Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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La primera pérdida
Esteban comenzó a asistir con regularidad a la habitación del hospital para comenzar el "tratamiento" de Carlos.
Cada día, durante una hora, Esteban se sentaba junto a la cama. No hablaba. No tocaba. Solo dejaba que sus feromonas inundaran el espacio, bañando a Carlos en esa esencia que su cuerpo necesitaba para no morir.
Carlos mostraba signos de mejoría. La fiebre bajó. Las convulsiones cesaron. El monitor cardiaco ya no pitaba con urgencia.
Pero su rechazo consciente para que Esteban no se acercara a él continuaba.
—No quiero estar sola con él —le dijo Carlos a la doctora, con la voz firme a pesar del miedo—. Que se quede una enfermera conmigo durante esta hora obligatoria.
La doctora asintió. Era lo mínimo que podían hacer.
Y así, durante semanas, una enfermera diferente cada día se sentaba en el rincón de la habitación, mirando cómo Esteban exhalaba sus feromonas mientras Carlos permanecía lo más lejos posible, con la mirada fija en la pared, los puños apretados bajo las sábanas.
Nadie hablaba. Nadie sonreía.
Era una tortura silenciosa.
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Nuevamente, otra noticia devastó a Carlos.
Comenzó a sentirse con demasiado vértigo y náuseas en las mañanas. El solo olor del desayuno del hospital le revolvía el estómago. Ciertos olores que antes le eran indiferentes ahora lo hacían huir al baño.
Al inicio pensaron que era por la afectación de las feromonas forzadas. Su cuerpo seguía en guerra, aunque las convulsiones hubieran cesado.
Pero los síntomas persistían.
—Vamos a hacerle unos chequeos adicionales —dijo la doctora, con una expresión que Carlos no supo interpretar.
Le sacaron sangre. Le hicieron un ultrasonido. Le pidieron una muestra de orina.
Carlos esperó los resultados en silencio, acariciando la marca en su nuca, sintiendo cómo las feromonas de Esteban seguían recorriendo su cuerpo como un veneno lento.
La doctora entró a la habitación con una carpeta en la mano. Su rostro era serio. Cansado. Como si supiera que iba a dar una noticia que cambiaría la vida de Carlos para siempre.
—Carlos —dijo, sentándose a su lado—. Los exámenes dieron positivo.
—¿Positivo en qué?
—Estás embarazado.
El mundo se detuvo.
Carlos escuchó las palabras. Las repitió en su cabeza. Las procesó. Las entendió.
Y luego, todo se rompió.
—No —susurró—. No puede ser.
—Las pruebas son concluyentes. Tienes aproximadamente ocho semanas.
—No —repitió, más fuerte—. No quiero. No quiero tener un hijo de él.
La doctora bajó la vista. No dijo nada. No había nada que decir.
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Esteban se enteró al día siguiente.
La doctora le informó por teléfono, como parte del protocolo. Carlos no había querido verlo. No había querido que estuviera presente.
Pero Esteban apareció igual.
Entró a la habitación con una sonrisa que Carlos no había visto desde antes de la agresión. Una sonrisa amplia. Triunfante. Feliz.
—¿Es verdad? —preguntó, acercándose a la cama—. ¿Vas a tener un hijo?
—No voy a tener nada —respondió Carlos, con la voz fría—. Voy a abortar.
La sonrisa de Esteban se congeló.
—No puedes.
—Es mi cuerpo. Es mi decisión.
—Es mi hijo también.
Carlos lo miró. Por primera vez desde que estaba en el hospital, no sintió miedo. Sintió asco.
—No es un hijo —dijo—. Es una consecuencia. De lo que me hiciste. Y no voy a permitir que uses esto para tenerme atado.
Esteban dio un paso atrás. Su rostro cambió. La sonrisa desapareció. En su lugar, apareció algo oscuro. Algo que Carlos ya conocía.
