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Forjado En Cadenas

Forjado En Cadenas

Status: En proceso
Genre:Edad media / Fantasía épica / Mundo mágico
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

REBELDÍA.

...Reino de Zayon....

Los calabozos del castillo de Zayon olían a humedad vieja y a hierro oxidado.

Amaia avanzaba pegada a la pared de piedra, respirando apenas. Como si el aire mismo pudiera delatarla.

Cada pequeño sonido o sombra parecía que moverse, la hacia detenerse.

Si mi padre la encontraba aquí—

No terminó el pensamiento.

Llegó al cruce donde el pasillo se partía en dos. A la derecha, las mazmorras más profundas. Donde habían encerrado a Leyanna.

Dio un paso.

—Majestad.

La voz cayó como un golpe seco.

Amaia se congeló. El corazón le martilló el pecho antes de obligarse a girar despacio.

Enzo estaba apoyado en una columna, medio tragado por la penumbra. Sin escolta. Sin armas visibles.

Se acercó despacio dejando ver su rostro.

Amaia bajó la mirada y tragó saliva.

—L-lord Enzo… —hizo una reverencia torpe—. ¿Qué hace aquí?

—Podría preguntarle lo mismo —respondió él, con calma medida—. No es común ver a la princesa Amaia en los calabozos. —Sus ojos recorrieron el pasillo—. No es un sitio apropiado.

Amaia apretó los puños dentro de las mangas.

—Solo… caminaba.

Una ceja de Enzo se alzó apenas. Era obvio que lo creía.

—¿Caminaba? —dio un paso hacia ella—. Curioso. Pero le aseguro que hay lugares más apropiados en el castillo, para una joven en los jardines del castillo.

El aire se le atoró a Amaia en la garganta. No respondió.

—Dígame, majestad… —bajó la voz—. ¿Está buscando algo? ¿O… a alguien? — le cuestionó Enzo, sus manos detras de sus espalda.

El pecho de la princesa esa se cerró.

No podía mentirle.

Tampoco decir la verdad.

—No comprendo a qué se refiere —murmuró, mirando el suelo.

Durante un segundo, Enzo no dijo nada.

Miró el pasillo de la derecha.

Volvió a mirarla.

Regresó al pasillo.

Amaia contuvo la respiración.

—Ya veo —murmuró él, como si algo hubiera terminado de encajar—. Está buscando a la princesa Leyanna.

Amaia abrió la boca para negarlo, pero Enzo levantó una mano.

—Tranquila. —El tono fue bajo—. Si quisiera reportarlo… ya lo habría hecho.

Las piernas le temblaron.

—Mi hermana está sola —susurró—. Y herida. Solo quiero verla. Asegurarme de que sigue respirando. Nada más.

Por primera vez, Enzo bajó la mirada. Apenas un segundo. Como si ese peso no fuera suyo… y aun así lo cargara.

—Su padre no desea que nadie la vea.

Amaia apretó los dientes. El ardor le subió a los ojos.

—Mi padre… —la voz se le quebró— no es padre de nadie.

El silencio cayó pesado entre ambos.

Enzo respiró hondo. Miró hacia la entrada del calabozo, donde dos guardias conversaban distraídos. Luego volvió a ella.

—Regrese a sus aposentos, princesa.

Amaia negó con la cabeza.

—No. No me iré sin verla. Puede arrestarme si quiere.

Él la sostuvo con la mirada un largo momento.

Finalmente, suspiró.

—No voy a arrestarla —murmuró—. No hoy.

Amaia parpadeó, incrédula.

Enzo ajustó las mangas de su capa. Un gesto simple. Definitivo.

—Si de verdad quiere verla… hágalo ahora. —No la miró—. Yo distraeré a los guardias.

El corazón de Amaia dio un vuelco.

—¿Por qué…?

—No pregunte —cortó—. Solo vaya. Diez minutos, majestad. Ni uno más.

Se alejó antes de que ella pudiera decir algo más.

Amaia lo vio acercarse a los guardias, iniciar una conversación trivial, hacerlos moverse, reír. El camino quedó libre.

No lo pensó más.

Corrió.

No encontraba a su hermana hasta que la vio.

