Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 21 — El umbral
Jean leyó el mensaje otra vez.
El teléfono se le resbaló en la mano, lo dejó sobre la mesa, junto a la hiedra, lad hojas verdes brillaban bajo la luz de la bombilla. La había elegido con cuidado, pensando en él, y ahora le parecía una tontería, una tontería pequeña, como todo lo que él podía ofrecer. No había llorado, no había roto nada, solo se había sentado en el borde de la cama, con las manos vacías, mirando la maceta y se había quedado así, sin moverse, hasta que sonó el timbre.
No se levantó de inmediato, escuchó el primer timbrazo, el segundo, el tercero. Sabía que era Nico, nadie más llamaba a su puerta.
Se levantó despacio, fue hasta la entrada, abrió.
Nico estaba en el rellano. Tenía el pelo revuelto, la respiración agitada, como si hubiera subido las escaleras de dos en dos. Olía a lluvia de verano, pero también a club, a humo ajeno, a una noche que Jean no había vivido.
—Hola —dijo Nico.
—Hola.
Jean no se apartó para que entrará, tampoco cerró la puerta, se quedó en el umbral, como si ya no tuviera fuerzas para decidir nada.
—Mauro me dijo que estuviste allí —dijo Nico—. Que me viste ganar y que te fuiste.
Jean asintió, no dijo nada, no tenía nada que decir.
—¿Por qué no te acercaste?
—Estabas ocupado.
—¿Con Sasha?
Jean no respondió, miró al suelo.
—No era nada —dijo Nico, y su respuesta sonaba a prisa, a querer arreglar algo que no entendía del todo—. Sasha solo me dio un ramo y organizó una fiesta, pero yo no pedí nada de eso.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué te fuiste?
Jean levantó la vista, sus ojos estaban cansados. No había lágrimas, pero parecía que hubiera llorado, o que hubiera estado a punto de hacerlo y se hubiera quedado a mitad de camino.
—Porque vi lo que él puede darte —dijo, en voz baja—. Y supe lo que yo no puedo.
—¿Qué no puedes?
Jean movió la cabeza, despacio, no era un gesto de negación, era un gesto de cansancio.
—Nico —dijo, y su nombre le salió sin fuerza—. No estés aquí, no deberías estar aquí.
—¿Por qué no?
—Porque soy demasiado viejo para esto.
—No eres viejo.
—Estoy roto.
Nico abrió la boca para decir algo pero no supo qué responder.
—No es tu culpa —dijo Jean, y ya no miraba a Nico, miraba la hiedra sobre la mesa, al fondo del apartamento—. No es culpa de nadie, solo que yo ya no sé hacer esto. Ilusionarme, creer que alguien como tú va a quedarse.
—No me voy a ir —dijo Nico.
—No lo sabes.
—Lo sé. Yo…
No terminó la frase porque Jean volvió a mirarlo, y esa mirada no era de reproche, era de una tristeza tan quieta que dolía más que cualquier grito.
—Me gusta verte —dijo Nico, con la voz más baja—. Me gusta estar contigo, me gusta que me hagas dibujos en el café. Me gusta cómo miras las cosas cuando crees que nadie te ve.
Jean no respondió, sus manos colgaban a los costados, inmóviles.
—Nunca me había pasado esto —continuó Nico, y su voz temblaba un poco—. Nunca había esperado tanto por alguien, nunca me había importado tanto que alguien se quedara.
—Eso es porque eres joven —dijo Jean.
—¿Y qué tiene que ver?
—Que con el tiempo aprenderás que la gente se va, que no hay que aferrarse.
—No quiero aprender eso.
Jean no dijo nada, se quedó allí, en el umbral, con los hombros hundidos. Nico quiso tocarlo, quiso agarrarlo del brazo, sacudirlo, hacerle entender de alguna forma, pero no se movió. Sabía que Jean no necesitaba que lo sacudieran, necesitaba que lo esperaran.
—Te compré algo —dijo Jean, de repente.
Nico parpadeó.
—¿Qué?
—Para celebrar tu victoria. Pero luego…
Señaló hacia la mesa. Nico siguió su mirada hacia la hiedra pequeña, envuelta en papel de estraza, con las hojas verdes asomando.
Nico se acercó, la miró, la desenvolvió con cuidado.
—Es bonita —dijo.
—Es pequeña.
—No importa.
Jean se quedó junto a la puerta. No avanzó, no retrocedió.
—No quería que me vieras así —dijo, en un hilo de voz.
