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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

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Capítulo 17: El Peso del Silencio y la Nieve

El comedor era una caverna de piedra y sombras, tan vasto que susurraba ecos propios, tan alto que las vigas de roble parecían perderse en la penumbra del techo, donde las telarañas se mecían lentas, antiguas y silenciosas como secretos guardados por siglos. La mesa de banquete se extendía entre ellos como un abismo de madera oscura, pulida hasta reflejar la luz tenue de las velas que ardían en candelabros de plata, demasiado lejos para ahuyentar el frío que parecía haberse incrustado en las paredes, en las bandejas de plata, en el aire mismo que respiraban. Aleric ocupaba la cabecera, erguido como una estatua tallada en mármol y sombra, y Harriette estaba a su derecha, separada de él por una distancia que podía medirse en pasos, pero que sentía como mundos enteros, abismos que ninguna palabra había logrado aún cruzar.

El silencio entre ellos no era vacío: era denso, pesado, cargado de cosas no dichas, de expectativas rotas, de miedos que se aferraban al pecho como hiedra helada. Harriette mantenía la mirada fija en su plato, aunque apenas veía lo que había en él. Cada movimiento que él hacía la observaba, sin querer, con una atención que dolía, como si cada gesto suyo fuera un acertijo que no lograba descifrar. Lo había imaginado de tantas formas, escuchado tantas versiones de él: el tirano, el guerrero despiadado, el hombre de corazón frío que no conocía la piedad. Pero el hombre que tenía delante superaba todos los rumores, los desmentía y los superaba a la vez, en algo que no lograba nombrar. Su belleza era cruel, deslumbrante, una belleza que dolía mirar, porque sabía que detrás de aquellos rasgos perfectos, de aquella mirada violeta que parecía verlo todo, no había nada que pudiera predecir. No era el monstruo que le habían descrito, ni el esposo que secretamente había esperado encontrar. Era algo mucho peor: era un misterio sin llave, un abismo que la miraba de vuelta, y ella se daba cuenta, con un frío que le recorría la columna vertebral, de que no lo conocía en absoluto.

Lo veía comer con una calma que parecía imposible, con una etiqueta tan impecable, tan natural, que hacía que cualquier gesto suyo se sintiera torpe, fuera de lugar. Cada bocado lo llevaba a los labios con lentitud, y masticaba despacio, saboreando cada sabor, cada textura, como si nada en el mundo pudiera apresurarlo, como si el tiempo mismo se inclinara ante su voluntad. Harriette sentía el corazón golpearle contra las costillas, violento y desbocado, y se preguntaba si la comida le agradaba, si algo le resultaba insípido, si aquella cocina que ella había intentado mejorar, que había supervisado personalmente, estaba a la altura de un hombre que parecía hecho de estándares demasiado altos para cualquiera que no fuera él. No había reproche en su rostro, ni aprobación. Nada. Solo aquella serenidad impasible, aquella máscara de autoridad que no se levantaba ni un milímetro, dejándola a oscuras, sin saber si había acertado o si había cometido un error del que no podría recuperarse.

Había imaginado que cuando lo conociera, sabría qué hacer. Que los rumores le darían una guía, un mapa para navegar por su carácter. Pero ahora, frente a él, todo eso se había desvanecido. No podía adivinar sus pensamientos, no podía leerlo, no podía ni siquiera suponer qué pensaba de ella, de los cambios que había hecho, de su presencia en su vida. Era como intentar leer la superficie de un lago helado: liso, brillante, impenetrable, y no sabía qué había debajo, si aguas tranquilas o corrientes salvajes que podrían arrastrarla en cuanto se rompiera el hielo.

El silencio se alargó, se volvió insoportable, un peso que oprimía sus pulmones. Tenía que decir algo, cualquier cosa, antes de que la consumiera la ansiedad que crecía en su pecho como una mala hierba. Humedeció los labios, su garganta se sentía seca, y su voz salió más suave de lo que pretendía, con un temblor sutil que esperaba que él no notara, aunque sabía que era imposible que no lo hiciera: él parecía notarlo todo.

—Mi señor Archiduque —empezó, y se detuvo un instante, asegurándose de emplear el título, la distancia que ambos necesitaban, la barrera que el tratado y el estatus habían levantado entre ellos—. He pensado... que quizás sería apropiado ofrecer un banquete. Un festín, breve y sobrio, en honor a los caballeros que lucharon a vuestro lado en las fronteras. Hombres que arriesgaron sus vidas para defender estas tierras y evitar la invasión. Creo que merecen ser honrados, si lo consideráis oportuno.