El calabozo de Leyanna era el último.

Amaia se detuvo frente a la reja, el pecho subiéndole y bajándole demasiado rápido. El aire era espeso, como si el lugar mismo quisiera expulsarla.

—Leyanna… —susurró.

Por un instante, creyó que estaba muerta.

Su hermana apenas respiraba. Tan lento que había que mirar con atención para notarlo.

Estaba tendida en el suelo. Encadenada de muñecas y tobillos. La piel cubierta de moretones oscuros, heridas abiertas, costras mal cerradas. La ropa rota, rígida por la suciedad.

En la esquina, el plato volcado. Moho. Un olor agrio que quemaba la garganta.

Amaia cayó de rodillas.

Metió la mano entre los barrotes. Dudó… y tocó la mejilla de su hermana.

Helada.

—Estoy aquí… —susurró, y la voz se le rompió—. Perdóname. Perdóname por no haber venido antes.

Leyanna no respondió.

No abrió los ojos.

Amaia apretó los labios para no emitir un sonido que no podría controlar. El llanto se le quedó atorado en el pecho.

Le acarició el cabello blanco, sucio, enredado. Ese que antes brillaba. Ese que ella peinaba cuando eran niñas, sentadas juntas, sin miedo.

—Te juro —murmuró, con los dientes apretados— que voy a hacer todo lo que pueda para que esto sea menos horrible. Aunque sea un poco.

Amaia escuchó Pasos.

Se giró de golpe.

Enzo.

Lo vio detener a los guardias con una excusa cualquiera. Dar órdenes con naturalidad. Señalar otro pasillo. Ellos obedecieron sin cuestionar.

No miraron hacia la última celda.

Cuando Amai decidió regresar , Enzo la observó un instante. Luego asintió, apenas.

Nada más.

Pero ese gesto lo dijo todo.

...****************...

...Reino de Norvak...

Los rufianes los habían tenido trabajando desde que el sol rompió el horizonte.

En esa párte de Norvak las personas no compraban esclavos, no por qie no quisieran, pero no les alcanzaba.

Pero si podian llegar a pagar algunas horas de mano de obra a los rufianes.

Y así, durante todo el día, mujeres, hombres y niños fueron usados como herramientas: cargaron agua hasta que la espalda ardió, cortaron leña, limpiaron corrales, levantaron costales demasiado pesados. El cansancio no llegó de golpe; se fue acumulando, sentían que podría morir.

Cuando los devolvieron a la carreta, ya era de noche.

Subieron arrastrando las cadenas, empujados sin cuidado por guardias cansados, irritables, con crueldad que nace cuando ya no queda paciencia. El metal raspaba la madera. Y el aire adentro era sofocante.

Erian buscó a Kael de inmediato.

Lo encontró acurrucado con la pelirroja, los dos fundidos en un mismo bulto bajo la capa. Ella temblaba.

—Déjame ver tu pie — le pedio el chico a l mujer.

Lo había visto cojear durante toda la tarde. No había podido acercarse antes. Ahora, se arrastró hasta ellos.

La pelirroja levantó la cabeza. El cabello sucio le cubría parte del rostro, un ojo medio oculto.

—¿Qué? No… estoy bien.

—No lo estás —respondió Erian, apenas un murmullo—. Te vi toda la tardedd

Ella se encogió, acercándose más a Kael.

—No necesito ayuda.

Erian extendió la mano. Estaba cubierta de tierra, de sangre seca, de heridas que nadie había atendido.

—Déjame verlo.

Ella negó, obstinada.

—No.

Erian apretó la mandíbula.

—Si no me dejas —dijo con una calma que le costó— te va a doler semanas. Y se va a infectar. Lo que pisaste no se va a curar solo.

Ella lo miró, midiendo algo que no se decía. Finalmente soltó el aire.

—Mis pies están… horribles.

Erian dejó escapar una risa breve, sin humor.

—¿Y crees que los míos no? —le mostró las manos—. Nadie aquí está limpio. Déjamelo ver.

Dudó unos segundos más.

Al final, movió la cadena y sacó el pie hacia la escasa luz que se filtraba por una rendija. Estaba hinchado, cubierto de sangre seca y tierra, con pequeñas heridas abiertas entre los dedos.