—Si abortas —dijo Esteban, con una voz baja, peligrosa—, te juro que voy a hacer tu vida imposible. Voy a contarle a todo el mundo lo que hiciste. Cómo me provocaste. Cómo quisiste tenerme atado con un hijo.
—Nadie te va a creer.
—¿No? Tengo amigos. Tengo contactos. Tengo una reputación. ¿Tú qué tienes? Una abuela vieja y una cuenta bancaria que no puedes tocar hasta que seas mayor de edad.
Carlos sintió cómo el pánico comenzaba a subirle por el pecho.
—No voy a dejar que me hagas esto.
—Ya te lo hice —respondió Esteban, acercándose de nuevo—. Y ahora vas a tener mi hijo. Y después otro. Y otro. Hasta que entiendas que eres mío. Para siempre.
Salió de la habitación.
Carlos se quedó solo.
Con las manos en el vientre.
Con lágrimas rodando por sus mejillas.
Más su determinación estaba ahí.
Siempre fue un joven protegido, sí. Sus padres lo habían envuelto en algodón. Su abuela lo había llenado de besos. Nunca le faltó nada. Nunca tuvo que pelear por nada.
Pero poco a poco, con todo lo que su vida se había hecho pedazos, Carlos trataba de poner una muralla. Con cemento. Con ladrillos. Con todo lo que encontraba.
Para no dejarse vencer por Esteban.
Había sido tímido durante mucho tiempo, sí. Más no significaba que no fuera fuerte. La timidez no es debilidad. El silencio no es sumisión.
Carlos había resistido la pérdida de sus dos padres. Había resistido la muerte de su abuelo, que murió de un infarto cuando Carlos tenía catorce, como si no pudiera soportar un mundo sin su hijo. Había resistido la indiferencia de los compañeros. La soledad de las comidas en casa vacías.
Y ahora resistiría esto también.
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Carlos había dejado el tema del embarazo ahí por un par de meses.
No habló más de abortar. No volvió a mencionarlo. Siguió dejando que Esteban creyera que había agachado la cabeza. Que había aceptado su destino. Que se iba a quedar callado, como siempre.
Le dieron de alta del hospital y volvió a vivir con su abuela.
Regina lo recibió en la puerta de la casa con un abrazo que duró minutos enteros. No dijo "te lo dije". No dijo "debí hacer otra cosa". Solo lo abrazó. Y Carlos se dejó abrazar.
Esteban iba hasta la casa para continuar con lo de las feromonas. Una hora al día. Ni un minuto más.
Intentaba que fuera más tiempo, pero Carlos no lo dejaba.
—La hora se acabó —decía Carlos, mirando el reloj—. Puedes irte.
—Podríamos extenderla un poco...
—No.
Y Regina había contratado personal para que estuviera allí durante esa hora. Una enfermera particular. Una mujer mayor, de cara seria, que se sentaba en el rincón de la sala y no apartaba la vista de Esteban.
Eso molestaba mucho a Esteban.
Pero no podía hacer nada. Era condición del tratamiento. Sin la enfermera, no había sesión. Y sin la sesión, Carlos podía morir.
Esteban apretaba la mandíbula, sonreía forzado y se iba.
Pero mientras tanto, él también había hecho sus planes.
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Esteban estaba preparando el lugar donde "tener una familia" con Carlos.
Con unos ahorros que tenía de trabajos y premios que había conseguido durante sus años de preparatoria, más una ayuda que le dieron sus padres, consiguió el enganche para una casa.
Diminuta. Dos habitaciones. Una cocina minúscula. Un baño con una ducha que apenas cabía una persona. Pero era así como él la necesitaba.
—No quiero nada grande —le dijo a la inmobiliaria—. Algo pequeño. Algo que pueda pagar solo.
Consiguió un empleo de medio tiempo en una tienda de mascotas. No era glamoroso. No era lo que sus padres esperaban de él. Pero no le importaba.
Él lograría amarrar a Carlos como diera lugar.
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Carlos, mientras tanto, esperaba.
No hablaba. No protestaba. Solo esperaba.
