"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 10
«Eduardo será socio de Julieta»
―Janna, ¿qué haces? ―pregunta Julieta.
Betty siente que un frío le recorre la espalda; estaba segura de que Julieta llegaría más tarde a la empresa. Rápidamente debía pensar en una excusa.
―Buenos días, señora Vera. Como llegué temprano, pensé en organizarle el escritorio, pero esto está más que organizado. ¿Le traigo su mate? ―Betty rápidamente se salió de la situación y desvió la atención de Julieta al ofrecerle el mate.
―Sí, por favor. Luego necesito que me ayudes a preparar un cronograma. Tengo que llevar a cabo un proyecto de ampliación de mi hotel, y hay varias propuestas. ―Betty va por el mate; estuvo a punto de ser descubierta.
Definitivamente, Julieta es un alma de Dios.
Esa mañana prepararon el cronograma de actividades de una semana en Bariloche. Ahí Betty se enteró de que Julieta está buscando un socio para expandir el hotel y crear a corto plazo una cadena hotelera al sur del país. Esta información era importante para la investigación.
Luego del mediodía, Julieta iba a salir de la empresa para dirigirse a la fundación, pero al sacar la moto del estacionamiento, notó qué tenía un neumático desinflado.
―¡Uff, lo que me faltaba! ―Pensó en voz alta y se dirigió de nuevo a la empresa, para que la recepcionista le hiciera el favor de pedirle un taxi.
―Aleyda, necesito dos favores: que llames a Pablo, dile que vaya al estacionamiento y arregle el neumático de mi moto. Y necesito que me consigas un taxi urgente. ―Julieta le explica a la recepcionista.
―No pida nada, señorita, yo llevo a la dama a donde necesite ir. —Eduardo llega en ese momento y se ofrece a llevar a Julieta a donde lo requiera.
Julieta se voltea a mirar quién es la persona que habló y se sorprende al ver que es su nuevo cliente, Eduard Rossi.
―Señor Rossi, buenas tardes. ¿Teníamos una cita hoy? Lo siento, mi secretaria no me lo informó. ―De verdad que Julieta no entendía qué hacía ese hombre ahí.
―No tenía cita, solo venía a dejarte este comprobante de pago del primer adelanto. Lo iba a dejar con tu secretaria. ―Era verdad, la agencia de investigaciones está haciendo una inversión costosa en este caso. ―Ahora sí, dígame, ¿a dónde necesita que la lleve?
―No se preocupe, señor Rossi, yo voy en taxi. ―Julieta lo evade.
―Para mí no es ninguna molestia. ―En ese momento empieza a llover a cántaros, y la recepcionista le informa a Julieta que no hay taxis disponibles.
Julieta piensa en la cita que tiene en la fundación y que la única opción que tiene es Eduard Rossi, así que acepta el ofrecimiento. Eduardo saca de su bolso un paraguas para Julieta, mientras que él sale corriendo para abrir la puerta de su auto que tenía parqueado al frente del edificio.
Julieta, una vez adentro del auto, le indica a Eduardo a dónde debe ir; llegan a la fundación y el aguacero está más fuerte. Julieta está preocupada, y Eduardo nota eso, así que decidido toma el paraguas y se sale del auto; rápidamente abre la puerta del copiloto, y Julieta se escampa de la lluvia bajo la protección que le ofrecía Eduardo.
Cuando entraron a la sala de espera de un hermosa guardería, ya los niños la estaban esperando.
―¡Tía Juliiiii! ―la saludaron los niños en coro y la abrazaban emocionados. Hasta una chiquita de dos años, que trataba de correr con pasitos torpes llegó hasta donde estaba Julieta.
―¡Titi, titi! ―le decía emocionada.
―Ay, Julieta, estos chicos ya me tenían al borde del colapso preguntando por ti. ¿Qué por qué la tía Juli se demoraba tanto? ―Le decía Florecita, la profesora de la guardería que Julieta tenía en la fundación.
―Me los imagino Florecita. ¿Y cómo se han portado mis niños? ―les pregunta mientras toma en sus brazos a la bebé y llena de besos sus rechonchos cachetes.
―¡¡¡Bien!!! ―Contestan nuevamente en coro.
―Tía Juli, ¿qué cuento nos vas a leer hoy? ―pregunta una niña como de unos seis años.
Entonces Julieta saca de su bolso un libro nuevo.
―Hoy vamos a empezar a leer este clásico, se llama El mago de Oz ―Dicho esto, los niños se dirigieron a la sala de lectura; y apenas Julieta se percata de que Eduardo aún seguía en la puerta. ―Señor Rossi, muchas gracias por traerme, estoy en deuda con usted. ¿Ya comprende cuál era mi premura en llegar? Estos chicos son demasiado impacientes.
Julieta lo dice más por cortesía, pero Eduardo lo ve como una oportunidad.
―Lo hago con mucho gusto. Pero me puede pagar con ser mi compañía esta noche a cenar; no conozco a nadie en la ciudad y necesito una asesoría para una inversión. Creo que usted es la indicada para ayudarme. —Julieta no le vio nada de malo; en realidad, le agradaba ayudar a los demás, lo hacía de manera desinteresada. Así que aceptó, y quedaron de verse al terminar la tarde en ese mismo lugar, despidiéndosen de manera cordial.
Julieta entró al salón y se sentó en la mitad de sus amados niños para leerles el cuento. La mejor terapia que ha podido tener Julieta para sobrellevar su pasado y la pérdida de su bebé no nato es haber creado esta guardería, para que las mamás de su fundación puedan ir a trabajar tranquilas de que sus hijos están en un lugar seguro y bien cuidados.
—«Dorothy vivía en medio de las extensas praderas de Kansas, con su tío Henry, que era granjero, y su tía Em, la esposa de este La casa que los albergaba era pequeña, pues la madera necesaria para su construcción debió ser transportada en carretas desde muy lejos». ―Julieta les leía el inicio del cuento y los pequeños se quedan concentrados por la hermosa voz que tiene la tía Juli.
Esa es su rutina diaria, pero como debe viajar a Bariloche, esta semana le va a dedicar la tarde a sus niños. Unos seres inocentes que no dejaron que Julieta cayera en depresión.
Al terminar su jornada, Eduardo estaba muy puntual esperando a Julieta y la llevó a cenar a un lujoso restaurante, el “Aramburu”, con dos estrellas Michelin y con el que pensaba que iba a deslumbrarla. Pero Julieta entró como si entrara a cualquier churrasquería del centro. Una vez en la mesa reservada, el maître les dio el menú y Julieta pidió lo más sencillo que había. Entonces, Eduardo aprovechó para hablar de lo que supuestamente se iba a hablar.
―Julieta. —Eduardo ya usó un lenguaje más formal y eso disgustó a Julieta; aunque no lo demostró, ella seguía con su porte cordial de los negocios. ―Necesito que me ayude a conseguir una sociedad. Estoy pensando en invertir en otro rubro que no sea el de los automóviles.
En ese momento, Julieta recordó que ella misma estaba necesitando un socio para expandir su cadena hotelera. Esta es una oportunidad que no va a desaprovechar.
―¿Y de cuánto dinero estamos hablando? ―Ese era un dato muy importante.
―Estoy dispuesto a invertir una cifra con muchos ceros. ¿Sabes de algo que se ajuste a mis necesidades? ―Eduardo rogaba que Julieta le ofreciera ser su socia.
―Precisamente estoy necesitando un socio para expandir mi cadena hotelera; si te interesa, mañana te puedo pasar toda la información «¡Bingo!» pensó Eduardo, ya Julieta cayó.