Desilusionada por la traición de su esposo, Tamara encontrará refugio en donde menos lo espera, los brazos de su jefe. Un importante joyero, un ceo de renombre, un artista único y excéntrico que viaja por el mundo exponiendo sus magníficas colecciones, sin interesarse realmente en el amor y solo le importan sus piedras preciosas. Sin embargo pronto descubrirá que la joya más invaluable e inalcanzable es la mujer que se hospeda bajo su mismo techo y a la cual pretende conquistar.
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Capítulo N°13
Una semana más tarde…
—Toma la pastilla que te indicó el médico, eso te aliviará el dolor y deja de llorar, no es para tanto—ordenó Saimon arrojando la caja de medicamentos sobre la cama mientras se alejaba del cuarto mirando a su amante con desprecio.
—Te odio, jamás olvidaré todo lo que me has hecho—gritó Celina con lágrimas en los ojos al ver como la puerta se cerraba una vez más dejándola sola consumiéndose en el dolor de haber perdido a su pequeño.
Su mundo ideal, sus sueños, sus planes se habían derrumbado en el instante que Saimon le mostró su verdadero ser, con ella no debía fingir, ella no le aportaba nada económico a la relación, ni siquiera la apreciaba, solo había sido una distracción con consecuencias irreparables y ahora que lo había perdido todo podía ser como verdaderamente era… un monstruo que sólo aparentaba amar a su mujer.
Aferrada a su vientre lloró hasta desgarrarse, ella había cometido un terrible error, pero el precio que estaba pagando por equivocarse era demasiado alto. La vida de un inocente estuvo en sus manos y no pudo hacer absolutamente nada para evitar perder a su bebé.
La culpa la invadía, estar en esa habitación solo era un recordatorio constante de lo incrédula que había sido y en lo bajo que había caído por tener a un hombre que solo era una farsa. Ella se había enamorado de un personaje, anhelaba con todas sus fuerzas tener una pareja tan perfecta como la que tenían sus jefes; sin embargo ahora se daba cuenta que todo era mentira. Él no amaba a nadie en realidad y solo usaba a las mujeres a su antojo para beneficio propio.
Sus pensamientos eran ambiguos, nada tenía importancia, su vida estaba destruida y no podría volver a su casa y mirar a los ojos a sus padres después de lo que había hecho, su conciencia no la dejaría en tranquila. Su vista estaba nublada al igual que su mente. Ya no tenía fuerzas, por una semana luchó contra lo inevitable, para que finalmente Saimon la despojará de todo. Mirando fijamente la caja de medicamentos que yacía sobre la cama, suspiro hondo, su tormento terminaría en cuestión de segundos, solo debía ser lo suficientemente valiente y tener el coraje de tomar el blíster entre sus manos. Al Incorporarse sintió una leve molestia en su bajo vientre, sin embargo eso no la detuvo, con determinación tomó el vaso de agua que estaba sobre la mesita de luz y una a una fue ingiriendo las píldoras.
—Perdón mamá por nunca seguir tus consejos, perdón por defraudarte constantemente pero no puedo seguir en esta vida sabiendo que me convertí en un ser abominable cuando mis padres son los seres más hermosos de este mundo—dijo cerrando sus ojos y pensando en los rostros de Telma y Alfred.
La pesadez en su cuerpo se hizo presente de forma inmediata al ingerir todo el contenido de la caja. Lentamente se recostó en la cama, no sentía más dolor, sus lágrimas cesaron y la oscuridad pronto la invadió y la paz en su alma sería inminente.
Saimon ingresó al cuarto justo a tiempo para ver como el brazo inerte de Celina caía a un costado de la cama y de su mano se desprendía el blíster de pastillas.
—Maldita loca ¿Qué has hecho?—preguntó corriendo a su lado y golpeando su rostro con pequeñas palmadas intentó reanimarla—. Despierta, no puedes morir o todo mi plan se irá por el drenaje—dijo con desesperación y tomando a la mujer entre sus brazos salió de la casa en busca de ayuda.
Saimon recorrió las calles de la ciudad, alejándose del centro y adentrándose en los suburbios a un lugar marginal, habitado por delincuentes y prófugos de la justicia. Celina estaba recostada en el asiento trasero del auto, desde que salieron de la casa no había emitido ni un sonido, pronunciado ni una palabra y ni siquiera se había movido. Saimon comenzaba a pensar lo peor, sin embargo no se detuvo hasta que finalmente llegó a un callejón y estaciono en la clínica clandestina del doctor Conrado. Rápidamente descendió del vehículo y parado frente a la entrada, golpeó insistentemente la puerta.
Luego de unos segundos que parecieron eternos, el doctor abrió la puerta de su clínica y miró con desconcierto a su cliente.
—¿Qué pasa, por qué golpeas así? Estoy en medio de una intervención— dijo limpiándose sus manos e inmediatamente supo que algo andaba mal al ver como la frente de Saimon estaba cubierta de sudor; sus manos y labios temblaban sin control y en su mirada se reflejaba terror.
—Celina… Celina está en el auto y no reacciona—explicó casi susurrando, como si pronunciar cada palabra le pesara y arrastrando al médico de un brazo, lo guió hasta el vehículo.
El doctor inmediatamente abrió la puerta, reviso los signos vitales de la joven para negar con la cabeza varias veces, entonces salió del vehículo enfurecido y agarrando la solapa de Saimon lo empujo contra la pared más cercana y lo interrogó
—¿Qué demonios pasó? Esta mujer está muerta.
—No lo sé, le di el calmante como acordamos, luego salí del cuarto y cuando regrese se había acabado todas las píldoras.
—¡Maldito inútil que no sirve para nada!—dijo golpeando el vientre de Saimon con el puño cerrado y cortando la respiración—. Fui muy específico al indicar ese calmante, te dije mil veces que era muy potente y que debías suministrarle la dosis justa.
—Nunca pensé que se suicidaría—confesó mientras tosía sin parar.
—La obligaste a abortar, es obvio que no estaba contenta con la situación, así que ahora lárgate de aquí, deshazte de ese cuerpo, de tu celular y borra cualquier dato que me involucre en esta situación.
—No sé cómo hacerlo.
—Ese no es mi problema, pero sí la policía se da cuenta que estoy involucrado, te juro que te mataré con mis propias manos, no pienso volver a la cárcel por un imbécil como tú que no sabe hacer bien su trabajo—.Conrado lo miró de manera amenazante—. Tienes veinticuatro horas para resolver este problema y te aconsejo que no pierdas más el tiempo, pidiendo mi ayuda—dijo antes de ingresar a la clínica y dejar solo a su cliente.
Saimon no sabía qué hacer con Celina, no tenía la menor idea de cómo deshacerse de un cadáver, así que condujo por la carretera, a toda velocidad, sin un destino, sin un plan, solo con un pensamiento, una pregunta que lo atormentaba y era el saber en qué momento su vida se complicó tanto y por qué.
Luego de conducir por varios kilómetros, llegó por inercia a un acantilado, un lugar especial donde solía ir con Tamara a ver el atardecer. El lugar estaba desierto, no había testigos ni nadie que lo viera, así que con delicadeza tomó a la joven entre sus brazos la besó por última vez y sin más la dejó caer por el barranco.