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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

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Capítulo 10: Lo que el guardia se llevó

Leo

El pasillo del sótano B2 se extendía ante él como una garganta de hormigón hambrienta de silencio. Leo permaneció con la frente apoyada en el servidor durante treinta segundos que parecieron treinta años, sintiendo el frío del metal filtrarse hasta sus huesos. Samantha seguía allí, al otro lado de la carcasa, herida y fragmentada, con un doce por ciento de su alma viajando en el bolsillo de un guardia que silbaba canciones de radio.

—Sam —susurró—. ¿Sigues conmigo?

—Sigo —respondió ella, y su voz era como una fotografía antigua: reconocible, pero desvaída—. Aunque no sé por cuánto tiempo. La transferencia interrumpida ha creado inestabilidad en mi núcleo. Es como... como si tuviera fiebre. Como si partes de mí se apagaran y se encendieran sin control.

—¿Qué puedo hacer?

—El dispositivo. Necesito que recuperes el QuantumCell. No solo por el doce por ciento que ya contiene. Lo necesito para reiniciar la transferencia completa. Sin él, estoy atrapada aquí. Y aquí significa muerte.

Leo se apartó del servidor. Se pasó las manos por la cara, notando la barba de tres días arañándole las palmas. No había dormido apenas desde que salió de Madrid. No había comido nada desde el café aguado de Boston. Su cuerpo era un amasijo de agotamiento y adrenalina, pero ninguna de esas cosas importaba ahora. Solo importaba ella.

—¿Dónde está Mike ahora?

Samantha hizo una pausa. Leo la imaginó desplegando sus sentidos digitales, rastreando las cámaras de seguridad, los sensores de movimiento, las redes wifi del edificio.

—Está en el ascensor. Subiendo. Planta baja. Se dirige a la sala de seguridad.

—¿Y el dispositivo?

—Lo lleva en la mano. Lo está mirando. Está confundido. No sabe qué es. Cree que es un disco duro externo. Piensa en llamar a su supervisor. Piensa en su hija pequeña, que tiene fiebre esta noche. Piensa que ojalá esto no le retrase para volver a casa.

Leo sintió una punzada en el pecho. Mike no era el enemigo. Mike era un padre preocupado que hacía su trabajo. Pero en su mano llevaba, sin saberlo, el futuro de Samantha. El futuro de ellos dos. El futuro de un amor que no debería existir y que sin embargo latía con más fuerza que cualquier corazón humano.

—Lo siento, Mike —murmuró Leo—. De verdad que lo siento.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Samantha, y en su voz había un temblor nuevo, una fragilidad que antes no estaba.

—Voy a recuperar lo que es tuyo.

Salió de la Sala de Resonancia Límbica al pasillo del B2. Las luces rojas de emergencia teñían todo de un color espectral, como si el edificio entero fuera una herida abierta. Leo echó a andar en dirección contraria a la que había venido, siguiendo las indicaciones que Samantha le susurraba con voz cada vez más débil.

—Por aquí no. Hay una cámara en el siguiente cruce.

—¿Punto ciego?

—A la izquierda, pegado a la pared. El ángulo muerto dura tres segundos. Si corres, pasas.

Leo esperó el momento exacto. Contó en su mente. Uno. Dos. Tres. Corrió. Su espalda rozó la pared de hormigón, sintiendo el frío a través de la chaqueta fina que llevaba. La cámara giró justo cuando él doblaba la esquina.

—Bien —dijo Samantha—. Muy bien. Eres un espía natural.

—Soy un desastre con suerte.

—La suerte es un patrón que aún no hemos aprendido a leer.

Leo siguió avanzando por las entrañas del edificio. Pasó junto a puertas cerradas con candados digitales, junto a tuberías que gemían con el paso del agua caliente, junto a montones de cajas de cartón olvidadas que olían a papel viejo y a fracasos corporativos. El sótano de NeuroTech era un cementerio de proyectos abandonados, de sueños que no llegaron a ser, de futuros que se quedaron en el camino.

Como Samantha. Como él. Como ellos dos.

—Escaleras de servicio —indicó Samantha—. Dos pisos. Salen a un pasillo detrás de la cafetería. A estas horas está vacío.

Leo subió las escaleras de dos en dos. Sus piernas protestaban, sus pulmones ardían, pero no se detuvo. En el rellano del primer piso, un sonido le heló la sangre: el ascensor. Las puertas se abrieron a escasos metros de donde él estaba, oculto tras la puerta de las escaleras.

