Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.
Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.
En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.
Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?
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Capítulo 11. Dentro del búnker
En medio del lodazal humeante, donde el barro aún hervía por los restos de la batalla, Dikeet se puso de pie y extendió su mano hacia Hera, quien permanecía sentada entre el fango. La mirada de la loba era desconfiada,
pero también intrigada.
—Vamos —dijo Dikeet con firmeza—. Tenemos que arreglar este desastre.
Hera alzó una ceja, su cuerpo aún vibrando por el combate anterior.
—¿No éramos enemigas? Lastimé a tu hermana...
—Estoy molesta… pero ya no contigo —replicó Dikeet, sujetando su mano y ayudándola a levantarse—. Debemos trabajar en equipo. Esto es nuestra culpa… y vamos a arreglarlo.
Hera, imponente, asintió. Una sonrisa feroz se dibujó en su rostro mientras sus ojos brillaban. De su cuerpo emanaba un resplandor morado; Dikeet irradiaba un fulgor verde. Sin más palabras, ambas corrieron como misiles, esquivando árboles y maleza, surcando la selva como si el bosque mismo no pudiera tocarlas.
En lo alto, una nave surcaba los cielos. Lía, en modo humano, observaba por el ventanal, seria. Desde su posición, vio cómo un enjambre de misiles impactaba contra una pared invisible… y esta estallaba como si fuera cristal.
—Bien hecho —murmuró Rubén desde la cabina de piloto, con una sonrisa discreta.
—Muy bien, muchachos… —agregó Rubí, activando la comunicación—. Enviamos los refuerzos. Vamos con todo.
Rubí abordó una de las naves junto con decenas de soldados con trajes blancos. Lía, ahora en su modo mujer-gato, se lanzó a la nave de ataque. Las compuertas se cerraron, y todas las unidades despegaron.
Abajo, Dikeet y Hera ya estaban en la entrada del complejo. Los pocos mercenarios que vigilaban la zona fueron tomados por sorpresa por los misiles, y el terror los paralizó. Hera y Dikeet los derribaron sin dificultad.
Pero lo que no esperaban… era lo que verían más adelante.
Ambas se detuvieron en seco. El paisaje era infernal: todo el ejército mercenario había sido devorado. Las criaturas negras y viscosas, deformes, algunas con múltiples brazos huesudos y rostros retorcidos en sus pieles, estaban allí… acechando.
Hera erizó su pelaje y rugió. Sin dudarlo, se lanzó al combate, sus zarpas dejando un rastro de energía morada en el aire. Dikeet gruñó, activando sus garras.
Las criaturas se arrojaron sobre ellas.
Hera giraba en el aire, desviando ataques con patadas giratorias y cortes limpios. Cada vez que una garra pasaba cerca, dejaba una estela púrpura en el aire. Dikeet saltaba de rama en rama, cortando con precisión quirúrgica, cada movimiento era una danza letal.
Ambas combatían sincronizadas. Esquivaban embestidas, se deslizaban bajo zarpas, se impulsaban con árboles, pilares rotos, raíces. Avanzaban entre la oscuridad, cortando, rompiendo, desbordando poder puro y una voluntad imparable.
Desde el suelo, masas negras emergían como baba viva, intentando atraparlas. Hera aulló y giró con violencia, rompiendo tentáculos que buscaban su pierna. Dikeet usó sus garras como anclas, trepando por un árbol antes de impulsarse y caer como un meteoro sobre las criaturas.
Finalmente, tras una carrera brutal, cruzaron ese infierno y se adentraron en la instalación… destruida por el paso del tiempo.
Allí, entre escombros y maquinaria rota, se encontraba el hombre del traje metálico. Ya había colocado dos llaves en la consola de una bóveda de seguridad; una tercera ya estaba insertada. El mecanismo comenzó a abrirse.
Pero antes de que pudieran reaccionar, el suelo se vino abajo.
Todo colapsó.
Un grito, un estruendo. Dikeet y Hera saltaron, usando sus garras para aferrarse a las paredes y frenar la caída. A su alrededor, el mundo era oscuridad y piedra.
Cuando el polvo se asentó, el silencio lo cubrió todo.
Uno a uno, comenzaron a levantarse entre los escombros. Heridas, rasgadas, cubiertas de polvo, pero vivas.
El hombre del traje metálico alzó la vista. La bóveda estaba abierta. Activando sus botas de cohete, se impulsó hacia la reliquia brillante que flotaba entre cristales rotos.
Pero Dikeet emergió de los escombros y le dio una patada brutal en el torso, desviándolo en el aire.
Hera se levantó para terminar el trabajo, pero una fuerza invisible la detuvo. La tomó por el cuello y la arrojó contra la pared con violencia.
—¿Kambrio?! —gritó Dikeet—. ¡¿Qué demonios haces?!
Kambrio apareció, invisible al principio, con una sonrisa helada.
—Estaba demasiado cerca del jefe —murmuró.
Ayura, herida pero firme, se levantó activando su armadura metálica. El silencio era espeso, sofocante.
—Eres una traidora, Hera… Maldita perra sarnosa —escupió, lanzándose al ataque.
—No es la primera vez que destruyo una máquina estúpida —rugió Hera, embistiendo con todo su poder.
Dikeet, a cuatro patas, se lanzó también. Kambrio, Ayura, Hera y Dikeet estaban a punto de chocar en una colisión de poderes…
Pero una explosión sacudió el lugar.
