Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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Un visitante inesperado
La mañana avanzaba en la mansión de la familia de la Vega. Doña Margarita estaba leyendo algunas revistas en la mesa del comedor cuando el timbre de la casa sonó.
—¿Quién será a esta hora? —murmuró.
Se levantó de su silla y caminó hacia la puerta principal. Al abrirla encontró a un hombre bien vestido esperando con una carpeta en la mano.
Era Rogelio.
—Buenos días, señora —dijo él con una sonrisa educada.
Doña Margarita lo miró con curiosidad.
—Buenos días… ¿en qué puedo ayudarlo?
Rogelio inclinó ligeramente la cabeza.
—Vengo por unos documentos del señor Sergio.
Doña Margarita frunció un poco el ceño.
—¿Documentos?
—Sí, señora —respondió Rogelio—. Él me pidió que pasara a buscarlos. Son unos papeles de la empresa que olvidó firmar.
La mujer lo observó con atención unos segundos.
—Ah, claro… ya recuerdo.
Entonces abrió la puerta por completo.
—Pase, joven.
Rogelio entró con paso tranquilo.
—Gracias.
Doña Margarita señaló la sala.
—Espere aquí un momento mientras los busco.
—Claro, no hay problema.
La mujer subió las escaleras hacia el despacho de su esposo.
Mientras tanto, Rogelio se sentó en uno de los elegantes sillones de la sala y observó el lugar con curiosidad.
—Vaya casa… —pensó.
Todo era lujoso y perfectamente decorado.
—Con razón esa chica tiene esos aires de grandeza.
Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
Justo en ese momento alguien bajaba por las escaleras.
Era Sonia.
Había salido de su habitación para buscar algo de beber cuando vio a un hombre sentado en la sala.
Se detuvo inmediatamente.
Lo reconoció al instante.
—¿Tú?
Rogelio levantó la mirada y sonrió con descaro.
—Hola, preciosa.
Sonia frunció el ceño.
—¿Qué haces en mi casa?
Rogelio se acomodó en el sillón con tranquilidad.
—Vengo a ver unos papeles de tu papá… de la empresa.
Sonia lo miró con evidente molestia.
—Qué casualidad.
Se cruzó de brazos.
—Pensé que solo aparecías en bares tratando de aprovecharte de mujeres.
Rogelio soltó una pequeña risa.
—Vaya carácter…
Sonia rodó los ojos.
Dio media vuelta con intención de marcharse.
Pero antes de que pudiera dar dos pasos, Rogelio se levantó rápidamente y la sujetó del brazo.
—Espera.
Sonia se paró su caminar un segundo y luego lo miró con furia.
—Suéltame.
Rogelio no parecía intimidado.
La observó con una sonrisa.
—Te invito a salir.
Sonia parpadeó sorprendida.
—¿Qué?
—Acepta salir conmigo —dijo él—. Quedé impresionado con tu belleza.
Sonia lo miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.
—¿Estás loco?
Intentó liberar su brazo.
—Suéltame ahora mismo.
Rogelio se inclinó un poco hacia ella.
—Podríamos divertirnos mucho.
—Ni en tus sueños.
Logró soltarse de su agarre con un movimiento brusco.
—Jamás saldría contigo.
Rogelio la observó como un desafío.
—Eso dices ahora.
—Lo digo en serio.
Sonia dio un paso hacia atrás.
—Eres exactamente el tipo de hombre que evito estar practicamente no eres mi tipo.
En ese momento se escucharon pasos en las escaleras.
Doña Margarita regresaba con una carpeta en las manos.
—Aquí están los documentos.
Rogelio inmediatamente recuperó una postura formal.
—Muchas gracias, señora.
La mujer se acercó y le entregó la carpeta.
—Mi esposo dijo que los necesitaban hoy mismo.
—Así es.
Rogelio la tomó con respeto.
—Le agradezco mucho.
Luego hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Fue un placer.
Doña Margarita sonrió amablemente.
—Buen día, joven.
Rogelio caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir lanzó una última mirada hacia Sonia.
Una sonrisa breve, casi provocadora.
Luego salió de la casa.
La puerta se cerró.
Sonia todavía estaba molesta.
—Mamá…
Doña Margarita la miró.
—¿Sí, hija?
Sonia señaló hacia la puerta.
—¿Ese hombre trabaja con papá?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Sonia frunció el ceño.
Doña Margarita se sentó en el sillón.
—No trabaja exactamente con tu padre.
Sonia la observó con atención.
—Entonces…
—Está reemplazando al secretario.
Sonia levantó una ceja.
—¿El señor Márquez?
—Sí respondió Doña Margarita—. Está enfermo desde hace unas semanas.
Sonia procesó la información.
—¿Y ese tipo es su reemplazo?
—En realidad no exactamente.
La madre explicó con calma.
—Ese joven es su hijo.
Sonia abrió un poco los ojos.
—¿El hijo del secretario?
—Así es.
Doña Margarita acomodó la carpeta en la mesa.
—Como su padre no puede trabajar por ahora, él está ayudando en la empresa.
Sonia cruzó los brazos.
—Pues no parece muy profesional.
Su madre la miró con curiosidad.
—¿Pasó algo?
Sonia dudó un segundo.
Luego negó con la cabeza.
—No… nada importante.
Pero en su mente algo no le cuadraba porque está escena no salió en la novela, se que Rogelio iba ser mi esposo pero ahora está descuadrada la historia.
Rogelio había aparecido demasiadas veces en lugares donde no debería estar.
Y su actitud no le gustaba en absoluto.
Sonia miró hacia la puerta pensativa.
—Ese hombre es un problema… —pensó.
Personajes
Sonia de la Vega
Santiago Ibáñez
Paula de la Vega
Rogelio Márquez
Doña Margarita y Don Sergio