Su abuela notó que algo cambiaba en él. Ya no era el chico que se escondía detrás de los libros. Ya no era el que bajaba la mirada cuando alguien le hablaba. Había una quietud nueva en su cuerpo. Una calma que no era paz. Era paciencia.
La paciencia de quien está esperando el momento exacto.
Carlos al fin encontró el momento para llevar a cabo su plan.
Su abuela había tenido que salir para hablar con el albacea de Carlos. Algo sobre los bienes. Algo sobre la mayoría de edad. Algo que requería su firma.
Y la persona encargada de estar presente para las sesiones de baño de feromonas estaba tardando. El tráfico. Un accidente. Una excusa cualquiera.
Esteban estaba allí. En la sala. Exhalando sus feromonas. Mirando a Carlos con esa sonrisa que quería ser tierna y era solo posesión.
—¿Ves? —dijo Esteban—. A veces es bueno que estemos solos. Podemos hablar. Podemos conocernos mejor.
Carlos no respondió.
Esperó.
Esteban se levantó para ir al baño. Un minuto. Tal vez dos.
Carlos no lo pensó.
Se levantó de la silla. Salió de la habitación. Llegó al descanso de las escaleras. Eran largas. De madera. De esas que duelen cuando te caes.
No miró hacia atrás.
Se lanzó.
No para quitarse la vida. Él no quería morir. Sabía que el tramo era corto. Sabía que se llevaría unos buenos golpes. Tal vez un hueso roto. Tal vez una conmoción.
Pero lo hizo para perder al bebé.
El producto de la violación de ese desgraciado.
El cuerpo rodó por las escaleras. Escalón tras escalón tras escalón. La madera golpeaba sus costillas. Su espalda. Su cabeza. El ruido fue seco, sordo, como ramas rompiéndose en una tormenta.
Al final del tramo, quedó inmóvil.
El dolor llegó después. Un dolor inmenso en el vientre. En las piernas. En todo.
Pero también sintió algo más.
Un alivio.
Escuchó pasos apresurados. Esteban bajaba las escaleras gritando su nombre. Su cara era un poema de horror. De furia. De algo que podría ser preocupación o podría ser el miedo a perder su trofeo.
—¡Carlos! ¡¿Qué hiciste?!
Carlos no respondió. Cerró los ojos. Sonrió.
Lo logró.
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En el hospital, los médicos hicieron todo lo posible. Detuvieron la hemorragia. Suturaron las heridas. Le entablillaron la pierna rota.
Pero el bebé no sobrevivió.
—Lo siento —dijo la doctora, con esa voz que usan cuando no saben qué más decir—. El impacto fue muy fuerte. No pudimos hacer nada.
Carlos asintió. No lloró. No frente a ella.
Cuando se quedó solo, llevó las manos al vientre vacío.
—Lo siento —susurró—. No era contra ti. Era contra él.
Y por primera vez en meses, lloró.
No por el bebé que perdió.
Sino por el que tuvo que tomar esa decisión.
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Esteban entró a la habitación horas después. Su rostro estaba demudado. No era tristeza. No era dolor.
Era furia contenida.
—¿Cómo pudiste? —siseó, acercándose a la cama—. Era mi hijo. Era nuestro hijo.
—No era tuyo —respondió Carlos, con la voz rota pero firme—. Nunca lo fue.
—Vas a pagar por esto.
—Ya pagué. Toda mi vida. Y no te debo nada más.
Esteban lo miró. Sus ojos azules, antes brillantes, ahora eran dos pozos de hielo.
—Esto no termina aquí —dijo—. Vas a volver conmigo. Vas a tener mis hijos. Uno tras otro. Hasta que entiendas que eres mío.
—No —respondió Carlos—. Nunca más.
Esteban salió de la habitación.
Carlos se quedó solo.
Con las manos en el vientre vacío.
Con la certeza de que había ganado una batalla.
Pero la guerra seguía.
Con la certeza de que, por más que peleara, Esteban siempre encontraba la forma de ganar.