Erian se inclinó con cuidado.

—Voy a tocarte.

Ella asintió.

Tomó el pie con suavidad. Sintió cómo el cuerpo de ella se tensaba de inmediato. Aparto el huarache de cuero que ella llevaba y arrancó un trozo de su camisa con los dientes humedeciendo en el agua turbia que quedaba en una cubeta.

No era suficiente.

Pero era algo.

Cuando empezó a limpiar, ella apretó los dientes. Un sonido ahogado se le escapó del pecho.

—Perdón —susurró Erian.

—No… no pasa nada —respondió ella, aunque la voz la traicionó.

Él siguió, paciente, lento. Cuando terminó, envolvió la herida con la tela improvisada.

—Ya —murmuró—. Te ayudará.

Ella lo miró largo rato. No con gratitud inmediata, sino con desconcierto.

Kael también lo observaba, rendido, con esa confianza absoluta que solo se deposita en un hermano.

La pelirroja bajó el pie despacio.

—Gracias… —susurró—. No debiste.

—Sí debía —respondió Erian, sin pensar.

—Cúbranse otra vez —dijo Erian, apartándose—. Yo me quedo aquí.

Algunos esclavos se quejaron por que Erian se movía de un lado a otro.

Finalmente se acomodó junto a Kael, apoyando el cuerpo contra el suyo para compartir el calor sin quitarles la capa. Kael se movió hasta quedar contra su pecho.

La pelirroja, sin mirarlo, corrió apenas la manta para cubrir también el brazo de Erian.

Nadie dijo nada.

Al amanecer, subieron a un nuevo esclavo.

El hombre pataleaba, maldecía, se retorcía como un animal atrapado.

—¡Hijos de puta, les voy a arrancar las—

No terminó la frase. Un golpe seco en el estómago le robó el aire.

El silencio fue inmediato.

Lo arrojaron dentro de la carreta y cerraron la puerta de un golpe brutal.

—Malditos… —gruñó mientras se incorporaba.

Cabello rubio desordenado. Ojos verdes, encendidos de rabia. Recorrió el interior con la mirada: Erian, Kael, la pelirroja… y los dos hombres inmóviles al fondo.

Trabajaron hasta que el sol cayó rojo entre los árboles.

El rubio se quejó todo el día. De las cargas. De los golpes. De las órdenes.

Y aun así, vio algo que los demás no.

Algo en Erian.

Esa noche, cuando los rufianes bebían y jugaban afuera, el rubio habló en voz baja.

—Oye, niño.

Erian alzó la vista apenas.

—Conozco esa mirada. Estoy contigo.

Erian no entendió.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes —sonrió, —. Estás pensando en escapar.

Erian tensó los hombros.

—Desde que subí a esta carreta te he visto contar pasos, medir guardias, revisar cuerdas, mirar tablones flojos.

No lo negó.

—Tranquilo —añadió—. Estoy contigo… si tienes un plan. Escucha el mío.

Habló bajo.

— Podémos esperar a que se duerman, esa noche soltamos al que tenga la cuerda menos tensa. Debemos ir aflojando algún tablón de esta carreta que nos permita aflojar más para poder salir.

Erian escuchó sin parpadear.

Ya lo había pensado.

—Si lo hacemos bien —concluyó el rubio— todos salimos de aquí.

Los hombres del fondo se removieron, atentos.

Kael dormía, acurrucado entre la manta y la pelirroja.

—¿Entonces? —preguntó el rubio—. ¿Quién viene conmigo?

Los hombres asintieron.

Miró a Erian.

Antes de que respondiera, la pelirroja habló.

—Es un buen plan —dijo, suave, firme—. Pero no ahora.

—¿Por qué no?

—Cuando traen a alguien nuevo, vigilan más. Las ruedas. Las puertas. Todo. Aunque estén ebrios. Aunque se rían. Si lo intentamos hoy… morimos.

El rubio la observó distinto.

—Entonces, ¿cuándo?

—Tres días —respondió sin dudar—. Mínimo.

—Tres días… —repitió. Sonrió, decidido—. Bien. En tres días escaparé.

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