Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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El latido que no se apaga
**NARRADOR
El sol entra suave por la ventana de la habitación, pero Daniela apenas lo nota, se sienta en el borde de la cama, pasando la mano por la cicatriz que recorre su pecho, esa marca silenciosa que le recuerda cada día que vive gracias a un corazón que no era suyo y sin saber late por alguien que aún no logra olvidar.
Hoy tiene cita con el cardiólogo, cita que la emociona y se levanta temprano, se arregla con esmero para verse bonita y camina hacia la clínica con el corazón a mil por hora, sus pasos son lentos, pesados, como si el mismo aire le costara respirar, no sabe si el día de hoy verá al hombre que le gusta.
Todo marcha bien con su salud, los exámenes lo confirman, su cuerpo acepta el nuevo corazón, las infecciones han desaparecido, la cicatriz sana poco a poco.
Los médicos dicen que es un milagro, que su recuperación es envidiable, pero ellos no saben la verdad, algo dentro de ella se ha roto de otra forma, una herida que no se ve, que no se toca, pero que duele más que cualquier corte en la carne.
Desde aquella tarde, en que lo vio por primera vez conversando con aquella doctora, no ha podido sacárselo de la cabeza, él es amable, tiene una voz suave, una mirada que parece ver más allá de lo que muestra,
Desde ese instante, Daniela acude a la clínica por cualquier excusa, un leve mareo, un latido un poco más rápido, una molestia que apenas existía, todo con tal de encontrarse, de escucharlo hablar, de sentir que su presencia le da calma.
Pero hacía semanas que no lo veía, nadie le daba razón, algunas enfermeras celosas le decían que estaba de licencia, otras que se había trasladado a otra clínica, la verdad era que sin el saberlo, el corazón de su Camila lo había reconocido.
Su ausencia había dejado un vacío inmenso en el pecho de Daniela y ese vacío se transformo en dolor, una punzada aguda que le recordaba que su corazón, tan nuevo y tan frágil, le estaba enseñando lo que es el verdadero amor.
—Señorita Daniela, respire despacio. —Le pide la enfermera al notar cómo apretaba el pecho con la mano, el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas, al no encontrar a aquel médico.
— Su ritmo cardíaco se ha acelerado mucho, eso no es bueno.
—Lo siento. —Susurra ella, con la voz quebrada y lágrimas en sus ojos.— No sé qué me pasa, dicen que estoy bien, que todo está perfecto, entonces ¿Por qué me duele tanto?
— La enfermera le toma la mano, comprensiva.
—El corazón es un órgano extraño, señorita Daniela, a veces sanan las heridas del cuerpo, pero quedan las del alma y esas también necesitan tiempo.
—Daniela baja la mirada, cierra los ojos y recuerda sus ojos, su sonrisa, la forma en que le hablaba y siente que ese corazón que le habían dado, que late con fuerza dentro de su pecho, no solo mantenía su vida, sino que también guardaba un recuerdo que no lograba soltar y que anhela recuperar.
— Sale de la consulta con papel en la mano, donde dice que todo está normal, que todo está perfecto, que pronto será una persona sana.
Sin embargo, camina por los pasillos sintiendo que algo le falta, cada puerta que cruza, cada rostro que veía, ninguno era la persona que anhelaba ver, eso le daba tristeza, tuvo que detenerse y apoyarse en la pared.
—¿Está bien? —Pregunta una voz conocida, pero no la que esperaba.
—Sí gracias, solo me encuentro emocionada, porque el médico dijo que estoy perfectamente bien.
—La mujer asintió, con una sonrisa.
—El tiempo ayuda, aunque a veces, lo que el corazón ha reconocido, no se olvida tan fácilmente.
— Observo hacia la entrada, donde la luz del día brillaba con fuerza, sabía que no debía aferrarme a una ilusión, a un encuentro que quizás no volvería a repetirse, pero en ese instante, puse una mano sobre mi pecho y susurré.
—Sé que estás ahí y mientras sigas latiendo, yo no dejaré de esperar.
Y con el corazón aún doliendo, doy un paso adelante, no se si volveré a verte ni si me recordarás, pero algo dentro de mí y ese latido constante y cálido, me dice que mi historia con él no ha terminado, que el corazón que seguía amando, tarde o temprano, encontraría el camino de vuelta.
***** NARRADOR
Los pasillos de la clínica se sentían eternos, y Daniela caminaba despacio, con la mano apoyada sobre su pecho, intentando calmar ese nudo que no la dejaba respirar bien. Iba a salir, resignada a volver a casa sin haberlo visto, cuando al doblar la esquina, chocó contra alguien.
Iba a disculparse, pero al levantar la mirada, las palabras murieron en sus labios, él estaba ahí de pie, con esa mirada profunda que ella no lograba borrar de su mente, con el mismo rostro que había llenado sus pensamientos durante semanas, no era solo el médico, era Emiliano.
El tiempo parece detenerse, Daniela se queda inmóvil, con los ojos llenos de asombro y de un brillo que no había tenido en mucho tiempo, su respiración se entrecorta, entonces lo siente, ese nuevo cuerpo, que tantas veces le había dolido de tristeza, empezó a latir con fuerza, pero ya no era dolor, era alegría, era reconocimiento, como si por fin encontrara el lugar al que pertenecía.
—Daniela. —susurró él y su voz la envolvió entera.— Sabía que eras tú, no dejaba de pensar en ti, ella dio un paso adelante, sin apartar la vista de sus ojos, ella no se percató que el sabía su nombre, cuando ella jamás se lo dijo, para Daniela lo más importante en ese momento es, que por fin lo volvió a ver y el no es indiferente con ella.
—¿Me recordabas? Creí que nunca más te volvería a ver. — Dice ella con mucha inocencia, eso le causa ternura a Emiliano.
— Emiliano sonrie y esa sonrisa ilumina todo el entorno gris del pasillo, se acerca un poco más, con ternura, y sus ojos recorren su rostro como si estuviera comprobando que era real.
—No fui lejos, estuve investigando, buscando respuestas, pero te llevaba siempre conmigo, en cada pensamiento, ahora que te veo, me doy cuenta de algo, desde la primera vez que te vi, supe que eras especial, hay algo en ti algo que me llama, que me hace sentir que te conozco de siempre.
— Daniela siente cómo las lágrimas caen por sus mejillas, pero esta vez no eran de tristeza apoya la mano con más fuerza sobre su pecho, maravillada.
—Mi corazón cambió de repente, antes dolía, estaba triste, ahora al verte, parece que se hubiera ganado un gran premio, no sé qué me pasa, Emiliano, siento que te conozco, que siempre te he conocido.
—Yo siento lo mismo — Responde suavemente, le toma de la mano entre las suyas.— Es como si el destino nos hubiera estado cuidando, como si este corazón que ahora late en ti, supiera desde antes que tenía que encontrarse conmigo.
Cerca el uno del otro, sin necesidad de más palabras, comprendieron que no era casualidad, ese latido alegre y fuerte en el pecho de Daniela era la verdad más pura, su corazón lo había reconocido a él, y al fin, estaba en casa.
Emiliano le acaricia suavemente la mejilla.
—No te volveré a perder —prometió— Ahora que te encontré, no me iré a ninguna parte.
Daniela asintió, con una sonrisa tímida y radiante a la vez, cerró los ojos un instante, disfrutando de esa calma que solo él le daba, y supo que todo lo que había sufrido valía la pena, porque al final el corazón que siguió amando, había encontrado su camino.
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