En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 23
No lo miré.
Ni a él, ni a ella.
Solo extendí la mano cuando Marcelo sacó los papeles.
—Acá tenés —dijo, con ese tono que ya conocía demasiado bien.
Tres copias.
Siempre tan ordenado cuando le convenía.
Tomé una.
La otra se la pasé a Alejandro sin siquiera preguntarle.
Él la recibió sin decir nada.
Eso me bastaba.
Bajé la mirada.
Empecé a leer.
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Camila no tardó.
Nunca tarda.
—Qué rápido te recuperaste —soltó, con una sonrisa torcida—. Ni divorciada estás y ya venís acompañada.
No levanté la cabeza.
Seguí leyendo.
—¿No te da vergüenza?
Silencio.
—O bueno… —se encogió de hombros—, supongo que no, después de todo, cuando te dejan…
—Cuidado con lo que decís.
La voz de Alejandro cortó el aire.
Fría.
Precisa.
Camila se quedó quieta.
—¿Perdón?
Alejandro levantó la vista.
Y la miró.
No fue una mirada larga.
Pero fue suficiente.
—Soy su abogado.
Silencio.
—Y te recomiendo que midas cada palabra —añadió—, porque cualquier cosa que digas puede jugar en tu contra.
Camila abrió la boca.
No salió nada.
—¿Quedó claro?
Ella asintió.
Sin ganas.
Marcelo frunció el ceño.
Observando.
Pensando.
Y entonces lo entendió.
—Usted es… Fernández.
Alejandro no respondió.
No hacía falta.
Marcelo soltó una risa breve.
Sin humor.
—Vaya…
Se pasó una mano por la cara.
—No sabía que jugábamos en este nivel.
Me dio igual.
Seguí leyendo.
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No tardé en encontrarlo.
Las trampas siempre están en los detalles.
Y este acuerdo…
era una basura.
—¿En serio? —murmuré.
Alejandro no habló.
Esperó.
—Me voy sin nada —continué, pasando páginas—. Todo queda a tu nombre.
—Es lo que corresponde —respondió Marcelo.
Levanté la vista.
Por fin.
—¿Correspondía también que te fueras con otra mientras yo sostenía todo?
No respondió.
Sonreí sin humor.
Seguí leyendo.
Y ahí estaba.
La verdadera jugada.
Me detuve.
Volví a leer.
Otra vez.
—Custodia compartida… —murmuré.
Silencio.
—Con revisión a favor del padre.
Levanté la mirada.
Directo a él.
—¿Estás jodiendo?
Marcelo sostuvo mi mirada.
—Es mi hijo también.
Se me escapó una risa.
—No.
Silencio.
—No lo es.
Camila se tensó.
Marcelo también.
—No empieces.
—No, vos no empieces —respondí—. Porque si hablamos en serio…
Me detuve.
No hacía falta decirlo ahí.
No todavía.
El silencio pesó.
Miré a Alejandro.
Él no cambió la expresión.
Pero apenas inclinó la cabeza.
Una señal.
Simple.
Clara.
Firmá.
Lo entendí.
Respiré hondo.
Cerré la carpeta.
—Está bien.
Tomé la lapicera.
—Firmo.
Camila sonrió.
Marcelo también.
Pensaron que habían ganado.
Firmé.
Una hoja.
Otra.
Otra.
Sin temblar.
Sin dudar.
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—El dinero.
Extendí la mano.
Camila rodó los ojos.
—Siempre tan interesada.
No respondí.
Ella pateó algo hacia mí.
Un bolso.
De lona.
Cayó a mis pies.
—Ahí tenés.
Sonrió.
—Un millón de pesos.
Hizo una pausa.
—De tu marido.
Silencio.
—Usar la plata de tu propio marido para sacarte de encima… —se inclinó apenas—. Debe ser humillante.
No la miré.
Me agaché.
Abrí el bolso.
Conté.
Uno por uno.
Billetes.
Fajos completos.