Aleric detuvo el movimiento de su mano. El cuchillo y el tenedor se posaron sobre la porcelana sin hacer ruido, y alzó la vista hacia ella, y Harriette sintió aquella mirada violeta clavarse en ella, profunda y escrutadora, como si estuviera desgarrando sus palabras, buscando intenciones ocultas, segundas intenciones, algo que pudiera juzgar. Lo sostuvo, aquella mirada, sin bajar la suya, aunque por dentro temblaba, aunque cada segundo bajo su escrutinio era como ser pesada en una balanza cuyo resultado no conocía. Buscó en ella engaño, ambición, alguna clase de manipulación, y no halló nada más allá de lo que decía: un deseo sincero, humilde, de reconocer el valor de quienes servían. No había nada hostil en ella, nada que pudiera alarmarlo. Solo una mujer que intentaba encontrar su lugar sin invadir el suyo.

Pasó lo que pareció una eternidad antes de que él asintiera, lentamente, una inclinación leve de la cabeza, autoridad pura, la aprobación que ella había buscado y que ahora caía sobre ella como un alivio frío y pesado.

—Se hará como decís —dijo él, y su voz fue grave, profunda, resonando en el espacio vacío entre ellos, sin calidez, pero sin rechazo—. Organizadlo. Que sea digno de ellos y de vuestra posición, Archiduquesa. No deis más de lo que debéis, ni toméis decisiones que correspondan a la corona.

Era una advertencia, clara y fría, un recordatorio silencioso de los límites. Ella no gobernaba. Él lo hacía. Y mientras él estuviera allí, su espacio era pequeño, definido, trazado por manos que no eran las suyas. Harriette inclinó la cabeza, aceptando la línea que él había dibujado entre ellos, sintiendo de nuevo aquella distancia abriéndose bajo sus pies.

—Entendido, mi señor —respondió ella, su voz firme ahora, más segura, aunque el pecho le doliera—. Será como ordenáis.

Retomaron el alimento entonces, pero el silencio no se rompió. Solo se volvió más denso, más consciente. Harriette comía con cuidado, con la mente puesta en cada gesto, en cada bocado, temiendo equivocarse, temiendo ser menos de lo que él esperaba, sin saber siquiera qué era lo que esperaba. Aleric comía con la misma calma de antes, imperturbable, impasible, y ella se preguntaba si alguna vez algo lograba alterarlo, si alguna vez aquel muro de serenidad se agrietaba para dejar ver al hombre que había detrás.

No tardó mucho en terminar. Dejó los cubiertos con precisión, limpió sus labios con el paño de lino, y se puso de pie con un movimiento fluido y elegante, como si el peso de su estatura y su autoridad no fuera nada para él. Harriette se levantó al instante, las manos entrelazadas frente a sí, y le hizo una reverencia, suave y respetuosa, los ojos bajos, consciente de su lugar, de la diferencia que los separaba, de que eran dos extraños unidos por papel y tinta, por intereses de estado, por un destino que ninguno de los dos había elegido.

—Debo retirarme —dijo él, y no había despedida, ni calidez, ni deseo de quedarse—. Hay asuntos acumulados que requieren mi atención.

—Que tengáis un buen día, mi señor —respondió ella, sin levantar la vista del todo—. Que vuestros asuntos se resuelvan con prontitud.

Él la miró, fijamente, un instante prolongado que la hizo alzar los ojos de golpe, y se encontró con aquellos ojos violeta profundos, inescrutables, como si aún estuviera intentando comprenderla, descifrar qué clase de mujer había puesto en su vida. No había enojo, ni afecto, ni nada que pudiera nombrar. Solo aquella intensidad silenciosa que la envolvía por completo. Luego, sin decir una palabra más, se giró y salió del comedor, sus pasos firmes y rítmicos resonando en la piedra, perdiéndose en la penumbra del pasillo, dejándola sola en medio de aquella inmensidad, con el corazón latiéndole aún con fuerza, sin saber si había ganado algo o si simplemente había logrado no perderlo todo.

