Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
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capitulo 3
El silencio que siguió a mi entrega del sobre rojo no fue un silencio ordinario; fue el sonido de una jerarquía rompiéndose en mil pedazos. Liam sostenía el papel carmesí como si fuera una brasa ardiendo que amenazaba con consumir sus dedos. Su prometida, Elena, alternaba la mirada entre el sobre y mi rostro, buscando una grieta, una señal de la "chica del orfanato" que pudiera pisotear. Pero no encontró nada más que el reflejo de su propia inseguridad en mis ojos perfectamente maquillados.
Alexander, a mi lado, era una roca. Sentir su brazo firme bajo el mío era lo único que me recordaba que esto no era un sueño febril. Él no necesitaba decir nada; su sola presencia validaba mi ascenso.
—Alexander... —Liam finalmente recuperó la voz, aunque sonaba como si se estuviera ahogando—. Esto tiene que ser un error. ¿Luna? Tú no sabes quién es ella realmente. Ella no es de nuestro mundo.
Alexander se tomó un momento para ajustar el gemelo de su camisa, un gesto de una parsimonia insultante antes de clavarle la mirada a su sobrino.
—Te equivocas, Liam —dijo Alexander con esa voz que parecía vibrar en el suelo de mármol—. Ella es exactamente lo que este mundo necesita. Y lo más importante: es la mujer que yo he elegido. Así que, a menos que quieras discutir mi criterio frente a todos nuestros socios, te sugiero que guardes ese sobre y agradezcas la generosidad de tu tía.
"Tu tía". Las palabras golpearon a Liam físicamente. Dio un paso atrás, chocando casi con una mesa de cristalería. El orgullo que había lucido minutos antes, cuando se pavoneaba con Elena, se había evaporado, dejando solo al niño asustado y ambicioso que siempre fue.
—Gracias... —masculló Liam, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolió—. Gracias, Luna.
—Señora Blackwood para ti, sobrino —corregí con una dulzura venenosa.
Me di la vuelta con una fluidez que incluso a mí me sorprendió. Caminamos hacia el centro del salón, dejando atrás el caos silencioso que habíamos sembrado. Alexander se inclinó hacia mi oído mientras saludábamos a un par de embajadores.
—Lo hiciste bien —susurró—. Pero recuerda: el primer golpe es el más fácil. Ahora vendrá el asedio. La familia no aceptará a una extraña tan fácilmente.
—Que lo intenten —respondí, esbozando una sonrisa para las cámaras que nos rodeaban—. Ya he pasado hambre, Alexander. No le tengo miedo a un par de cenas incómodas.
La fiesta terminó de madrugada, pero mi nueva vida apenas comenzaba. Alexander y yo no compartíamos habitación en la mansión principal de la familia, una estructura colosal de estilo neoclásico que se sentía más como un museo que como un hogar. Él tenía su ala privada y yo la mía.
Al cerrar la puerta de mi suite, el peso del vestido de seda pareció triplicarse. Me deshice de los tacones y caminé descalza por la alfombra persa hasta el gran ventanal. Afuera, la ciudad de Nueva York celebraba el primer día del año con fuegos artificiales que se reflejaban en el río.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. En el orfanato, solo teníamos un espejo roto en el baño común, uno que distorsionaba nuestras caras. Aquí, la claridad era aterradora. Me toqué el collar de diamantes que Alexander me había prestado. Eran fríos, pesados y reales.
"¿En qué te has convertido, Luna?", me pregunté.
Pero la respuesta no me asustó. Me sentía más segura que nunca. La tristeza por la traición de Liam seguía ahí, pero enterrada bajo capas de determinación. Él no solo me había dejado; había intentado borrar mi existencia para que su nuevo estatus no se viera manchado por su pasado de pobreza. Mi venganza no era solo por el amor roto, sino por el intento de Liam de negar de dónde venía.
Un toque suave en la puerta me sacó de mis pensamientos. Era la asistente personal que Alexander había asignado para mí, una mujer llamada Sarah que parecía no dormir nunca.
—Señora Blackwood, lamento molestarla —dijo Sarah con una reverencia profesional—. El señor Liam está en la biblioteca. Insiste en hablar con usted. Dice que no se irá hasta que lo reciba.
Mi primer instinto fue decir que no. Estaba agotada. Pero luego recordé: ahora yo era la dueña de la casa. Si Liam quería una audiencia, tendría que ser bajo mis reglas.
—Dile que lo veré en cinco minutos. Y Sarah... tráeme un té de jazmín. Que esté muy caliente.
Me puse una bata de seda sobre el camisón y bajé las escaleras. La biblioteca era una habitación vasta, con estanterías que llegaban hasta el techo y el aroma persistente a cuero viejo. Liam estaba de pie junto a la chimenea apagada, con el sobre rojo todavía en la mano, aunque ahora estaba arrugado.
Cuando entré, él se giró rápidamente. Ya no tenía la chaqueta del esmoquin y su camisa estaba desabrochada en el cuello. Parecía desesperado.
—¿Cómo lo hiciste, Luna? —escupió, sin preámbulos—. ¿Cómo demonios convenciste a mi tío? Alexander es el hombre más calculador del planeta. Él no se casa por impulso. ¿Qué le ofreciste?
