✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Disciplina de hierro
El patio de armas del palacio real estaba rodeado por gradas de piedra blanca, cubiertas ese día con los estandartes azules y plata de Zephyria. El príncipe Valkarn había convocado a toda la corte para lo que llamó "una demostración amistosa de destreza militar". En realidad, era una trampa de orgullo. Valkarn seguía buscando al espía desaparecido y, al no encontrar pruebas, había decidido atacar la moral del ejército de Aethelgard.
En el palco real, Lysandra permanecía sentada junto a su padre, el emperador. Su vestido de seda azul claro ocultaba la rigidez de su cuerpo. Sus ojos verdes estaban fijos en el centro de la arena de arena blanca.
Valkarn, de pie a su lado con su armadura de gala reluciente, se inclinó hacia ella con una sonrisa de suficiencia.
—Princesa Lysandra —habló el príncipe con voz alta, asegurándose de que los nobles cercanos lo escucharan—. He notado que la infantería del sur confía demasiado en la suerte. En el norte, creemos que las mujeres son excelentes para la diplomacia y el cuidado del hogar, pero el acero requiere una fuerza que la naturaleza no les dio. Para asegurar que su general esté a la altura de protegerla en el futuro, he decidido poner a prueba sus habilidades.
Lysandra clavó su mirada fría en el príncipe.
—La general Kaelith no necesita demostrarle nada a usted, príncipe Valkarn. Su rango lo ganó en las trincheras del sur, derramando sangre real, no en los salones de baile.
Valkarn soltó una carcajada arrogante.
—Entonces no tendrá problemas en cruzar el acero con mi mejor guerrero.
En el centro del patio, Kaelith avanzó con paso firme. No llevaba su armadura pesada, solo una túnica militar oscura que dejaba libres sus brazos musculosos y marcados por las cicatrices. El corte en su ceja izquierda destacaba bajo la cruda luz del sol. En su mano derecha sostenía una espada de entrenamiento: una hoja de hierro pesado, sin afilar, diseñada para golpear pero no para cortar. Kaelith sabía que Valkarn la subestimaba por ser mujer, y esa rabia era el combustible que encendía sus ojos oscuros.
Frente a ella se plantó el campeón del norte, un guerrero gigantesco llamado Borak. El hombre doblaba el tamaño de Kaelith, cubierto con una pesada armadura de placas de acero y sosteniendo un espadón de madera reforzada con metal. Borak la miró desde arriba, soltando un bufido de desprecio.
—Intenta no llorar cuando te derribe, muchacha —se burló el gigante, haciendo girar su pesada arma con una sola mano.
Kaelith no respondió. Adoptó la postura de combate de la infantería del sur: las piernas flexionadas, el cuerpo perfilado y la espada gacha, esperando.
—¡Que comience la exhibición! —ordenó Valkarn desde el palco, con una sonrisa de triunfo anticipado.
Borak arremetió primero. A pesar de su tamaño, se movió con una velocidad sorprendente, descargando su espadón en un golpe vertical que pretendía aplastar a la general en el primer movimiento.
Kaelith no intentó bloquear el golpe. Sabía que la fuerza bruta del gigante destrozaría sus brazos si chocaba directamente contra su acero. Con la agilidad que la caracterizaba, se deslizó hacia la izquierda. El espadón de Borak se hundió profundamente en la arena blanca, levantando una nube de polvo.
Aprovechando el segundo en que el gigante intentaba recuperar la postura, Kaelith avanzó con rapidez. Lanzó un golpe ascendente con el pomo de su espada, impactando directamente en la mandíbula protegida de Borak. El metal chocó contra el casco con un sonido seco, haciendo que el gigante diera un paso atrás, aturdido.
Un murmullo de sorpresa recorrió las gradas de los nobles de Aethelgard. Mael, de pie cerca de la entrada de los cuarteles, sonrió con orgullo.
Borak rugió de rabia, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de la boca. Olvidando que se trataba de una exhibición, comenzó a lanzar ataques furiosos a diestra y siniestra. El aire silbaba con cada movimiento de su arma pesada.
Kaelith se movía como una sombra oscura en la arena, esquivando cada golpe por milímetros. Su respiración era constante, y su mente, puramente calculadora, analizaba los movimientos del enemigo. Sin embargo, en una de las embestidas, el cansancio de su antigua herida la hizo flaquear por un instante. Su bota resbaló levemente en la arena suelta.
Borak aprovechó el descuido y descargó un golpe lateral con el escudo de metal que llevaba en el brazo izquierdo. El impacto golpeó de lleno el costado herido de Kaelith.