—¿Así cómo?
—Triste. Patético. Un tonto que se ilusiona otra vez, con un alfa joven de una familia acomodada.
Nico dio la vuelta a la maceta entre sus manos, las hojas le rozaban los dedos.
—No eres patético —dijo—. No eres un tonto.
—Lo soy, porque sabía que esto podía pasar y aún así…
Se calló, apretó los labios.
Nico dejó la maceta sobre la mesa, dio un paso hacia él. Jean no se apartó, pero tampoco avanzó.
—No sé qué tengo que hacer para que lo entiendas —dijo Nico—. No sé si tengo que esperar más tiempo o menos, no sé si tengo que hablar más o quedarme callado. Solo sé que no quiero estar en ningún otro sitio que no sea donde estés tú.
Jean levantó la cabeza, sus ojos se encontraron.
—No soy lo que mereces —dijo.
—No eres tú quien decide eso.
Nico dio otro paso, estaban muy cerca ahora. Jean sintió su olor, esa lluvia de verano que ahora estaba mezclada con algo más. Con cansancio, con una tristeza que no era la suya.
—No me gusta verte así —dijo Nico, y su voz se quebró un poco—. No me gusta verte pensar que no vales.
—Es la verdad.
—No lo es.
Nico no sabía qué más decir, las palabras se le acababan. Había corrido hasta allí, había subido las escaleras de dos en dos, había llamado tres veces y ahora, frente a Jean, con esa mirada apagada y esos hombros hundidos, se sentía impotente.
No podía arreglarlo con palabras.
Así que se inclinó., despacio, dejándole tiempo para apartarse.
Jean no se apartó.
El beso fue suave, nada que ver con la urgencia con la que Nico había subido las escaleras, fue un beso tembloroso, casi una pregunta. Los labios de Nico presionaron contra los de Jean con una delicadeza que dolía, porque era la de alguien que no quiere romper más lo que ya está roto.
Jean no respondió, no apartó la cara, no hizo nada. Solo se quedó allí, inmóvil, con los ojos cerrados, recibiendo el beso como quien recibe una lluvia que no ha pedido.
Nico se apartó, apoyó la frente contra la de Jean.
—No te vayas —susurró—. No te cierres.
Jean abrió los ojos, los tenía húmedos.
—No puedo prometer que no lo haré —dijo.
—Entonces prométeme que intentarás no hacerlo.
Nico sentía las pestañas de Jean rozándole las suyas, su respiración, entrecortada.
—Intentaré —dijo Jean.
Fue poco, fue casi nada, pero era más de lo que Nico había tenido antes.
Se separaron, Nico cogió la hiedra de la mesa.
—Me la llevo —dijo.
—Es tuya.
—¿De verdad?
—Sí.
Nico la guardó en la mochila, se acercó a la puerta, se detuvo.
—Mañana voy a desayunar a Offline —dijo—, antes de clase.
—No hace falta que vayas todos los días.
—Lo sé, pero voy a ir igual.
Jean no dijo nada.
Nico salió al rellano.
—Buenas noches, Jean.
—Buenas noches, Nico.
La puerta se cerró.
Jean se quedó apoyado contra la madera, cerró los ojos, la boca todavía le sabía a Nico.
No fue un beso apasionado., no fue un beso que resolviera nada, pero era un beso que le decía: estoy aquí y no me voy.
No estaba seguro de si eso era suficiente, pero por primera vez en mucho tiempo, quiso que lo fuera.
———
Nico bajó las escaleras despacio. No sabía si lo que había hecho estaba bien, el beso había sido un impulso, no un plan, pero no se arrepentía.
Jean no lo había apartado, no le había dicho que se fuera, solo se había quedado allí, con los ojos húmedos, diciendo "intentaré".
Eso era algo.
Salió a la calle, el aire era fresco, el cielo seguía cerrado, amenazando lluvia. Metió las manos en los bolsillos., sacó el móvil, escribió el mensaje antes de pensarlo.
Lo envió, guardó el teléfono.
Y mientras caminaba hacia su casa, con la hiedra en la mochila y el sabor de Jean todavía en los labios, se dijo que ya no iba a contener las ganas de escribirle.
Porque contenerse no había servido de nada.
Jean seguía teniendo miedo, pero al menos ahora sabía que no estaba solo.
———
Jean estaba sentado en su cama cuando el movió vibró
Lo leyó, no respondió, pero guardó el teléfono junto a la almohada.
Y esta vez, cuando se acostó, no apagó la luz del todo.