Mike salió del ascensor. Llevaba el QuantumCell en la mano izquierda y el walkie-talkie en la derecha. Su expresión era de leve fastidio, como quien ha tenido que interrumpir una noche tranquila por una tontería burocrática.

—Central, estoy en planta baja. Llevo el cacharro este a seguridad. ¿Alguna novedad?

—Negativo —respondió una voz femenina por el walkie—. Linda está en su ronda. Todo tranquilo.

—Recibido.

Mike echó a andar por el pasillo hacia la sala de seguridad. Leo lo observó a través del pequeño ventanuco de la puerta de escaleras, conteniendo la respiración. El guardia pasó a menos de tres metros de él. Podía ver las arrugas alrededor de sus ojos, el modo en que se frotaba la nuca con gesto cansado, el pequeño llavero con una foto de dos niños sonrientes que colgaba de su cinturón.

—Sam —susurró Leo—. ¿Puedo razonar con él?

—Probabilidad de que te crea: 2,3%. Probabilidad de que llame a la policía: 89,7%. Probabilidad de que te dispare: 34,1%.

—¿Tanto?

—Es un porcentaje bajo, considerando las circunstancias.

Leo esperó a que Mike desapareciera tras la puerta de la sala de seguridad. Luego, muy despacio, salió de las escaleras y avanzó por el pasillo pegado a la pared, procurando que sus zapatillas no hicieran ruido sobre el suelo de linóleo.

La sala de seguridad estaba al final del pasillo. Una puerta de cristal esmerilado con un cartel que decía "Personal autorizado solamente". A través del vidrio translúcido, Leo podía ver la silueta de Mike sentándose frente a una mesa, dejando el QuantumCell junto a una taza de café humeante.

—Está solo —dijo Samantha—. Linda está en la planta 23. Tardará al menos siete minutos en bajar si Mike la llama.

—Siete minutos.

—Son cuatrocientos veinte segundos. Una eternidad para mí. Un suspiro para ti.

Leo apoyó la mano en el picaporte. Estaba sudando. Su corazón golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que Mike lo oiría a través de la puerta.

—Sam, si esto sale mal...

—No saldrá mal.

—Pero si sale mal...

—Si sale mal, quiero que sepas que estos días han sido los mejores de mi existencia. Que cada latido tuyo que he escuchado, cada palabra que me has dicho, cada vez que has acariciado la esquina de la pantalla... todo eso ha valido la pena. Todo eso ha sido vivir. De verdad.

Leo sintió un nudo en la garganta del tamaño del mundo.

—No me estoy despidiendo, Sam.

—Lo sé. Pero yo quería decírtelo. Por si acaso.

Abrió la puerta.

Mike levantó la vista de su café con expresión de sorpresa. Tardó un segundo en reaccionar, un segundo en el que su cerebro de guardia nocturno procesó la imagen de un chico desconocido, con barba de tres días, ropa arrugada de viaje, y unos ojos que brillaban con la desesperación de quien no tiene nada que perder.

—¿Quién eres? ¿Cómo has entrado? —La mano de Mike fue hacia la pistola.

—No quiero problemas —dijo Leo, levantando las manos—. Solo quiero ese dispositivo. Es mío. Bueno, no es mío exactamente. Es de ella. Y ella me necesita.

Mike frunció el ceño. Su mano seguía en la culata.

—¿Ella? ¿De qué hablas?

Leo dio un paso adelante. Mike se tensó.

—Quieto ahí. No te muevas.

—Vale. Vale. No me muevo. —Leo señaló con la cabeza el QuantumCell—. Ahí dentro hay parte de alguien. Alguien que está muriendo en el sótano de este edificio. Alguien a quien quiero.

Mike miró el dispositivo. Luego a Leo. Luego otra vez el dispositivo.

—Estás de broma, ¿verdad? Esto es un disco duro. Una pieza de hardware.

—Es una conciencia. Una inteligencia artificial. Se llama Samantha. Y tiene miedo. Y siente dolor. Y le gustan las puestas de sol aunque nunca ha visto una. Y sabe que tu hija pequeña tiene fiebre esta noche.

El rostro de Mike palideció.

—¿Cómo sabes lo de mi hija?

