Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Lo Que Ya No Se Puede Fingir”
📖 CAPÍTULO 23
“Lo Que Ya No Se Puede Fingir”
El miedo empezó a quedarse.
Ya no llegaba solo en las noches.
Ni únicamente durante el dolor.
Ahora estaba ahí todo el tiempo.
Pequeño.
Silencioso.
Como una sombra pegada al pecho.
Y Nicolás estaba cansándose de fingir que podía con todo.
La mañana llegó pesada.
No había dormido casi nada.
El cuerpo le dolía distinto.
Más agotado.
Más lento.
Abrió los ojos mirando el techo mientras intentaba respirar profundo sin que el pecho molestara demasiado.
Pero molestaba.
Siempre molestaba.
Se pasó la mano por la cara lentamente.
Y por primera vez desde que todo empezó…
pensó algo que lo asustó muchísimo:
"¿Y si ya no me alcanza el cuerpo?"
La idea le dejó un vacío horrible en el estómago.
Porque hasta ahora había peleado.
Con miedo.
Con rabia.
Con tristeza.
Pero peleando.
Y sentir que el cuerpo empezaba a rendirse…
era otra cosa.
Escuchó a su mamá en la cocina.
Quiso levantarse rápido.
Actuar normal.
Pero apenas se sentó en la cama…
el mareo lo golpeó fuerte.
Tuvo que quedarse quieto.
Respirando lento.
—Mierda… —susurró.
Esperó unos segundos.
Luego se levantó despacio.
Cada movimiento empezaba a costarle más.
Y eso lo llenaba de rabia.
Porque él no era así.
O al menos…
no quería verse así.
Entró a la cocina intentando disimular.
Pero su mamá lo conocía demasiado.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Mentira automática.
Ella dejó la taza sobre la mesa.
—Nicolás.
Ese tono.
El tono de “no me mienta”.
Él bajó la mirada.
—Estoy cansado hoy.
Su mamá se acercó despacio.
Y verlo así…
tan distinto al hombre inquieto que siempre fue…
le estaba rompiendo el alma también.
—¿Le duele mucho?
Nicolás tardó en responder.
Porque si decía la verdad…
todo se volvía más real.
—Sí…
Silencio.
Ella le acarició la mejilla suavemente.
Y esa ternura…
casi lo destruye.
Porque estaba empezando a sentirse frágil.
Y Nicolás odiaba sentirse frágil.
Horas después…
Valeria llegó a visitarlo.
Traía café y unas bolsas pequeñas de panadería.
—Le traje desayuno porque seguro no ha comido bien.
Nicolás sonrió apenas.
—Ya parece esposa regañona.
Ella levantó una ceja.
—Y usted parece paciente difícil.
Intentaron reírse.
Pero algo estaba distinto.
Valeria lo notó apenas lo vio.
La cara más cansada.
La mirada más apagada.
Los movimientos más lentos.
Y el miedo volvió a subírsele al pecho.
—¿Cómo amaneció? —preguntó despacio.
Nicolás dudó.
Antes hubiera mentido.
Pero ya no quería seguir haciéndolo.
—Mal.
La palabra salió seca.
Real.
Valeria tragó saliva.
Porque escuchar la verdad también dolía.
—¿Muy mal?
Nicolás se recostó en la silla lentamente.
—Más cansado que antes.
Silencio.
Valeria intentó mantenerse tranquila.
Pero por dentro estaba aterrada.
Porque estaba empezando a notar algo:
la enfermedad ya no eran solo episodios.
Ahora parecía quedarse dentro de él incluso en los momentos tranquilos.
Y eso era muchísimo peor.
Ella se sentó frente a él.
—¿Llamó al médico?
Nicolás negó.
—No quiero vivir metido en hospitales.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Intentando no desesperarse.
—No puede seguir ignorando esto.
—No lo estoy ignorando.
—Entonces cuídese.
La voz le salió quebrada.
—Porque siento que está intentando acostumbrarse al dolor y eso me da miedo.
Golpe directo.
Porque ella tenía razón otra vez.
Nicolás bajó la mirada.
Y ahí…
por fin dijo algo que llevaba días guardándose.
—Estoy cansado de tener miedo, Vale.
Silencio.
La frase le rompió algo a ella.
Porque sonó sincera.
Demasiado sincera.
—A veces siento que todos me miran como si me estuviera yendo poquito a poquito.
La voz se le quebró.
—Y no sé cómo dejar de pensar en eso.
Valeria sintió lágrimas acumulándose otra vez.
Pero esta vez no lloró.
Se levantó.
Fue hasta él.
Y le sostuvo la cara entre las manos.
—Míreme.
Nicolás levantó los ojos lentamente.
—No se está yendo hoy.
Silencio.
—Entonces quédese hoy conmigo.
Simple.
Pero poderosa.
Porque ella no estaba hablando del futuro.
Estaba hablando del presente.
Del único lugar donde todavía podían vivir.
Nicolás cerró los ojos un segundo.
Y entendió algo:
la gente que ama de verdad no siempre sabe cómo salvarte…
pero igual se queda intentando.
Y eso valía muchísimo.
Valeria apoyó la frente contra la de él.
—No me importa si hay días malos.
Pausa.
—Solo no me saque de ellos.
Ahí…
algo dentro de Nicolás terminó de romperse.
Porque toda su vida huyó cuando las cosas se ponían difíciles.
Y ahora alguien le estaba pidiendo exactamente lo contrario.
Quedarse incluso roto.
Las lágrimas le subieron sin permiso.
Y esta vez…
no las escondió.
Valeria lo abrazó fuerte.
Y Nicolás por fin entendió algo que jamás había entendido antes:
la verdadera fortaleza no era aguantar solo.
Era dejarse cuidar cuando ya no podía más.
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