La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 07
Mirea sirvió el vino y le tendió una copa. Helios la tomó, pero no bebió.
—¿Por qué ayudarme? Valerius te ha mantenido en una posición de privilegio. ¿Qué te ha hecho el Canciller para que quieras entregármelo en bandeja de plata?
La expresión de Mirea cambió por un instante. La máscara de cortesana perfecta se agrietó para revelar una sombra de odio tan puro que Helios retrocedió mentalmente.
—Valerius cree que soy un objeto. Cree que porque conoce el sabor de mi piel, posee mi mente. Mató a la única persona que me importaba para asegurarse de que yo no tuviera más lealtad que la suya. No quiero que solo muera, Helios. Quiero verlo perder todo lo que ama antes de que tú le cortes el cuello. Quiero verlo arruinado.
Había una química oscura entre ellos, una atracción nacida de la necesidad mutua y de un dolor compartido que ambos intentaban ignorar. Helios dio un paso hacia ella, esta vez por voluntad propia. La tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Si me traicionas, Mirea... si descubro que eres un peón de Valerius para descubrir mis planes... te juro por el sol que no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de mi calor.
Mirea sonrió, y esta vez hubo algo genuino en su gesto. Se puso de puntillas y susurró en su oído, rozando su lóbulo con los labios.
—Me encantaría verte intentarlo, mi señor. Pero por ahora, hablemos de negocios. Mañana, en el mercado de la zona norte, tres capitanes de la flota mercante se reunirán para discutir el aumento de los impuestos de Valerius. Son hombres codiciosos, pero odian al Canciller más de lo que temen a la ley. Si te presentas allí, no como un príncipe, sino como el hombre que limpió la plaza hoy... tendrás tu primera alianza.
Helios la soltó, su mente ya trabajando en la estrategia para el día siguiente. Pero antes de irse, Mirea lo detuvo con una mano en su brazo.
—Una cosa más, Helios. El Canciller sabe que estás aquí. El ataque en la plaza fue un error de su parte, pero no cometerá otro. Ha enviado a buscar a alguien de la Casa Serath. Alguien que conoce tus debilidades mejor que nadie.
Helios sintió que el aire se enfriaba a pesar del fuego en sus venas.
—¿Selene? —preguntó, con el nombre amargo en su lengua.
—Selene Serath —confirmó Mirea—. Tu prometida de la infancia. La mujer que se suponía que iba a unir a las dos casas más poderosas antes de que los Voran fueran declarados traidores. Está en camino hacia la capital. Y no viene a darte la bienvenida.
Helios apretó el puño, y la copa de cristal en su mano se agrietó bajo la presión. La red de traiciones era más profunda de lo que pensaba.
—Gracias por el aviso, Dama del Huso —dijo Helios, dirigiéndose hacia la salida—. Me encargaré de Selene cuando llegue el momento.
—No la subestimes, Helios —advirtió Mirea desde el centro de la habitación—. Ella no es como yo. Ella no busca poder en las sombras; ella cree que el poder le pertenece por derecho divino. Y odia que tú seas el único que puede recordarle que su familia también tiene las manos manchadas de sangre.
Helios no respondió. Salió a la noche de Solis, donde Caius lo esperaba. El encuentro con Mirea lo había dejado inquieto, con una tensión en el cuerpo que no era solo por la inminente batalla. Había algo en ella, una mezcla de fragilidad y acero, que lo atraía de una forma peligrosa.
—¿Y bien? —preguntó Caius mientras caminaban de regreso a su refugio.
—Tenemos una pista. Mañana forjaremos alianzas en el mercado —respondió Helios, mirando hacia el palacio que brillaba en lo alto de la colina—. Pero las sombras se están volviendo más largas, Caius. El juego ha cambiado. Ya no solo estamos cazando ratas; estamos entrando en un nido de víboras.
Mientras se alejaban, Helios no pudo evitar mirar atrás una vez más. En la ventana superior de la villa, vio la silueta de Mirea. Ella todavía sostenía el huso, hilando el destino de Solis, o quizás, el de Helios mismo. La química entre ellos era una mecha encendida en una habitación llena de pólvora, y Helios sabía que, tarde o temprano, todo estallaría.
Pero por ahora, necesitaba esa pólvora para su propia revolución.