En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 23
La vibración del teléfono sobre la madera de caoba fue un recordatorio brutal de que el mundo real no se detiene, ni siquiera para dos personas que intentan redimirse entre las sábanas de un despacho oscuro. Alexander no se movió de inmediato. Su cuerpo, una masa de calor y músculos tensos, seguía presionándome contra la superficie del escritorio, mientras su respiración, todavía errática, acariciaba mi cuello. El aroma a sándalo y a su propia piel, impregnado del rastro de nuestra reciente entrega, era lo único que quería respirar.
—Ignóralo —susurré, enredando mis dedos en su cabello, tratando de retenerlo en este espacio donde el tiempo parecía haberse congelado.
Él soltó un gruñido bajo, una mezcla de frustración y esa protección obsesiva que siempre lo mantenía alerta. Se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para que nuestras miradas se cruzaran. En el azul de sus ojos ya no había solo hielo; había una tormenta de posesión que me quemaba más que el sol del Caribe.
—Hay llamadas que, si no se contestan, traen el incendio a la puerta de casa, Elina —respondió con esa barítono ronca que me hacía vibrar hasta la médula.
Con un movimiento fluido y cargado de una elegancia depredadora, Alexander se estiró para alcanzar el aparato. Vi cómo sus facciones se endurecían al leer el nombre en la pantalla. El CEO implacable regresó en un parpadeo, reemplazando al hombre que hace un momento me devoraba con besos. Se apartó de mí, ajustándose la camisa blanca con una calma que me resultó casi insultante después de la intensidad que habíamos compartido.
Me quedé sentada en el escritorio, arreglando mi propio vestido de seda, sintiendo el frío de la habitación filtrarse donde antes estaba su calor. Mis ojos, ahora nítidos, recorrían cada rincón de la biblioteca, deteniéndose en la puerta secreta que aún permanecía abierta, revelando el santuario de dibujos que Alexander había creado de mí. Ver esos bocetos me hacía sentir más desnuda que el acto mismo de amarnos; era su alma expuesta, una confesión de que su vigilancia siempre fue una forma de adoración.
Alexander hablaba en susurros secos, en un alemán fluido que yo no terminaba de comprender, pero el tono era inconfundible: guerra. Al colgar, no regresó a mis brazos. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines de la mansión en Ginebra, observando la noche con las manos hundidas en los bolsillos.
—¿Es sobre mi padre? —pregunté, rompiendo el silencio que pesaba como el plomo.
—Tu padre ya no es el centro del tablero, Elina. Está bajo custodia y su caída ha sido tan estrepitosa que sus aliados han empezado a devorarse entre ellos. El problema es la vacante que ha dejado en el consejo de la corporación —se giró, y la luz de la luna talló sombras profundas en su rostro—. Hay un grupo de inversores que no aceptan que yo controle tu parte de las acciones. Creen que, ahora que puedes ver, nuestro matrimonio por contrato ya no tiene validez legal o moral.
—¿Y qué sugieren?
—Sugieren una auditoría de nuestra vida privada —susurró, acercándose a mí con esa lentitud que siempre precedía a una reclamación—. Quieren pruebas de que esto no es una farsa para absorber tu herencia. Quieren ver si la esposa que "compré" es realmente la mujer que amo.
La palabra "amor" salió de sus labios con una dificultad casi física, como si fuera una verdad que su orgullo todavía intentaba digerir. Me levanté del escritorio y caminé hacia él. El contraste sensorial era diferente ahora: el frío del suelo de mármol bajo mis pies, el roce de la seda contra mis muslos y la visión de Alexander, tan imponente y a la vez tan a merced de lo que yo sentía por él.
Le tomé las manos. Estaban calientes, todavía marcadas por la violencia de la isla y la pasión de hace unos minutos.
—Entonces dáselas —dije, mirando fijamente ese azul tormentoso—. Dales la prueba de que ya no soy un estorbo en tu camino, sino la dueña de tus sombras.
Él me atrajo hacia su pecho con una fuerza que me cortó el aliento. Sus brazos me rodearon como cadenas de hierro, y sentí su rostro enterrarse en mi cabello. La sensualidad de su abrazo era asfixiante y necesaria.
—No sé cómo hacer esto, Elina —confesó contra mi oído—. No sé cómo dejar que el mundo vea lo que siento por ti sin sentir que les estoy dando el arma para destruirnos. Mi protección siempre ha sido el silencio.
—Tu protección ahora tiene que ser la verdad, Alexander. Ya no soy la niña ciega que podías esconder en una habitación. Soy la mujer que te salvó en Suiza y que destruyó a Marcus en el Caribe. Deja que nos vean.
