Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Amenaza...
La mañana había comenzado tranquila.
Demasiado tranquila para Adrián.
Desde temprano se encontraba en su oficina revisando algunos documentos relacionados con la expansión internacional de MTG. Había pasado varias horas frente a la computadora, pero su concentración no estaba completamente en el trabajo.
De vez en cuando, su mirada terminaba desviándose hacia el teléfono que descansaba sobre el escritorio.
Esperaba un mensaje.
No quería admitirlo.
Pero esperaba un mensaje de Amelia.
Habían pasado apenas dos días desde su última salida y, aunque habían hablado por teléfono la noche anterior, aquella mañana todavía tenía presente su sonrisa.
Adrián tomó el teléfono.
Nada.
Lo dejó nuevamente sobre la mesa.
Intentó concentrarse.
No pudo.
Finalmente tomó una decisión.
—Quiero una investigación completa.
Su asistente, que se encontraba frente al escritorio, levantó la mirada.
—¿Sobre quién, señor?
Adrián deslizó una fotografía sobre la mesa.
Era una imagen de Amelia.
—Su jefe.
El asistente observó la fotografía y después miró a Adrián.
—¿Quiere información personal o empresarial?
—Todo lo que sea relevante.
La empresa.
Sus accionistas.
Sus deudas.
Sus contratos.
Sus negocios.
Sus problemas legales.
Y quiero saber qué clase de hombre es.
El asistente asintió.
—Entendido.
Adrián se reclinó en su silla.
—Y una cosa más.
—¿Sí?
—No quiero que Amelia se entere de esto.
—Por supuesto.
El asistente tomó la carpeta.
—¿Para cuándo necesita la información?
Adrián miró el reloj.
—Lo antes posible.
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Dos días después...
La carpeta apareció sobre el escritorio de Adrián.
Era mucho más gruesa de lo que esperaba.
Adrián la abrió.
Durante más de una hora leyó cada documento.
La empresa de Amelia tenía problemas financieros.
Había perdido varios contratos importantes.
Las deudas habían aumentado durante los últimos años.
El propietario, Héctor Salvatierra, llevaba meses intentando conseguir un inversionista que pudiera salvar la compañía.
Pero había algo más.
Algo que hizo que Adrián detuviera la lectura.
Su expresión cambió.
Héctor estaba casado.
Sin embargo, mantenía una relación clandestina desde hacía años.
Y aquella relación había dado como resultado un hijo.
Adrián permaneció unos segundos mirando el documento.
No le gustaba utilizar información personal.
Pero aquella información podía convertirse en una herramienta.
Volvió a cerrar la carpeta.
—Organiza una reunión.
Su asistente levantó la mirada.
—¿Con el señor Salvatierra?
—Sí.
—¿Dónde?
—En su empresa.
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La reunión se realizó tres días después.
Héctor Salvatierra recibió a Adrián en una oficina elegante, aunque evidentemente antigua.
El hombre rondaba los cincuenta años.
Vestía un traje caro, pero su rostro reflejaba cansancio.
Había escuchado hablar de Adrián.
Sabía perfectamente quién era.
El presidente del Grupo MTG.
Un empresario que había conseguido expandirse internacionalmente en pocos años.
Héctor extendió la mano.
—Señor Montenegro.
Adrián la estrechó.
—Señor Salvatierra.
Ambos tomaron asiento.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente Héctor preguntó:
—¿Qué puedo hacer por usted?
Adrián colocó una carpeta sobre la mesa.
—He venido a comprar su empresa.
Héctor soltó una pequeña risa.
—¿Disculpe?
—Quiero adquirirla completa.
La sonrisa desapareció del rostro del hombre.
—No está en venta.
Adrián permaneció tranquilo.
—Todo tiene un precio.
—Mi empresa no.
—Entonces estamos perdiendo el tiempo.
Héctor se levantó.
—Con todo respeto, señor Montenegro, agradezco su interés, pero no pienso vender.
Adrián no se movió.
—Siéntese.
Héctor lo miró con molestia.
—No creo que haya nada más que hablar.
Adrián abrió lentamente la carpeta.
—Estoy seguro de que sí.
Sacó un documento.
Después otro.
Los colocó sobre la mesa.
Héctor comenzó a leer.
Su rostro cambió.
Primero palideció.
Después apretó la mandíbula.
—¿De dónde sacó esto?
Adrián lo observó directamente.
—Tengo mis métodos.
Héctor volvió a mirar los documentos.
—Esto no tiene nada que ver con la empresa.
—Tiene razón.
Adrián hizo una pausa.
—Pero sí tiene que ver con usted.
El silencio se volvió pesado.
—Su esposa no sabe de la otra mujer.
