Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
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La víspera de Navidad
La Nochebuena descendió sobre la colina de Bel-Air con una serenidad casi irreal. Lejos del ruido de las avenidas principales, la mansión Ferrer resplandecía bajo una luna plateada. Dentro, la atmósfera era radicalmente distinta a la de cualquier otro año. No había una fiesta de gala con cientos de invitados, ni el desfile de socios comerciales que podrían llenar el vacío con conversaciones huecas. Solo estaban ellos tres, envueltos por el aroma a madera de pino y la calidez del hogar que Lucía había ayudado a reconstruir.
Rosa había superado todas las expectativas con una cena íntima servida en el comedor pequeño. Alejandro, por primera vez, había dejado de lado su traje formal por un jersey de cachemira oscuro y unos pantalones cómodos. Emma, radiante en su vestido de terciopelo, no paraba de hablar sobre la "magia" que sentía en el aire. Lucía, por su parte, vestía un vestido sencillo de color vino que Alejandro no pudo evitar notar en cuanto ella entró en la estancia.
La cena transcurrió entre risas infantiles y anécdotas. Alejandro se encontró a sí mismo relajando los hombros, olvidando por completo las cotizaciones de la bolsa o los problemas de logística en Chicago. Por un momento, no era el CEO implacable; era simplemente un hombre compartiendo una mesa.
Tras la cena, se trasladaron a la sala principal. Emma estaba ansiosa por abrir solo un regalo antes de dormir, una tradición que Lucía le había sugerido para calmar su entusiasmo.
—¡Este es para Lucía! —exclamó la niña, sacando un paquete pequeño y elegante de debajo de las ramas—. ¡Papá me ayudó a elegirlo!
Lucía miró a Alejandro, sorprendida.
—Señor Ferrer, no era necesario...
—Ábrelo, Lucía. Consideralo un reconocimiento a tu extraordinaria labor —dijo él, aunque su voz tenía un matiz menos formal que el de un jefe.
Al abrirlo, Lucía encontró una delicada pulsera de oro con un pequeño dije en forma de estrella de papel, exactamente igual a la que Emma había hecho para el árbol. Era un detalle cargado de significado, una pieza que gritaba que él había estado prestando atención a cada pequeño esfuerzo de ella.
—Es hermosa... gracias, de verdad —susurró Lucía, conmovida.
Poco después, el cansancio venció a la pequeña princesa. Alejandro la cargó en brazos hasta su habitación, dejando a Lucía sola frente al árbol, rodeada por el suave parpadeo de las luces.
Veinte minutos después, Alejandro regresó a la sala. Encontró a Lucía subida a una pequeña escalera de mano, intentando reajustar la estrella de la cima que se había inclinado ligeramente por el peso.
—Emma se quedó dormida mencionando tu nombre —dijo él, su voz resonando en el silencio de la noche.
Lucía se sobresaltó un poco al oírlo.
—Es una niña maravillosa. Conocerla ha sido el mejor regalo de Navidad que he podido tener.
Al intentar estirarse un poco más para alcanzar la rama superior, el pie de Lucía resbaló en el peldaño de metal. Soltó un pequeño jadeo y perdió el equilibrio, sintiendo que el suelo desaparecía bajo ella.
Pero el impacto nunca llegó.
Antes de que pudiera caer, los brazos de Alejandro la rodearon con una firmeza absoluta. Él la sostuvo por la cintura, pegándola a su pecho en un movimiento instintivo y protector. Lucía apoyó sus manos en los hombros de él para estabilizarse, y durante unos segundos que parecieron eternos, el tiempo se detuvo por completo.
La respiración de ambos estaba agitada. Lucía podía sentir el latido fuerte y rítmico del corazón de Alejandro contra su palma, y él podía oler el aroma dulce a vainilla y flores que emanaba de su cabello. Sus rostros quedaron a escasos centímetros. Bajo la luz dorada y tenue de las luces navideñas, la barrera profesional que tanto se habían esforzado en construir se desmoronó.
Alejandro no la soltó de inmediato. Sus manos, aún firmes en su cintura, se cerraron un poco más sobre la tela del vestido. La miró a los ojos con una intensidad que hizo que a Lucía le temblaran las piernas. Ya no era el respeto mutuo de un jefe y una empleada; era el reconocimiento eléctrico de dos personas que habían encontrado consuelo el uno en el otro.
—¿Estás bien? —susurró él, su voz volviéndose peligrosamente ronca.
—Sí... gracias —respondió ella, casi sin aliento.
Sus manos bajaron lentamente desde sus hombros hasta encontrarse con las de él. En ese momento, sus dedos se entrelazaron de forma natural. Fue un roce de piel contra piel, un contacto cargado de una tensión que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Alejandro acarició el dorso de la mano de Lucía con el pulgar, un gesto de una ternura devastadora.
El silencio en la mansión era absoluto, roto solo por el crepitar de la chimenea. Estaban tan cerca que Alejandro solo tenía que inclinarse un poco más para sellar ese momento con un beso. Lucía cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la calidez de su presencia.
Sin embargo, el sonido lejano del reloj de pared marcando la medianoche los devolvió a la realidad. Alejandro fue el primero en reaccionar, soltándola con una lentitud que denotaba lo mucho que le costaba hacerlo.
—Lo siento —dijo él, recuperando su postura y aclarándose la garganta, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. No quería asustarte.
—No me asusté por usted —respondió Lucía, tratando de recuperar su propia compostura mientras sus manos aún hormigueaban por el contacto—. Fue... el susto de la caída.
—Sí, la caída —repitió él, aunque ambos sabían que se referían a algo mucho más profundo que un tropiezo físico.
Alejandro dio un paso atrás, tratando de reconstruir el muro de cristal que los protegía.
—Luis te espera afuera. Prometí que podrías pasar el resto de la noche con tu madre en la clínica. No quiero que llegues más tarde por mi culpa.
Lucía asintió, recogiendo su bolso con dedos que todavía temblaban un poco.
—Feliz Navidad, Alejandro.
—Feliz Navidad, Lucía.
Ella caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró para mirarlo una última vez. Él seguía allí, de pie junto al árbol, bañado por la luz dorada, viéndola marchar con una expresión que era una mezcla de deseo y resignación.
Lucía salió al aire frío de la noche, sintiendo que el mundo había cambiado irrevocablemente. Alejandro, por su parte, se quedó solo en la inmensa sala. Miró sus propias manos, las mismas que habían sostenido imperios financieros, y se dio cuenta de que nunca habían sentido tanto peso como en el momento en que sostuvieron a Lucía.
Esa noche, bajo el muérdago invisible de la sinceridad, el jefe y la cuidadora habían cruzado un umbral del que no habría retorno. El mármol de la mansión Ferrer ya no estaba frío, pero el fuego que acababa de encenderse prometía ser mucho más difícil de controlar que cualquier invierno.
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