Pasamos el resto de la noche en una vigilia compartida. Alexander no regresó a la cama. Se quedó en su despacho, revisando documentos, preparando la estrategia para la reunión del consejo que tendría lugar al amanecer. Yo me quedé con él, sentada en el sofá de cuero, observándolo. Me fascinaba ver cómo manejaba el poder, cómo cada gesto suyo era una orden silenciosa. Pero lo que más me impactaba era cómo, cada pocos minutos, sus ojos buscaban los míos, asegurándose de que seguía allí, de que no me había evaporado con la luz de la luna.
A las seis de la mañana, la mansión ya bullía de actividad. Julian entró con una bandeja de café y un traje nuevo para Alexander. El olor a café recién hecho se mezcló con el aroma a madera noble del despacho. Me retiré a mi habitación para prepararme. Elegí un vestido de color rojo intenso, un desafío visual para aquellos que esperaban ver a una mujer convaleciente o sumisa. Maquillé mis ojos con cuidado, resaltando la mirada que Alexander tanto había estudiado en sus bocetos.
Cuando bajé las escaleras, Alexander me esperaba en el vestíbulo. Vestía un traje gris oscuro de tres piezas que lo hacía parecer una extensión del mismo poder que representaba. Al verme, su expresión no cambió, pero vi cómo su garganta se movía al tragar. Se acercó y me ofreció su brazo, un gesto que antes era por necesidad y que ahora era una declaración de guerra.
—Estás radiante —dijo, y su voz fue un roce de terciopelo en mi piel—. Pero recuerda: en esa sala, nadie es tu amigo. Todos buscan una grieta en nuestra armadura. No les des ni una sonrisa.
—No planeo sonreírles, Alexander. Planeo hacerles entender por qué tú me elegiste.
El trayecto hacia el edificio de la corporación fue tenso. La ciudad de Ginebra despertaba bajo una lluvia fina que envolvía los edificios de cristal en un aura de melancolía. Dentro del coche blindado, la atmósfera era eléctrica. Alexander me tomó la mano, y sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza obsesiva. No era solo apoyo; era un recordatorio de que yo le pertenecía, de que este combate también era mío.
Al llegar, la prensa nos esperaba de nuevo. Esta vez no hubo flashes que me asustaran. Caminé al lado de Alexander con la cabeza alta, sintiendo el peso de su brazo bajo el mío. Al entrar en la sala del consejo, el aire se volvió gélido. Doce hombres y mujeres de rostros severos nos observaban desde una mesa de cristal negro que parecía un altar de sacrificios.
—Señor Thorne, señora Thorne —saludó el presidente del consejo, un hombre cuya voz sonaba como arena arrastrada por el viento—. Agradecemos su presencia. Como saben, la situación actual de la familia Colón y la reciente... recuperación de la señora Elina, plantean dudas sobre la estabilidad de nuestra estructura de mando.
Alexander se sentó a la cabecera, indicándome que me sentara a su derecha. Su postura era la de un monarca que no reconoce la autoridad de sus jueces.
—Las dudas solo existen en las mentes de aquellos que buscan una oportunidad para la traición —respondió Alexander, y su voz llenó la sala con una autoridad que hizo que varios consejeros bajaran la vista—. Mi esposa no solo ha recuperado la vista; ha recuperado su posición como la accionista mayoritaria. Y yo sigo siendo el hombre que ha multiplicado sus activos mientras ustedes se escondían en sus despachos de lujo.
—Nadie cuestiona su capacidad financiera, Thorne —intervino una mujer de mirada afilada—. Cuestionamos la naturaleza de este matrimonio. Si la señora Elina fue coaccionada mientras estaba en una posición de vulnerabilidad, este consejo tiene la obligación de intervenir.
Sentí la furia de Alexander vibrar a mi lado. Estaba a punto de estallar, de decir algo que confirmara su imagen de tirano. Le puse la mano en el antebrazo, un toque suave que lo detuvo en seco. Me puse en pie, dejando que todos los ojos de la sala se clavaran en los míos.
—Ustedes hablan de vulnerabilidad como si fuera un pecado —comencé, y mi voz sonó clara y firme, resonando en las paredes de cristal—. Estuve en la oscuridad durante un año. Fui vendida por mi padre y acechada por mi primo. Pero en medio de esa negrura, el único hombre que no me mintió fue Alexander Thorne. Él me dijo desde el primer día que esto era un contrato, pero también me dio los medios para volver a ver el mundo.