Suspiró entonces, un suspiro largo y tembloroso que le salió del fondo del pecho, y se dejó caer levemente en el asiento, sintiendo cómo la tensión se aflojaba poco a poco, dejándola cansada, extrañamente vacía. No había lugar para desanimarse. No había lugar para nada que no fuera cumplir. Él era el Archiduque, el dueño de estas tierras, el hombre al que su padre la había entregado en matrimonio como si fuera una moneda de cambio. Ella era su esposa, sí, pero ante todo era su subordinada, su posesión, un lazo político que debía mantener intacto. No podía llamarlo por su nombre. No podía esperar confianza ni amistad. Eran extraños. Y debía aprender a vivir con ello.

Terminó su comida con rapidez, sin saborear nada, y se lavó las manos en el aguamanil que le acercó una sirvienta, con movimientos rápidos y decididos. No tenía tiempo para dudas ni miedos. Había un banquete que organizar, y ese era su lugar, su espacio, aquello que podía hacer bien. Salió del comedor y caminó hacia el gran salón de banquetes, el mismo que ella había ordenado reparar apenas llegó, y que ahora se alzaba ante ella casi transformado: las paredes limpias, las ventanas selladas contra el viento, el techo libre de polvo y telarañas. En el centro, los sirvientes colocaban las largas mesas de roble, pulidas y brillantes, y las sillas en filas ordenadas. Al entrar, todos alzaron la vista hacia ella, y no había sumisión temerosa, sino respeto sincero, confianza.

—Archiduquesa —dijo el jefe de cocineros, acercándose con una reverencia—. ¿Deseáis revisar el menú? Tenemos caza del bosque, pan recién horneado, quesos de las tierras bajas y vino de la cosecha pasada.

Harriette recorrió la estancia con la mirada, evaluando la disposición de las mesas, la distancia entre ellas, la cantidad de velas que se colocarían para iluminar sin ahumar.

—Es un buen comienzo —respondió suavemente, pero con seguridad—. Colocad las mesas de modo que los caballeros puedan verse entre sí, no todos de espaldas. Que el vino fluya con generosidad, pero sin exceso. Y preparad también algo caliente para los sirvientes que servirán: ellos también forman parte de este castillo.

El hombre asintió, satisfecho.

—Como ordenéis, mi señora.

Pasó entre ellos, revisando cada detalle, sugiriendo dónde colocar los arreglos de ramas de pino y bayas rojas que darían color y aroma al ambiente, asegurándose de que nada faltara y nada sobrara. Los sirvientes le pedían opinión, le hacían preguntas, y ella respondía con calma, con claridad, sin arrogancia, sin olvidar que también ella era nueva aquí, también ella estaba aprendiendo. Todo fluía con un ritmo constante, seguro, y por un momento, mientras señalaba dónde colocar un candelabro, olvidó el peso de la mirada de Aleric, olvidó el silencio del comedor, olvidó que era la esposa del Archiduque y no solo la mujer que intentaba mantener unida aquella casa.

Cuando todo estuvo encaminado, decidió salir a supervisar los almacenes y los jardines, para asegurarse de que las provisiones eran suficientes y que los senderos estaban despejados de hielo para los caballeros que llegarían. Subió a sus aposentos por su abrigo de lana gris, sencillo y grueso, y cuando estaba a punto de salir, su doncella, una joven de cabello castaño y ojos amables llamada Lila, corrió hacia ella con un abrigo extra en las manos, preocupada.

—Mi señora, hoy hace mucho más frío que ayer —dijo, colocándolo sobre los hombros de Harriette con cuidado—. El viento corta la piel. No queremos que os resfriéis, os lo ruego.

Harriette sonrió, agradecida por aquel gesto tan simple y tan cálido en medio de todo aquel frío.

—Gracias, Lila. Eres muy amable.

Salió al exterior entonces, y el aire helado la golpeó de inmediato, cortante y puro, llenándole los pulmones de un frío que la despertaba, que la hacía sentir viva. Caminó por los patios y los senderos nevados, hablando con los guardianes, revisando los almacenes donde el grano se apilaba en sacos ordenados, donde la carne curada colgaba de las vigas, donde la leña se amontonaba en cantidades suficientes para todo el invierno. Luego bajó a los jardines, donde la nieve cubría las flores que ella había plantado, durmiendo bajo el manto blanco esperando la primavera, y tocó la escarcha con la punta de los dedos, pensando en que la vida seguía, incluso bajo el hielo.

