pensando exactamente lo mismo sin atreverse a decirlo.
*¿Y si sí?*