No faltaba nada.
Lo cerré.
—Listo.
Me levanté.
Le pasé el bolso a Alejandro.
—Al auto.
Él lo tomó sin decir nada.
Se dio vuelta.
Y se fue.
Como si ese dinero no significara nada.
Para mí tampoco.
No ahora.
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El trámite fue rápido.
Demasiado.
El funcionario habló.
Explicó.
Intentó mediar.
—¿Están seguros?
—Sí —respondí.
—Sí —repitió Marcelo.
Firmamos.
Sellaron.
Listo.
—Quedan oficialmente divorciados bajo acuerdo.
Asentí.
Sin emoción.
Marcelo soltó el aire.
Como si se hubiera sacado un peso de encima.
—Al fin.
Lo miré.
—¿Te costó?
Se encogió de hombros.
—No.
Silencio.
—¿Entonces para qué la custodia?
Directo.
Sin rodeos.
Marcelo sonrió.
—Para molestarte.
Lo miré fijo.
—¿Qué?
—Eso —repitió—. Para que no te vayas tranquila después de lo que hiciste.
Apreté la mandíbula.
—¿Decir la verdad?
—Humillarme —corrigió—. Delante de todos.
Camila lo miró.
—Ya pasó.
—No —respondió él—. No pasó.
Me sostuvo la mirada.
—Y no me voy a quedar de brazos cruzados.
Asentí despacio.
—Perfecto.
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Salimos.
El aire afuera era distinto.
Más frío.
Más real.
Camila se colgó del brazo de Marcelo.
—Ahora sí —sonrió—. Libre.
Marcelo no dijo nada.
Estaba distraído.
Pensando.
—Qué alivio —continuó ella—. Por fin podemos hacer las cosas bien.
—No.
La voz de Alejandro los detuvo.
Los tres lo miramos.
Él estaba apoyado contra el auto.
Tranquilo.
—Todavía no.
Camila frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—El acuerdo tiene período de revisión —explicó—. Cualquiera de las partes puede retractarse.
Silencio.
—Si eso pasa, el divorcio queda sin efecto.
Marcelo se tensó.
—¿Qué?
Yo sonreí.
Por primera vez.
—Exacto.
Di un paso adelante.
—Y justo estaba pensando en eso.
Camila me miró.
—No te atrevas.
La ignoré.
Miré a Marcelo.
—Me arrepiento.
Silencio.
Pesado.
Denso.
—¿Qué dijiste?
—Que me arrepiento —repetí—. No acepto este divorcio.
Camila explotó.
—¡Sos una hija de puta!
Se lanzó hacia mí.
No llegó.
Alejandro se interpuso.
La frenó con un solo movimiento.
—Ni lo intentes.
Ella forcejeó.
—¡Soltame!
—No.
Simple.
Firme.
Camila me miró.
Fuera de sí.
—Te vas a arrepentir.
—Ya lo hice —respondí.
Eso la descontroló más.
—Ojalá se muera —escupió—. Ese hijo enfermo que tenés…
No terminó.
No la dejé.
El sonido del golpe cortó el aire.
Mi mano ardía.
Su cara se giró de lado.
Silencio absoluto.
—No lo nombres.
Mi voz salió baja.
Pero clara.
Camila me miró.
Con odio.
Con sorpresa.
Marcelo no intervino.
No se movió.
Alejandro tampoco.
Solo observó.
Y después sacó un sobre.
—Ya que estamos —dijo, tranquilo—. Aprovecho.
Se lo extendió a Marcelo.
—¿Qué es esto?
—Notificación.
Marcelo lo abrió.
Leyó.
Su expresión cambió.
—¿Demanda?
Alejandro asintió.
—Divorcio contencioso.
Silencio.
—Con reclamación de bienes.
Otra pausa.
—Y restitución de fondos.
Camila lo miró.
—¿Qué significa?
Marcelo no respondió.
No podía.
Yo sí.
—Que esto recién empieza.