Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capitulo XIV
Llegados al templo, el aire cambió de inmediato. El bullicio del palacio quedó atrás y fue reemplazado por un silencio divino. El mármol claro reflejaba la luz que descendía desde las cúpulas altas, y el olor a incienso envolvía el ambiente con una calma engañosa.
Loid, el sumo sacerdote, los recibió al pie de la escalinata principal. Su sonrisa amplia contrastaba con la tensión que aún había entre Evans y Rubí.
—Supongo que vienen por trabajo —dijo con tono ligero—. He oído que tienen como invitado a un embajador de Blossom. ¿Cómo les va con todo eso?
Evans no dudó ni un segundo.
—Es un tarado que quiere acercarse a Rubí —soltó, sin filtro, con un desprecio tan claro que ni siquiera intentó disimular—. Además… es él. La Muerte Roja de Norum.
La expresión de Loid cambió. La sonrisa se desvaneció y fue reemplazada por una seriedad poco habitual en él.
—Él… —murmuró—. Supongo que, dentro de todo, es el candidato perfecto para representar a Blossom. Destacó más que nadie. —Suspiró—. No es algo que pudiéramos evitar.
Rubí frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es ese nombre? —preguntó—. “La Muerte Roja”.
Evans se giró hacia ella. No parecía cómodo, pero tampoco iba a mentirle.
—Arnold fue quien lideró las tropas de Blossom en la guerra —explicó—. Él mató a mi padre… y fue uno de los principales responsables de la caída de Norum en esa línea de tiempo.
Rubí se quedó inmóvil. No por sorpresa, sino porque ahora todo encajaba mejor. La rigidez de Evans, su rechazo instintivo, la tensión que no desaparecía ni un segundo.
—Está bien. Ahora entiendo tu odio.
Evans negó despacio.
—No es odio —respondió—. Lo aborrezco con todo mi ser, maldita Petra.
Rubí alzó una ceja.
—Estamos en un lugar seguro —le dijo—. Aquí puedes desahogarte sin usar apodos ridículos.
Loid los miró con una mezcla de desconcierto y curiosidad.
—¿Petra? —preguntó—. ¿Le pusieron a Arnold como Petra?
Evans asintió sin culpa.
—Yo tengo uno personal —añadió Loid de pronto, con total naturalidad—. “Chiquitín”.
Rubí parpadeó.
—¿Perdón?
—¿El porqué? —continuó Loid, como si nada—. La tiene pequeña.
El silencio fue absoluto.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Rubí, aún incrédula, sin saber si reír o marcharse.
—Mi don espiritual —respondió Loid, satisfecho—. Puedo ver la energía sexual de las personas. Mientras más fuerte es el aura, mayor es… el potencial. Si es débil, bueno, es solo decoración. Cada energía tiene un color. La suya es dorada, pero apagada. Muy apagada.
Rubí abrió la boca para decir algo, pero la cerró. Decidió no preguntar nada más. Especialmente nada relacionado con Evans. Pero decidió soltar lo que pensaba.
—Ya veo.—añadió Rubí, señalando al emperador—. Entonces, su majestad debe brillar más que el sol. La tiene grande.
Evans se ocultó con sus manos por la vergüenza expuesta por culpa de Rubí. Loid no ayuda en nada.
—Exacto, su majestad. El emperador brilla más que el sol.
—Ponte a trabajar —gruñó, claramente molesto.
Rubí desvió la mirada, intentando mantener la compostura. Aquella información no era necesaria. En absoluto. Ya ella sabía todo eso.
Loid los condujo entonces a una sala más amplia. En el centro, una gran mesa redonda de mármol beige ocupaba casi todo el espacio. La superficie parecía lisa, pero estaba cargada de magia.
—Aquí está —anunció—. El mapa continental.
Colocó ambas manos sobre la mesa y murmuró un conjuro. La superficie comenzó a moverse, a elevarse. Montañas, ríos, ciudades y bosques surgieron como si crecieran desde la piedra. Dos continentes completos quedaron frente a ellos, detallados hasta el último valle.
—Después del valle Ouco está Ghostey, en Blossom —señaló Loid—. El ducado del chiquitín. Ahora mismo está colapsando por la inundación.
Rubí observó cómo el agua devoraba pueblos enteros.
—Con razón estaba tan desesperado por mi ayuda —murmuró.
—Y no es el único problema —añadió Loid—. En Gorce hay terremotos. En Vestier, sequía. Los campos están muriendo. La naturaleza de Blossom está completamente descompensada.
Loid tomó una copa de vino de una pequeña mesa lateral y bebió con calma antes de hablar.
—Es un castigo. Por lo que hicieron en otra línea de tiempo. El tiempo puede cambiarse, pero no la ira de los dioses. Evans pagó su precio. Blossom también lo está pagando ahora.
Rubí apretó los labios. No estaba de acuerdo con eso.
—Si hay alguien que merece castigo es el rey de Blossom —afirmó—. No su pueblo.
Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, firme.
—Ya ha sido suficiente —continuó—. No pienso permitir que personas inocentes mueran por decisiones que no tomaron.
Loid la observó con atención.
—Así funciona el equilibrio —dijo—. Pero si alguien puede intervenir sin romperlo… es usted. ¿Desea que los dejemos solos?
Rubí negó.
—No será necesario. Esto será rápido.
No lo haría por Arnold. No lo haría por tratados ni convenios. Lo haría por la gente que estaba muriendo sin entender por qué el cielo se había vuelto su enemigo.