Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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Coincidencia.
La expansión del imperio de Ethan Dragomir lo llevó hasta los bulevares de Lyon, una ciudad donde el dinero de los textiles y las finanzas provinciales fluía con una discreción mucho más aristocrática que en la ruidosa capital. El transilvano ya no rastreaba el mercado negro de forma burda; ahora operaba en las altas esferas, allí donde las transacciones se sellaban con un apretón de manos en despachos alfombrados.
Caminaba con paso firme hacia el vestíbulo de un exclusivo club de negocios donde estaba por concretar la compra de un lote de piedras preciosas confiscadas, un movimiento financiero que estrangularía aún más las líneas de crédito que Anelly intentaba sostener en el este de Francia. Sin embargo, justo cuando estaba por cruzar las puertas de cristal de la operación, el destino, o la inercia de su magnetismo gélido, interpuso una nueva figura en su trayectoria.
Al abrir la puerta, se encontró de frente con una mujer deslumbrante. Era alta, de una elegancia innata que no requería el exceso de joyas con el que Anelly solía disfrazar su origen. Poseía unos rasgos delicados, casi tallados en porcelana fina, y un cabello largo y sedoso que caía sobre sus hombros con una gracia natural. Al encontrarse con la mirada de obsidiana del joyero, la chica no retrocedió ni mostró el pánico de las mujeres de bulevar; al contrario, curvó sus labios en una sonrisa enigmática, una invitación silenciosa y madura.
Ethan, manteniendo su impecable cortesía aristocrática, dio un paso atrás y le cedió el paso.
—Gracias, monsieur —pronunció ella, con una voz modulada, profunda y teñida de un sutil acento extranjero.
A los pocos minutos, un hombre mayor, de sienes completamente plateadas y andares autoritarios, apareció a su lado para tomarla del brazo. El rostro del caballero era de sobra conocido en las crónicas de sociedad de Europa y América: se trataba de un célebre y veterano director de cine que dominaba los grandes teatros de la época. La mujer que lo acompañaba no era una cazafortunas de manual; era Catherine Underwood, una reconocida y aclamada actriz estadounidense. La pareja se encontraba en Francia disfrutando de unas exclusivas y merecidas vacaciones para conmemorar su aniversario de bodas, alejados de las luces de los sets de filmación.
A pesar de la presencia del director, el intercambio entre Ethan y Catherine fue instantáneo y magnético. Las miradas entre ambos se hicieron evidentes en el espacio del vestíbulo: un diálogo mudo que desafiaba la diferencia de edad que el mundo tanto juzgaba. Ethan, con sus recién cumplidos veinticuatro años y esa madurez gélida que le había otorgado la desgracia, y Catherine, con sus treinta y cuatro años, en la plenitud de su belleza, su fama y su conocimiento del alma humana. Ambos sonrieron de forma traviesa, reconociendo en el otro a un igual en el arte de la representación. Para Ethan, ella era un espécimen fascinante, una mujer que fingía vidas para ganarse el mundo; para Catherine, el transilvano era un enigma oscuro, un respiro de peligro en medio de su perfecta y aburrida vida conyugal.
Los hilos de la alta sociedad son estrechos y Catherine Underwood estaba acostumbrada a dirigir las escenas de su propia realidad. No pasaron ni dos meses para que el destino volviera a cruzarlos, aunque de coincidencia el encuentro tuvo muy poco. Había sido una carambola meticulosamente buscada por la actriz.
El escenario fue una gala benéfica en un palacio privado a las afueras de Ginebra, donde Ethan asistía para exhibir una colección de diamantes tallados. Catherine había movido sus influencias, utilizando su estatus de estrella internacional para conseguir una invitación exclusiva al evento, asegurándose de asistir sin la compañía de su esposo, quien se había quedado en París atendiendo contratos de distribución.
Ethan permanecía de pie junto a una de las vitrinas de cristal, con su bastón de plata apoyado en el suelo, cuando el perfume de orquídeas de Catherine invadió su espacio. Ella vestía un traje de noche de satén esmeralda que hacía un contraste casi pecaminoso con la palidez de su piel.
—El destino es extrañamente persistente, señor Dragomir —dijo Catherine, deteniéndose a su lado y simulando observar los diamantes de la vitrina—. O tal vez es que el buen gusto siempre termina por congregar a las mismas personas en los mismos salones.
Ethan giró el rostro despacio, permitiendo que su sonrisa demoníaca y contenida apareciera en las comisuras de sus labios.
—Las coincidencias no existen en mi negocio, señora Underwood —respondió él, con su habitual tono gélido y pausado—. Cada corte en una piedra, cada encuentro en este nivel, es el resultado de un cálculo preciso. Y debo admitir que su precisión es admirable.
Catherine soltó una risa baja, una melodía entrenada para encantar a las masas pero que esta vez buscaba romper el hielo del transilvano.
—Me han dicho que es usted un hombre implacable, un cirujano de los metales que no tiene espacio para el error... ni para los sentimientos. Eso me resulta fascinante. En mi mundo, todo el mundo llora y ama por contrato. Es refrescante encontrar a alguien que parece estar hecho de la misma sustancia que sus joyas.
Ethan la miró fijamente, diseccionando la ambición y el aburrimiento de la actriz madura. A diferencia de Anelly, que buscaba su dinero, o de la austriaca, que buscaba un estatus legal, Catherine Underwood buscaba algo mucho más peligroso: una emoción real, un secreto que su director de cine jamás podría filmar. El juego de poder ya no se libraba con mujeres de paso; Ethan estaba a punto de internarse en el terreno de una mujer que conocía las reglas de la seducción a escala global, un escenario perfecto para continuar perfeccionando el veneno que tarde o temprano vertería sobre el clan de los Leroux.