Caminé lentamente hacia un sillón orejero y me senté, cruzando las piernas con elegancia. El té de Sarah llegó justo a tiempo. Tomé un sorbo pequeño antes de responder.
—Le ofrecí lo que tú no tienes, Liam: lealtad y una visión clara de quién eres realmente.
—¡Es una locura! —gritó él, dando un paso hacia mí—. Tú y yo... nosotros crecimos juntos. Nos besamos bajo la lluvia, planeamos una vida. ¡No puedes ser mi tía! Es... es enfermo.
—Lo que es enfermo, Liam, es que me tiraras a la basura como si fuera un estorbo solo porque te dieron una tarjeta de crédito dorada —mi voz era baja, pero cortante como una cuchilla—. Lo que es enfermo es que pensaras que podías comprar mi silencio con cien dólares.
Liam se pasó la mano por el pelo, frustrado.
—Fue por el negocio, Luna. El padre de Elena controla los puertos. Si quería asegurar mi lugar como heredero de Alexander, tenía que hacerlo. Lo hice por nuestro futuro... bueno, por el futuro que creí que entenderías.
—No mientas —lo corté—. Lo hiciste por ti. Porque te avergonzabas de que la mujer que te conoce desde que usabas zapatos rotos estuviera a tu lado mientras intentabas impresionar a gente que te desprecia por la espalda.
Él se quedó callado. Sabía que tenía razón.
—Alexander me contó que estás malgastando el fondo de inversión que te dio —continué, disfrutando del destello de pánico en sus ojos—. Estás comprando propiedades sin sentido y tratando de jugar a ser un tiburón cuando ni siquiera eres un pez pequeño.
—¡Eso no es asunto tuyo!
—Oh, pero lo es —me puse de pie, acercándome a él hasta que nuestras sombras se mezclaron bajo la luz tenue de la biblioteca—. Como esposa de Alexander, ahora tengo voz en el consejo familiar. Y como tu tía política, tengo la obligación de supervisar tus gastos personales.
Le quité el sobre rojo de la mano. Lo abrí y saqué el cheque en blanco que Alexander había firmado. Lo rompí en cuatro pedazos frente a su cara.
—Este cheque era una prueba, Liam. Alexander quería ver si tenías la decencia de devolvérmelo o si intentarías cobrarlo. Y aquí estás, a las tres de la mañana, sosteniéndolo como si fuera tu salvación.
—Luna, por favor... —su tono cambió. De la rabia pasó a la súplica. Intentó tocarme el brazo, pero me aparté como si su piel estuviera infectada—. Estoy en problemas. Elena gasta más de lo que imaginas y su padre me está presionando para que invierta en un proyecto que no entiendo. Necesito que hables con Alexander. Él te escucha. Dile que soy capaz...
—No, Liam —dije con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. Mañana, cuando te levantes, tendrás que presentarme un informe detallado de tus cuentas. Si falta un solo centavo o si hay una inversión dudosa, seré yo quien recomiende a Alexander que te retire la asignación mensual.
Él me miró con puro odio. El amor que alguna vez nos tuvimos había sido reemplazado por un campo de batalla.
—Me vas a destruir, ¿verdad? —preguntó con voz ronca.
—No, Liam. Te voy a educar. Te voy a enseñar lo que significa la palabra "respeto". Ahora, sal de mi biblioteca. Tengo que descansar.
Liam salió de la habitación con los hombros caídos. Por un segundo, sentí una punzada de dolor en el pecho, un eco de la chica del orfanato que una vez lo amó. Pero la acallé rápidamente. Ese amor ya no tenía lugar en esta casa.
Cuando subí a mi habitación, encontré a Alexander esperando en el pasillo, apoyado contra la pared. No parecía cansado. De hecho, parecía que la noche apenas estaba empezando para él.
—Fue una conversación interesante —dijo, indicando que lo había escuchado todo—. No le tuviste piedad.
—La piedad es un lujo que no puedo permitirme —respondí—. Él no la tuvo conmigo.
Alexander se acercó y, por primera vez, su mano se posó en mi mejilla. Fue un contacto breve, pero cargado de una tensión que no esperaba.
—Bienvenida a los Blackwood, Luna. Mañana tenemos la primera reunión del consejo. Prepárate. La familia de Elena estará allí, y no están felices con que una "desconocida" haya tomado el lugar que ellos querían para su hija.
—Que traigan sus mejores armas —dije, sosteniéndole la mirada—. Yo ya traigo las mías.
Él asintió y se retiró a sus aposentos. Entré en mi cama de sábanas de seda de mil hilos, pero mi mente estaba en el orfanato, en el frío y en el hambre. Me prometí a mí misma que nunca volvería a pasar frío. Y que Liam Vanderbilt aprendería que la mujer que él despreció era la única que podía salvarlo... o hundirlo para siempre.
El juego apenas estaba comenzando, y yo tenía todas las cartas ganadoras. Al cerrar los ojos, lo último que vi fue el color rojo. El color de la suerte, el color de la sangre, y ahora, el color de mi victoria.