Héctor levantó lentamente la mirada.
Adrián continuó:
—Tampoco sabe que tiene un hijo fuera del matrimonio.
El hombre cerró los ojos durante un instante.
—No se atreva.
La voz le temblaba.
Adrián permaneció completamente sereno.
—No quiero destruir su familia.
—Entonces ¿qué quiere?
—Su empresa.
—¡No!
Héctor golpeó la mesa.
—¡Eso es chantaje!
Adrián no apartó la mirada.
—Puede llamarlo como quiera.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Yo lo llamo una negociación.
Héctor respiró con dificultad.
—Usted no entiende.
—Entiendo perfectamente.
—Si mi esposa descubre esto...
—Entonces no permita que lo descubra.
Héctor lo miró con odio.
Adrián cerró la carpeta.
—Le estoy dando una salida.
Su empresa tiene problemas financieros.
Necesita capital.
Necesita una dirección nueva.
Necesita alguien que pueda hacerla crecer.
Yo puedo hacerlo.
Y usted puede salir de esto conservando una parte importante de su patrimonio.
Héctor permaneció en silencio.
Sabía que Adrián tenía razón.
Pero también sabía que estaba siendo acorralado.
—¿Y si digo que no?
Adrián se levantó.
Tomó su abrigo.
—Entonces continuaremos por otra vía.
Héctor sintió un escalofrío.
—¿Está amenazándome?
Adrián se detuvo junto a la puerta.
Giró lentamente.
—No.
Hizo una pausa.
—Le estoy dando una última oportunidad para tomar una decisión inteligente.
Y salió.
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La respuesta llegó esa misma tarde.
Héctor había aceptado.
A regañadientes.
Los abogados de ambas partes comenzaron inmediatamente el proceso de adquisición.
Durante las siguientes semanas se realizaron reuniones interminables.
Contratos.
Firmas.
Transferencias.
Cambios administrativos.
Adrián supervisó personalmente cada documento.
Finalmente...
La operación quedó concluida.
La empresa tenía un nuevo propietario.
Y ese propietario era Adrián Montenegro.
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El día de la presentación oficial, los empleados se reunieron en el auditorio principal.
Muchos no sabían qué esperar.
Habían escuchado rumores.
Algunos temían despidos.
Otros pensaban que la empresa sería absorbida completamente por MTG.
Adrián subió al escenario.
El murmullo desapareció.
—Buenos días.
Soy Adrián Montenegro.
A partir de hoy asumiré oficialmente la presidencia de esta compañía.
Algunos empleados intercambiaron miradas.
Adrián continuó.
—Quiero dejar algo claro.
No he comprado esta empresa para destruirla.
La he adquirido porque veo potencial.
Y quiero hacerla crecer.
Vamos a mantener los puestos de trabajo.
Vamos a mejorar las condiciones.
Y vamos a invertir en nuevos proyectos.
Hubo un silencio.
Después comenzaron algunos aplausos.
Adrián observó a los empleados.
Y entonces vio un rostro conocido.
Amelia.
Estaba al fondo del auditorio.
Había sido llamada a la presentación como una de las empleadas más importantes de la compañía.
Sus ojos estaban completamente abiertos.
No podía creer lo que estaba viendo.
Adrián la miró.
Por primera vez desde que había tomado aquella decisión...
sintió algo parecido a nervios.
Cuando terminó la presentación, Amelia esperó hasta que todos comenzaron a salir.
Finalmente se acercó.
—Adrián...
Él se volvió.
—Amelia.
Ella miró alrededor.
Después volvió a mirarlo.
—¿Tú eres...?
Adrián no respondió inmediatamente.
Amelia terminó la frase.
—¿El nuevo dueño?
Él asintió.
—Sí.
Ella soltó una pequeña risa de incredulidad.
—No puedo creerlo.
—No quería que te enteraras de esta manera.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Adrián guardó silencio.
Amelia entrecerró los ojos.
—Adrián...
—Hace algunas semanas.
Ella lo observó.
—¿Y compraste toda la empresa?
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Adrián podría haber hablado de negocios.
De oportunidades.
De expansión.
De inversiones.
Pero ninguna de esas respuestas era completamente cierta.
La verdadera razón era mucho más sencilla.
Había visto que Amelia trabajaba para un hombre que no valoraba a sus empleados.
Y había querido cambiarlo.
Pero todavía no estaba preparado para admitir cuánto le importaba ella.
—Porque pensé que podía hacer algo mejor con ella.
Amelia lo observó durante unos segundos.
No parecía completamente convencida.
—Eres un hombre lleno de secretos.
Adrián sonrió.
—Y tú haces demasiadas preguntas.