—¡Ah! —Kaelith soltó un grito ahogado por el dolor agudo que le recorrió el cuerpo. Las líneas grises del veneno parecieron arder bajo su piel. Salió despedida hacia atrás, rodando por la arena blanca hasta quedar de rodillas, apoyada en su espada de entrenamiento.
Lysandra se levantó de su asiento en el palco por puro instinto, con el rostro pálido y los puños apretados. Valkarn la tomó del brazo con suavidad, pero con una fuerza posesiva que hizo que la princesa le clavara una mirada de furia pura.
—Quédese sentada, princesa —susurró Valkarn en su oído—. Su general está aprendiendo cuál es su verdadero lugar en el mundo.
En la arena, Borak avanzó despacio hacia Kaelith, saboreando la victoria. Levantó su pesado espadón con ambas manos, listo para asestar el golpe final que la dejaría inconsciente.
—Se acabó el juego, general —dijo el gigante con una sonrisa cruel.
Kaelith, con la respiración entrecortada y la frente cubierta de sudor, levantó la cabeza. Miró hacia el palco real. Sus ojos oscuros se encontraron con los ojos verdes de Lysandra. Vio la desesperación en el rostro de su princesa, vio la mano de Valkarn sujetándole el brazo, y sintió que una oleada de energía rúnica —la misma magia de luz que Lysandra le había entregado en el campamento médico— despertaba con violencia en su sangre.
La rabia y el amor se transformaron en una fuerza imparable.
Justo cuando Borak descargaba su arma, Kaelith no esquivó. Levantó su espada de hierro pesado con ambas manos y bloqueó el impacto directo. El choque del metal resonó en todo el patio como el estallido de un trueno. Para sorpresa de Borak y de todo el palacio, los brazos delgados de la general no cedieron. Sostuvo el peso del gigante con una firmeza sobrehumana.
—¿Qué...? —Borak abrió los ojos de par en par, incapaz de mover su arma.
Con un grito de batalla que resonó en las paredes de piedra, Kaelith empujó hacia arriba, desestabilizando por completo al gigante. Con un movimiento rápido y fluido, barrió la pierna de Borak con su bota, haciéndole perder el equilibrio. El enorme guerrero del norte cayó de espaldas contra la arena blanca con un ruido sordo que hizo temblar el suelo.
Antes de que Borak pudiera reaccionar, Kaelith se plantó sobre su pecho. Colocó la punta de su espada de hierro pesado directamente sobre la garganta descubierta del gigante, justo en el espacio blando del casco.
El patio de armas quedó en silencio. Nadie respiraba. El campeón del norte, el hombre que doblaba su tamaño, estaba derrotado a los pies de la mujer que había subestimado.
Kaelith mantuvo la presión de la espada durante tres segundos eternos, demostrando que tenía el control absoluto sobre la vida del enemigo. Luego, con un gesto lleno de desprecio militar, retiró el arma y dio un paso atrás. Miró hacia el palco real, fijando sus ojos oscuros directamente en el príncipe Valkarn.
—Parece que el acero de Aethelgard tiene la finura necesaria para cortar el orgullo del norte, príncipe Valkarn —dijo Kaelith con una voz clara y firme que llegó a cada rincón de las gradas.
Lysandra se soltó del agarre de Valkarn con un movimiento brusco y elegante. Una sonrisa de triunfo absoluto iluminó el rostro de la princesa, la primera sonrisa real que mostraba ante la corte en días. Miró a Valkarn, cuya cara se había tornado de un color rojo de pura humillación y rabia.
—Una demostración excelente, general Kaelith —habló Lysandra, y su voz musical resonó con la autoridad de una reina—. Creo que ha quedado claro quién tiene la disciplina de hierro en este imperio. Puede retirarse a los cuarteles a descansar.
Kaelith golpeó su pecho con el puño en el saludo militar, mirando fijamente a Lysandra, compartiendo una victoria silenciosa que iba mucho más allá de un simple duelo. Dio la vuelta y caminó hacia la salida del patio con la espalda recta y la cabeza en alto, dejando al príncipe del norte tragándose sus propias palabras de desprecio.
Valkarn apretó los puños sobre la barandilla del palco, rompiendo una de las copas de plata con la fuerza de sus dedos. Sabía que no solo había perdido una exhibición; había perdido el control sobre la corte, y su odio hacia la general y la princesa se transformó en una tormenta que estaba dispuesta a destruir el palacio entero. El juego de las apariencias había terminado, y la guerra por el trono estaba a punto de estallar en la noche de las Torres de Marfil.