Mientras tanto, en lo alto de la torre principal, Aleric Duskbringer estaba de pie ante el gran ventanal de su despacho, y la observaba.

La nieve caía suavemente, en copos lentos y pesados que se posaban sobre su cabello rubio, sobre sus hombros, sobre aquel abrigo grueso pero sin gracia, que apenas parecía suficiente para protegerla de un frío tan intenso. La vio caminar entre los sirvientes, hablar con ellos, inclinar la cabeza para escuchar lo que le decían, sonreír. Una sonrisa que él no había visto aún de cerca, que brillaba en su rostro como algo prohibido, algo que él no tenía derecho a reclamar. La vio detenerse ante un grupo de caballeros, y ellos le hicieron una reverencia, y ella les respondió con un gesto de la mano, y habló con ellos unos instantes, sin rastro de miedo ni de altivez, solo naturalidad, calidez, aquella cualidad suya que hacía que todos se sintieran vistos, reconocidos.

Era extraño. Todo en ella era extraño para él. Aquella manera suya de estar presente, de involucrarse, de no quedarse esperando que las cosas se hicieran sino haciéndolas ella misma. Aquella sencillez que no encajaba con la esposa de un Archiduque, pero que la hacía parecer más grande, más noble que cualquier dama de la corte que él hubiera conocido. Y aquel abrigo, aquel abrigo burdo y sin forma, que apenas la cubría, que no era digno de una mujer que llevaba el título que ella llevaba. Le pareció insoportable, verla así, expuesta al frío, vestida como una sirvienta cuando debía estar protegida, cálida, envuelta en cosas hermosas. No era lujo por vanidad: era lo que merecía, era lo que su posición exigía, y de algún modo, era lo que él no podía soportar verla carecer.

Se giró lentamente y regresó a su escritorio, donde Thorne esperaba con una pila de documentos que crecía día a día, tratados, informes de fronteras, listas de suministros, cartas de nobles que buscaban su favor. Aleric se sentó, apoyó la espalda en el respaldo de cuero, y mientras tomaba el primer pergamino, habló sin levantar la vista, su voz tranquila, sin énfasis, pero con la autoridad que hacía que cada palabra fuera una orden absoluta:

—Thorne.

—¿Mi señor? —respondió el mayordomo, inclinándose levemente.

—Manda a buscar el mejor abrigo que se pueda encontrar en toda la región —dijo Aleric, trazando con la mirada una línea de tinta sobre el pergamino, como si no fuera gran cosa, aunque por dentro algo nuevo y desconocido se removía en su pecho—. De la piel más fina y cálida, trabajada con elegancia y esmero. Que sea digno de la Archiduquesa. Que se lo entreguéis hoy mismo.

Thorne parpadeó, sorprendido, pero no dijo nada. Inclinó la cabeza.

—Será hecho de inmediato, mi señor.

Aleric asintió, tomó la pluma, y comenzó a escribir, firmar, sellar, una decisión tras otra, gobernando estas tierras como siempre lo había hecho, con mano firme y mirada clara. Pero cada pocos minutos, sin darse cuenta, sus ojos se alzaban hacia el ventanal, hacia la figura pequeña y brillante que seguía caminando entre la nieve, ajena a todo, ajena a él, y en el pecho del Archiduque nacía algo que no lograba nombrar: una extraña, silenciosa, inesperada ternura, mezclada con un orgullo que no quería admitir, y una certeza oscura y profunda de que aquella mujer, su esposa, la que no había buscado, la que apenas conocía, ya había comenzado a cambiarlo, mucho antes de que él estuviera dispuesto a dejarla hacerlo.

Fuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo los caminos, cubriendo las huellas de ambos, pero no podía cubrir lo que ya había comenzado. Dos mundos que chocaban, dos sombras que se reconocían, dos destinos que, aunque aún no lo supieran, ya estaban entrelazados, tan fuertemente que ni siquiera el tiempo podría separarlos. Y en la penumbra de aquel despacho, entre montañas de papel y el fuego que ardía en la chimenea, Aleric Duskbringer comprendió, con una claridad que lo heló y lo quemó a la vez, que su vida ya no le pertenecía solo a él. Y que, de algún modo que aún no alcanzaba a comprender, tampoco él le pertenecía ya solo a sí mismo.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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