Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 7: las grietas de una jaula de oro
—Por favor, no te vayas así.
—Otro día, Ricardo. Hoy no puedo más.
Habían transcurrido cuatro meses desde que mi vida se entrelazó con la de Ricardo. A veces me preguntaba si "relación" era la palabra adecuada para lo nuestro, pero en mi corazón no tenía otro nombre. Una tarde de abril, mientras descansaba en casa, recibí sus mensajes. Estaba bebiendo con sus amigos y, como suele suceder cuando el alcohol afloja las barreras del alma, su inseguridad salió a flote en una serie de audios que hacían que mi teléfono vibrara sin descanso.
—Valentina... —su voz sonaba pastosa, arrastrando las palabras con una honestidad hiriente—. Creo que tú necesitas un novio de verdad. Alguien que esté para ti con toda la genuinidad que tú representas. Yo... yo debería retirarme de la jugada, dejarte libre.
Apenas terminé de escuchar el primero, llegó el segundo, con un tono mucho más urgente y desesperado.
—¿Por qué me esquivas tanto? No sabes que estoy loquito por ti, mi amor. Quiero que estemos juntos, que te quedes a dormir conmigo... mi carne ya no soporta más esta espera.
Y finalmente, el cierre errático:
—No, no... olvídalo. Olvídate de mí. Tú necesitas a otra persona. Sabes qué... adiós.
Me quedé mirando la pantalla, mitad indignada y mitad divertida.
—Tú solo has armado una discusión mental en tu cabeza —le escribí—. Quizás estás ebrio, no lo sé, pero si realmente quieres irte de mi vida, lo respetaré. Tú decides.
Su respuesta fue inmediata y no llegó por texto: “Baja en cinco minutos, estoy afuera”.
Este hombre me iba a volver loca. Al bajar, lo encontré recostado contra su camioneta, con la mirada brillante y esa sonrisa ladeada que lograba desarmar todas mis defensas.
—Hola, ¿qué pasa contigo? —le pregunté, cruzándome de brazos.
—Hola, mi amor... qué bella estás —murmuró, ignorando mi tono severo.
—¿Estás ebrio, Ricardo?
—No, no lo estoy... solo ven aquí, dame un beso.
Se abalanzó sobre mí con una necesidad casi primitiva, besándome con tanta intensidad que el aire se nos volvió un lujo escaso. Cuando finalmente nos separamos, lo miré a los ojos, buscando respuestas.
—¿No me estabas terminando hace diez minutos por mensaje? ¿Qué es todo esto?
—Es que no logro comprenderte —soltó, y esta vez su voz sonaba vulnerable—. Sé que eres una chica bien, tranquila, de su casa... pero has tenido novio, sabes cómo funciona esto. Me tienes a pan y agua desde hace cuatro meses, Valentina. Te deseo tanto que no te lo imaginas. Cada vez que te veo, mi corazón salta de alegría, pero al irme, el deseo me vuelve loco. Dime la verdad... ¿te gusto lo suficiente?
Sentí un vuelco en el pecho. Sus miedos eran reales, al igual que los míos.
—No es que no me gustes, Ricardo. Es que quería estar segura de que entregarme a ti fuera la decisión correcta. Pero ya no tengo dudas. Estoy completamente segura. Solo te pido una cosa: que nos quedemos a dormir juntos. Toda la noche.
Sus ojos se iluminaron con una chispa de triunfo y urgencia.
—¿Nos vamos de una vez?
—¡No! —reí, deteniéndolo—. En ese estado, jamás. Mañana tendremos una cita de verdad, ¿te parece?
—Contaré cada segundo, mi hermosa —susurró, envolviéndome en sus brazos—. Ahora ven aquí, abrázame fuerte.
—Estás loquito, ¿sabes? —le dije contra su pecho—. Has hecho que mi mundo entero gire en torno a ti.
—Y tú has puesto mi mundo de cabeza, Valentina. Me has vuelto loco de una forma que no creía posible.
Pasamos horas así, refugiados en un abrazo bajo el frío de la noche, hasta que finalmente logré convencerlo de que se marchara. Lo vi alejarse, sabiendo que la noche siguiente no solo sería un encuentro de cuerpos, sino la entrega definitiva de mi secreto mejor guardado.
