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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 18

​La luz de la mañana se filtraba por las persianas automáticas con una frialdad quirúrgica. Cuando Alan despertó, el lado izquierdo de la cama estaba vacío, aunque el aroma a gardenias y acero permanecía impregnado en las sábanas de seda como una advertencia. No hubo rastro del arma bajo la almohada, ni de la mujer que casi le vuela la mandíbula horas antes.

​Alan se vistió con la parsimonia de un verdugo: traje gris marengo, camisa blanca de algodón egipcio y un reloj de pulsera que pesaba como una sentencia. Bajó las escaleras esperando encontrar el silencio sepulcral que solía gobernar su hogar, pero lo que escuchó fue el caos organizado de una invasión.

​Al llegar al comedor principal, Alan se detuvo en seco.

​El mobiliario no se había movido, pero el aire era distinto. Cuatro de sus guardias de seguridad personales estaban de pie contra la pared, pero no vestían sus uniformes tácticos habituales; llevaban trajes oscuros y discretos que Madelyn solía usar para sus escoltas en el Grupo Moral. La mesa, que normalmente solo lucía un termo de café y el periódico, estaba ahora cubierta por un despliegue de frutas exóticas, panes artesanales y porcelana que Alan no reconocía.

​En el centro del salón, Madelyn estaba sentada con una tableta en la mano, dando órdenes a la jefa de llaves, la señora Hudson, una mujer que llevaba quince años sirviendo a los Valerius con la rigidez de un sargento. Para sorpresa de Alan, Hudson no parecía ofendida; parecía aterrada y extrañamente eficiente.

​—A partir de hoy, las patrullas en el ala este se reducen a dos hombres. Quiero los sensores de calor reubicados en los puntos ciegos que marqué en el plano —decía Madelyn sin levantar la vista—. Y cambie el servicio de catering. No quiero nada que no haya sido sellado en mi presencia.

​—¿Se puede saber qué significa esto? —La voz de Alan cortó el aire como un látigo.

​Madelyn levantó la vista. Lucía un conjunto de dos piezas color crema que la hacía parecer una ejecutiva de alto nivel, pero el brillo de sus ojos era el de una insurgente. Dejó la tableta sobre la mesa y le dedicó una sonrisa que no llegó a sus mejillas.

​—Significa que este lugar es una ratonera, Alan —respondió ella—. Tu seguridad es predecible, y tu personal está tan acostumbrado a tu rutina que un niño de diez años con un cuchillo podría llegar a tu dormitorio. He reorganizado las prioridades.

​Alan caminó hacia la cabecera de la mesa, pero no se sentó. Apoyó las manos sobre el respaldo de la silla, sus nudillos blanqueando bajo la presión.

​—Este es mi territorio, Madelyn. Mi casa se rige por mi logística. No tienes autoridad para mover un solo sensor sin mi consentimiento.

​—Tu logística permitió que un infiltrado envenenara tu copa ayer —replicó ella, levantándose con una lentitud provocativa—. Tu territorio es una estructura de cristal hermosa y frágil. Yo solo estoy reforzando los cimientos. He despedido a tres guardias del turno de noche por falta de atención y he traído a mis propios especialistas para el filtrado de comunicaciones.

​Alan sintió una punzada de rabia posesiva. No era solo el cambio técnico; era la usurpación de su dominio. La mansión era el único lugar donde su voluntad era ley absoluta, y en menos de doce horas, ella había empezado a desmantelar su orden para imponer el suyo.

​—Hudson —dijo Alan, mirando a la jefa de llaves—, retírese. Y lleve a estos hombres al cuartel exterior.

​—La señora Hudson se queda —interrumpió Madelyn, cruzándose de brazos—. Y mis hombres se quedan conmigo. Son mi garantía de que no despertaré con un cuchillo de los Ivanov en la garganta porque tus algoritmos fallaron.

​Alan se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. El perfume de Madelyn lo envolvió de nuevo, recordándole la tensión sexual y el peligro de la noche anterior. Ella no retrocedió; al contrario, se inclinó hacia adelante, desafiándolo a romper el frágil equilibrio que los mantenía unidos.