El piso tembló. Un humo denso llenó el área.
Desde la bóveda… emergió una criatura gigantesca.
Era una masa morada, viva, palpitante. De su cuerpo colgaban escombros fundidos, pilares de metal derretido. Tentáculos se arrastraban por las paredes, y en su núcleo brillaba la reliquia absorbida.
—¡Eso es mío! —gritó el líder, su voz temblando entre la furia y el miedo.
Todos quedaron paralizados. La criatura se alzó, descomunal, devorando el techo con sus extremidades, extendiéndose como un parásito hambriento.
El director de BioKal Industries con su armadura activa, esquivó por centímetros un tentáculo morado que caía como un látigo sobre el suelo, destrozándolo todo.
La criatura era una aberración.
Todo lo que tocaba, lo asimilaba: materia, carne, tecnología… sin distinción. Tres de sus propios mercenarios fueron absorbidos ante sus ojos. El monstruo cambió. Su cuerpo se comprimió, transformándose. Ahora tenía una forma humanoide gigante, con brazos masivos, tentáculos como piernas, varios ojos repartidos por todo su cuerpo y una boca vertical llena de dientes como cuchillas.
Hera no perdió ni un segundo.
Aullando con furia, arrojó una lluvia de escombros contra la criatura y se lanzó a cuatro patas. Su pelaje brillaba, sus garras relampagueaban de energía violeta. Saltó, cortó una de sus patas tentaculares, y la criatura cayó con un sonido viscoso, como una montaña de gelatina púrpura.
Pero reaccionó al instante. Un tentáculo la golpeó como un látigo, estampándola contra la pared con una fuerza brutal. Todos los presentes —Dikeet, Kambrio, Ayura, incluso el director— fueron golpeados por el ataque. Las paredes crujieron, se partieron como papel mojado, y los cuerpos volaron en todas direcciones.
Desde el cielo, las naves detectaron algo peor.
En las selvas y ruinas abiertas, criaturas aún más oscuras emergían: monstruosidades hechas de hueso, sombras y sangre congelada. Algunas caminaban, otras se arrastraban… pero todas avanzaban.
Rubén, director de la C.D.A. , se quedó perplejo al verlas desde la pantalla de la nave de comando.
—¡Dios…! —susurró, y luego gritó—. ¡Fue un error romper esa barrera! ¡ATAQUE MASIVO! ¡NAPALM, AHORA!
Docenas de misiles incendiarios fueron lanzados desde las naves principales y los cazas secundarios. El cielo rugió. El terreno se volvió un mar de fuego.
Las criaturas ardían, se retorcían, pero algunas… se levantaron de entre las brasas.
Extendieron tentáculos al cielo, intentando alcanzar las naves. Al fallar… les brotaron alas negras como de murciélago podrido, y comenzaron a volar con una velocidad monstruosa.
—¡¿Están evolucionando?! —gritó un piloto.
Una criatura se abalanzó contra una nave. Lía, desde su ventanal, observó horrorizada cómo la criatura se fusionaba con la nave, mutándola, tornándola un híbrido de metal y carne.
—¡Sáquese! —gritó Rubí, empujando al piloto y tomando el control. Maniobró la nave en el último segundo, esquivando la embestida.
Los misiles de napalm seguían cayendo. Algunos derribaban a los horrores voladores, pero el cielo mismo parecía llorar fuego.
Y abajo… lo impensable ocurría.
El búnker fue destruido. Todo colapsó con una explosión interna.
Desde los restos emergió la criatura morada, ahora gigante.
Por las cámaras de la nave, Lía vio algo que la heló: su hermana Dikeet, atrapada entre los tentáculos de la bestia, luchando por liberarse.
Sin pensar. Sin dudar.
Lía corrió, tomó un paracaídas, abrió la compuerta y saltó.
El aire le cortaba el rostro. El humo ascendía. La criatura rugía.
En tierra, el monstruo alzaba a todos en sus tentáculos, aplastándolos lentamente. Ayura, envuelta en fuego con su lanzallamas, logró quemar el tentáculo que la sostenía. El director usó explosiones controladas en su armadura para liberarse. Kambrio fue cortada libre por el mismo director.
Pero Hera y Dikeet estaban perdidas. La sustancia morada las envolvía, comenzaba a asimilarlas.
Entonces…
Hera rugió, su cuerpo ardiendo en un resplandor morado brillante. Y desde su boca, un rayo violeta estalló con furia, impactando directamente en el tentáculo que sujetaba a Dikeet. ¡Lo partió!
Dikeet cayó al suelo, jadeando.
Hera gritó. Estaba siendo arrastrada. Sus patas se hundían.
Pero justo en ese instante…
Un corte luminoso descendió desde el cielo.
Un destello.
El tentáculo fue partido limpiamente.
Lía aterrizó, desplegando su paracaídas a escasos metros del suelo, cayendo con una voltereta perfecta. El impacto la sacudió, pero cayó de pie.
Se limpió el polvo. Levantó la cabeza.
—¡HERMANA! —gritó Dikeet, corriendo hacia ella con lágrimas de alegría.
Se abrazaron con fuerza.
—¿Estás bien? ¡Pensé que te había perdido!
—Estoy más sana que un toro —respondió Lía, entre risas y lágrimas—. Vamos a patear traseros.
Ambas hermanas se miraron, su vínculo fortalecido por la muerte que casi las separa. Y a su espalda, el cielo aún ardía. La criatura morada rugía.