El viernes transcurrió bajo una calma tensa. Verónica, cada vez más suspicaz, rondaba por el apartamento buscando una explicación a mis ausencias, pero estaba demasiado sumergida en su propio mundo como para presionar. Yo, en cambio, sentía que caminaba sobre la cuerda floja. Los nervios me carcomían a 1000 por hora; no estaba segura de si esto era un error, pero lo que sentía por Ricardo era tan real que decidí que, fuera o no el amor de mi vida, mi mundo giraba en su eje.
Cerca de las siete, me vestí con unos jeans ajustados, un top azul que resaltaba mi mirada y mis inseparables tacones de corcho. Dejé mi melena oscura lacia y suelta, como a él le gustaba. Cuando su mensaje llegó avisando que estaba afuera, mi corazón dio un vuelco.
—Estás completamente hermosa —murmuró Ricardo al verme subir a la camioneta.
—Gracias. Tú también... ¿A dónde vamos?
—Ya lo verás.
Salimos de la ciudad, ascendiendo por las carreteras serpenteantes de la montaña hasta detenernos frente a una cabaña que parecía sacada de un sueño. Al bajar, me quedé sin aliento: un camino de velas custodiaba la entrada principal, bañando la noche con un brillo dorado.
—Esto es precioso, Ricardo —susurré emocionada.
—No tanto como tú mereces —respondió él, rodeando el vehículo.
Antes de que pudiera dar un paso, me tomó en sus brazos, cargándome hacia la entrada.
—¿Qué haces? —reí, aferrándome a su cuello.
—Hoy eres como un pétalo de rosa que solo yo tocaré. Déjame hacer todo a mi manera, preciosa. Esta noche será inolvidable.
Al cruzar el umbral, el aroma a flores frescas nos inundó. Un sendero de pétalos de rosa nos guio hasta la habitación, donde una mesa con frutas, quesos y vino nos esperaba bajo una luz tenue. Ricardo me bajó con delicadeza y sirvió dos copas.
—Brinda conmigo —me pidió. Acepté, dejando que el primer trago me diera la valentía que me faltaba.
Su mirada se volvió pesada, cargada de una devoción casi religiosa.
—Qué bella eres, Valentina. Me hechizaste desde el primer momento.
Sin previo aviso, sus labios atraparon los míos en un beso pausado, profundo, que sabía a deseo contenido.
—Si en algún momento quieres que me detenga, solo dilo —susurró contra mi boca.
—No quiero que te detengas —respondí, atrayéndolo hacia mí, buscando el calor de su lengua.
—Calma, mujer —me pidió con su voz ronca—, hoy tú serás mi musa. Solo relájate.
Me observó por unos segundos, como un león que estudia a su presa más valiosa, antes de volver a besarme con una desesperación controlada. Sus manos recorrieron cada curva de mi cuerpo mientras, con una lentitud tortuosa, empezaba a despojarme de la chaqueta. Luego los tacones, el top... Me puso de espaldas a él y sentí el roce de sus dedos contra mi piel mientras desabrochaba mis jeans y los deslizaba por mis muslos hasta que quedé solo en lencería.
—Ni en mi imaginación eras tan perfecta —jadeó—. Hoy nadie te salva de mí.
Me cargó y me depositó en la cama con una suavidad infinita. Sus besos bajaron por mi abdomen hasta llegar a mi intimidad. El pudor intentó asomarse, pero la lengua de Ricardo, trazando círculos de fuego sobre mi clítoris, quemó cualquier rastro de vergüenza. Gemí, perdiendo el sentido de la realidad, inundada por un placer que me hizo estallar en un espasmo de sensaciones nuevas.
—Eso es... vente para mí —susurró él, subiendo para reclamar mis pechos.
Me quitó el sostén y empezó a succionar y masajear mis senos mientras mis manos se enredaban en su cabello. El calor era sofocante. Sentía su miembro presionando en la entrada, dando indicios del final inminente. Ricardo se posicionó sobre mí, masajeando mi clítoris con una mano mientras me devoraba con un beso.
Entonces, sin previo aviso, entró en mí.
Un grito de dolor contenido escapó de mi garganta y quedé pasmada, con los ojos muy abiertos. Él se detuvo al instante, observándome con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Valentina? ¿Estás bien? ¿Quieres que pare?
Le di una negativa sin voz, simplemente apretando sus hombros. Al darse cuenta de lo estrecha que estaba y de la barrera que acababa de romper, su expresión cambió a una de absoluta gloria.
—Estoy en el cielo... finalmente eres mía, Valentina. Mía.
Empezó a moverse con una lentitud protectora, aumentando el ritmo progresivamente, mientras yo descubría que el dolor se transformaba en la conexión más profunda que jamás hubiera imaginado..