Caminé alrededor de la mesa, observando a cada uno de ellos. Sentía la protección de Alexander en mi espalda, como un muro invisible.
—Si creen que estoy aquí por coacción, es que no me conocen. Estoy aquí porque este hombre es el único que ha demostrado ser digno de mi lealtad. Y si intentan cuestionar nuestro matrimonio, estarán cuestionando no solo mi voluntad, sino la estabilidad de cada contrato que han firmado con esta empresa. Porque no hay nada más sólido que una unión nacida de la verdad, por muy cruda que esta sea.
El silencio que siguió fue absoluto. Vi a Alexander observándome con una mezcla de orgullo y una fascinación que bordeaba la locura. Se puso en pie y se colocó a mi lado, pasando su brazo por mi cintura, reclamándome frente a todos. La sensualidad de ese gesto, en medio de una reunión de negocios tan gélida, fue como una explosión. Era una posesión pública, una declaración de que yo era su reina y él mi ejecutor.
—Creo que la señora Thorne ha sido lo suficientemente clara —sentenció Alexander, y su mirada recorrió la mesa como una sentencia de muerte—. La auditoría ha terminado antes de empezar. Aquellos que tengan problemas con nuestra "naturaleza" matrimonial, pueden presentar su dimisión en mi despacho antes del mediodía.
Salimos de la sala sin esperar respuesta. El pasillo estaba desierto, pero la tensión seguía zumbando en el aire. Alexander me llevó hacia el ascensor privado y, en cuanto las puertas se cerraron, me empujó contra la pared metálica. Su beso fue una descarga de adrenalina y deseo reprimido. Sus manos me tomaron del rostro con una urgencia que me hizo gemir, sus labios devorando los míos como si quisiera absorber cada una de las palabras que acababa de pronunciar.
—Me has dejado sin palabras, Elina —susurró contra mi boca, su respiración agitada quemándome—. Nunca pensé que alguien pudiera defenderme de esa manera.
—Te defendí porque eres mío, Alexander. Y porque no voy a dejar que nadie nos quite lo que hemos construido en la oscuridad.
Me tomó en sus brazos, alzándome mientras el ascensor descendía. La sensualidad de ese momento, cargada del triunfo de la batalla y de la promesa de la intimidad, era abrumadora. Me sentía viva, vibrante, capaz de enfrentarme a cualquier cosa si él estaba a mi lado.
Sin embargo, al llegar al garaje subterráneo, Julian nos esperaba con una expresión que hizo que el triunfo se amargara al instante. Tenía el rostro pálido y sostenía una tableta con un video en bucle.
—Señor, no han esperado a la dimisión —dijo Julian, su voz temblando—. Han filtrado las grabaciones de la clínica de Ginebra. No las de la cirugía, sino las de la noche en que arrestaron a Marcus.
Alexander tomó la tableta. Vi cómo su rostro se convertía en una máscara de piedra. En la pantalla, se veía a Alexander golpeando a Marcus, pero el ángulo estaba manipulado para que pareciera una ejecución a sangre fría de un hombre desarmado. Y justo al lado, una imagen mía, saliendo de la habitación con los ojos abiertos, días antes de la fecha oficial de mi recuperación.
—Nos han tendido una trampa —murmuró Alexander, y su mano se cerró con tanta fuerza en el dispositivo que la pantalla se agrietó—. Quieren demostrar que tu recuperación fue un fraude para manipular el mercado y que yo soy un asesino incontrolable.
La luz de los faros del coche blindado iluminó el garaje, creando sombras largas que parecían garras buscándonos. Comprendí que la victoria en la sala del consejo era solo una distracción. El verdadero ataque estaba diseñado para destruirnos no financieramente, sino moralmente ante el mundo.
Alexander me miró, y en sus ojos vi de nuevo ese héroe sombrío dispuesto a todo. Me tomó de la mano y me empujó dentro del coche, cerrando la puerta con una firmeza que me dijo que la protección obsesiva estaba a punto de alcanzar un nivel que nunca habíamos imaginado.
—Julian, sácanos de aquí. No vamos a la mansión —ordenó Alexander, sentándose a mi lado y sacando un teléfono que no había visto antes—. Es hora de jugar con sus reglas.
El coche arrancó a toda velocidad, dejando atrás el edificio de cristal que ahora se sentía como una jaula. Miré a Alexander y vi que estaba marcando un número que solo usaba en emergencias extremas. La guerra por nuestra luz acababa de entrar en su fase más oscura, y por primera vez, sentí que incluso ver el mundo no era suficiente para protegerme de lo que venía.