COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
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Capítulo 23 – Preparación
Santiago no esperó a que la noche cayera para hablar, no quiso guardar lo que había visto, no podía hacerlo, porque si se quedaba en su cabeza sentía que iba a romperse, que iba a terminar dudando de sí mismo como ya había empezado a hacerlo antes. Apenas regresó con sus padres, su respiración seguía inestable, sus manos temblaban ligeramente, y sin sentarse siquiera comenzó a hablar, sin orden, sin pausas claras, como si las palabras salieran antes de poder pensarlas, describiendo todo, la casa de los Herrera, los padres, la niña, las repeticiones, la forma en que todo ocurría una y otra vez como si el tiempo estuviera roto, como si no existiera una línea clara entre lo que ya pasó y lo que estaba pasando.
Andrés no lo interrumpió.
Lili tampoco.
Lo escucharon en silencio, pero no como antes, no con duda, no con esa necesidad de encontrar una explicación lógica, sino con algo distinto, algo más oscuro, más pesado, porque mientras Santiago hablaba, ellos no solo lo escuchaban, lo reconocían, cada palabra encajaba con lo que habían sentido, con lo que habían visto en sus propios “sueños”, con lo que ya no podían seguir llamando imaginación.
Cuando Santiago terminó, el silencio no fue incómodo.
Fue denso.
Andrés bajó la mirada primero, respirando hondo, como si necesitara sostenerse antes de hablar.
—Te creo —dijo finalmente.
No fue fuerte.
Pero fue firme.
Santiago levantó la mirada, sorprendido, porque en el fondo esperaba resistencia, esperaba duda, pero no la encontró.
Lili asintió lentamente, con los ojos húmedos.
—Yo también…
No dijeron nada más, porque no hacía falta, porque aceptar eso ya era suficiente, ya era demasiado.
Pero no eran los únicos en ese pueblo.
Y Santiago lo sabía.
Más tarde, cuando coincidieron con la otra familia nueva, intentó de nuevo, esta vez con más control, con más cuidado, tratando de explicar lo que había visto sin parecer desesperado, sin parecer fuera de sí, describiendo los detalles, las repeticiones, la forma en que la niña estaba consciente, la forma en que los padres no podían detenerse, esperando, tal vez, que alguien más lo confirmara.
Pero no fue así.
El padre de la familia lo miró con incomodidad, frunciendo el ceño, como si estuviera tratando de entender, pero también de rechazar lo que escuchaba.
—Eso no tiene sentido… —dijo.
La madre añadió algo similar, hablando de estrés, de adaptación, de lo difícil que era mudarse, de cómo la mente podía crear cosas cuando uno estaba cansado, intentando darle una forma lógica a algo que claramente no la tenía.
Santiago los miró en silencio.
No discutió.
No insistió.
Porque entendió algo en ese momento.
No era que no quisieran creer.
Era que no podían.
Sus padres no dijeron nada, no intervinieron, no defendieron lo que Santiago decía, pero tampoco lo negaron, simplemente permanecieron ahí, en silencio, con esa aceptación que ya no necesitaba palabras.
Porque ellos ya estaban en otro punto.
Uno del que no se podía volver.
—
Esa noche, lejos de las casas, donde el pueblo dejaba de parecer un lugar habitable y se volvía algo más cercano a lo que realmente era, la bruja estaba frente al caldero, observando el líquido oscuro que se movía en su interior como si tuviera vida, como si reaccionara a algo que no estaba a la vista. El aire era pesado, cargado, y el bosque alrededor parecía cerrar el espacio, como si protegiera ese lugar de cualquier mirada que no perteneciera ahí.
Susan estaba a su lado.
Quieta.
Observando.
—Ya pasaron dos meses —dijo la bruja sin apartar la vista del caldero.
El líquido burbujeó suavemente.
—Falta poco.
Susan inclinó levemente la cabeza.
—La familia Oquendo… —continuó la bruja— está casi lista.
El ambiente se volvió más denso.
Como si algo reaccionara a esas palabras.
—Hay que prepararlos bien.
Susan no respondió de inmediato.
Pero sonrió apenas.
—Sus almas son mejores —dijo con calma—. Más difíciles.
La bruja asintió lentamente.
—Más ricas… —murmuró—. Pero más frágiles.
El caldero se agitó un poco más.
—Si se dañan por un descuido…
La bruja giró la cabeza.
Mirando directamente a Susan.
—No servirán.
El silencio que siguió fue corto.
Pero pesado.
—Y si eso pasa…
La mirada de la bruja se endureció.
—Tú lo pagarás.
Susan no dejó de sonreír.
No completamente.
—No se dañarán —respondió—. Ya están cediendo.
La bruja la observó unos segundos más, como si midiera cada palabra, como si evaluara si era suficiente.
—Más miedo… —dijo finalmente—. Pero no demasiado.
El equilibrio era claro.
—Que no se rompan antes de tiempo.
Susan asintió.
—Lo haré bien.
La bruja volvió a mirar el caldero.
—Medio mes… —murmuró—. Solo medio mes más.
El líquido oscuro se agitó.
Como si respondiera.
Como si entendiera.
—
Esa misma noche, en la casa de los Oquendo, el ambiente no fue el mismo que antes, algo había cambiado después de lo que Santiago contó, no algo visible, no algo que pudieran señalar directamente, pero sí algo que se sentía, como una tensión constante que no desaparecía, como una certeza que ya no podían ignorar.
Andrés se sentó en silencio, mirando al suelo, pensando, conectando lo que había vivido en su propio sueño con lo que Santiago había visto, entendiendo que ya no podían seguir fingiendo que no pasaba nada.
Lili permanecía cerca, abrazándose a sí misma, como si intentara sostener algo que ya no estaba, recordando sus propios sueños, esa sensación de ver a su familia siendo destruida sin poder hacer nada, y lo peor, esa voz que decía que estaban ricos, que faltaba ella, y esa frase que aún no sabía si había dicho o si alguien la había puesto en su cabeza.
Santiago no se sentó.
No pudo.
Caminaba de un lado a otro, inquieto, con la mente acelerada, con esa sensación constante de que el tiempo se estaba acabando, de que algo estaba avanzando y ellos no estaban haciendo nada.
—No podemos seguir así —dijo de repente.
Sus padres levantaron la mirada.
—No podemos esperar a que pase —añadió.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Porque sabían que tenía razón.
Pero también sabían algo más.
No sabían qué hacer.
Y eso…
era lo peor