​—Crees que estás ganando control, pero solo estás creando fisuras —siseó Alan—. Mi personal me responde a mí. Mi seguridad es el resultado de años de perfeccionamiento. No vas a convertir mi hogar en una sucursal del Grupo Moral.

​—Tu hogar ya es una sucursal de la guerra, Alan. Acepta que tu "perfeccionamiento" murió en el momento en que me trajiste aquí —Madelyn estiró la mano y, con un gesto deliberadamente doméstico, le acomodó la solapa del traje. Sus dedos rozaron su pecho, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse—. Quieres una esposa que sea una pieza en tu tablero. Bien. Aquí estoy. Pero las reinas se mueven en todas direcciones, y no voy a dejar que tu obsesión por el orden nos mate a ambos.

​Alan la agarró de la muñeca, deteniendo su mano sobre su corazón. Podía sentir el pulso de Madelyn, rápido y desafiante. La miró a los ojos, buscando la grieta de la sumisión, pero solo encontró la dureza del diamante.

​—¿Esto es lo que quieres? ¿Una guerra doméstica antes del primer café? —preguntó él.

​—Esto es un recordatorio, Alan. Me cargaste al entrar, me pusiste un collar con rastreador y me obligaste a compartir tu cama. Pero los muros de esta casa no te pertenecen solo a ti ahora. Si yo caigo, tú caes conmigo. Así que acostúmbrate al cambio de personal. He ordenado que mi oficina privada se instale en la biblioteca.

​—La biblioteca es mi santuario personal —dijo Alan, apretando el agarre en su muñeca.

​—Era tu santuario —corrigió ella con una frialdad fascinante—. Ahora es el centro de operaciones de la mujer que salvó tu vida anoche. Suéltame, Alan. El desayuno se enfría y tenemos una reunión con el consejo de administración en una hora.

​Alan la soltó, pero su mirada prometía consecuencias. Se sentó a la mesa y observó el despliegue de comida que ella había ordenado. Tomó una pieza de fruta, la cortó con una precisión matemática y la probó. Estaba perfecta. Ese era el problema: Madelyn tenía razón en sus mejoras, y eso lo irritaba más que su insubordinación.

​El desayuno transcurrió en un silencio tenso. Hudson y los guardias observaban la escena como si estuvieran presenciando un duelo de espadas invisible. Alan procesaba la información: ella estaba marcando su territorio, estaba protegiéndose de él y de los enemigos externos al mismo tiempo. Estaba demostrando que no era una invitada, sino una copropietaria de su vida.

​—Mañana —dijo Alan, rompiendo el silencio—, revisaremos los nuevos protocolos juntos. No se mueve ni un alfiler más sin que yo lo firme.

​Madelyn bebió un sorbo de su café negro, observándolo por encima del borde de la taza.

​—Aceptable. Siempre y cuando entiendas que si encuentro otra grieta en tu sistema, la sellaré yo misma, con o sin tu firma.

​Alan se levantó, ajustándose la chaqueta. El choque por el territorio doméstico acababa de comenzar, y aunque él todavía ostentaba el título de propiedad, sabía que el alma de la mansión había cambiado de manos. Madelyn Moral no estaba reorganizando una casa; estaba construyendo un búnker dentro de su reino.

​—Nos vemos en el coche —dijo Alan, dándose la vuelta.

​—Lleva a mis hombres en la escolta —ordenó ella a su espalda.

​Alan no respondió, pero al salir, hizo una señal a Elías para que integrara a los hombres de Madelyn en la formación. No era una rendición; era el reconocimiento de que la "Princesa Letal" acababa de convertir su desayuno de guerra en la primera victoria logística de una alianza que, para bien o para mal, estaba empezando a funcionar bajo el fuego.

​La mansión Valerius ya no era un santuario de cristal. Ahora era un campo de batalla compartido, donde cada pasillo era una frontera y cada comida, un recordatorio de que el amor no era necesario cuando la supervivencia exigía que dos depredadores aprendieran a morder en la misma dirección.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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