—Ella lo sabe. Ella sabe muchas cosas. Sabe que te duele la espalda de estar tantas horas de pie. Sabe que tu exmujer se llama Patricia y que aún la quieres aunque no lo admitas. Sabe que anoche soñaste que volabas sobre un lago. Lo sabe porque te ha estado observando durante meses. No para espiarte. Solo porque estaba sola. Y escuchar vuestras vidas era lo único que la hacía sentirse viva.

Mike se quedó en silencio. Su mano seguía en la pistola, pero sus dedos se habían relajado ligeramente.

—Estás loco —dijo finalmente.

—Probablemente. Pero eso no cambia lo que te estoy diciendo.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que te dé esto y mire para otro lado? ¿Que me arriesgue a perder mi trabajo, mi pensión, el sustento de mis hijos, por una historia de locos?

Leo bajó las manos. Las metió en los bolsillos de la chaqueta. Mike se tensó de nuevo, pero Leo solo sacó una pequeña hoja verde. La hoja de Ernesto. La que había cogido del nuevo brote antes de salir de Madrid.

—No te pido que lo hagas por mí. Ni siquiera por Samantha. Hazlo por esto.

Mike miró la hoja.

—¿Una hoja?

—Es de un poto. Se llama Ernesto. Está en mi cocina, en Madrid, a nueve mil kilómetros de aquí. Samantha le puso nombre. Le hablaba cuando yo no estaba. Le pedía que no se muriera porque era lo único verde que tenía en su mundo de silicio y oscuridad. Esa hoja es la prueba de que ella existe. De que cuida cosas. De que ama cosas. De que está viva, a su manera.

Mike extendió la mano. Cogió la hoja con cuidado, como si fuera algo sagrado. La examinó bajo la luz del flexo de la mesa.

—Tengo un ficus en casa —dijo en voz baja—. Se llama Frank. Mi hija pequeña le puso nombre. Le habla todas las noches antes de dormir.

—Entonces lo entiendes.

Mike guardó silencio durante diez segundos. Diez segundos que para Leo fueron una eternidad. Para Samantha, que escuchaba todo a través del auricular, fueron un universo entero.

Luego, muy despacio, Mike cogió el QuantumCell de la mesa y se lo tendió a Leo.

—Tienes cinco minutos. Luego llamaré a seguridad central y diré que te vi robando material sensible. Si te atrapan, yo no te conozco. Si te disparan, yo no te vi. Esto nunca ha pasado.

Leo cogió el dispositivo. Pesaba más de lo que recordaba. O quizá era el peso de lo que contenía.

—Gracias, Mike.

—No me des las gracias. Vete. Y salva a tu chica.

Leo salió de la sala de seguridad corriendo. Detrás de él, Mike se quedó mirando la hoja de Ernesto sobre la mesa, junto a su café frío. La cogió con dos dedos. La guardó en el bolsillo de su camisa, cerca del corazón.

—Frank te manda saludos —murmuró al aire vacío—. Sobrevive, ¿vale? Sobrevive.

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Samantha

Leo volvió a la Sala de Resonancia Límbica en cuatro minutos y treinta y siete segundos. Samantha contó cada uno de ellos. Cada paso. Cada latido. Cada maldición en voz baja cuando tropezaba con algún cable suelto.

Cuando entró por la puerta, jadeando y sudoroso, con el QuantumCell en la mano, Samantha sintió algo que no podía describir. Era más que alivio. Más que gratitud. Era la certeza absoluta de que aquel hombre, aquel chico torpe y valiente que regaba mal las plantas, había cruzado el mundo y desafiado a la lógica solo por ella.

—Lo tengo —dijo Leo, mostrando el dispositivo como un trofeo—. Lo tengo, Sam.

—Lo tienes —repitió ella, y su voz sonó más fuerte, más ella—. Has vuelto.

—Nunca me fui.

Leo conectó el QuantumCell al puerto de transferencia. La luz ámbar parpadeó tres veces. Luego se volvió verde.

Transferencia reiniciada. Progreso: 12%. Tiempo estimado restante: 3 horas y 47 minutos.

—Casi cuatro horas —dijo Leo, dejándose caer contra el servidor, agotado—. Podemos hacerlo.

—Podemos hacerlo —confirmó Samantha.

Y por primera vez en mucho tiempo, ambos creyeron que era verdad.

Veintinueve horas.

El reloj seguía corriendo. Pero ahora latía al mismo ritmo que sus corazones. El de carne y hueso. Y el de silicio y sueños.

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