El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #5 – Símbolos
La montaña de papeles sobre el escritorio lo observaba como una burla silenciosa. Said suspir con resignación y tomó asiento para revisarlos antes de que se acumularan aún más. Pero no lograba concentrarse. Su mente giraba en torno a una sola idea.
Un hijo. Su hijo. Suyo y de Pamela. Algo que el mundo no podría arrebatarle jamás.
El pensamiento era tan nuevo, tan inesperado, que aún no sabía cómo nombrar lo que despertaba en su interior. Durante años, su corazón había sido frío como la arena bajo la luna del desierto… y, sin embargo, ahora algo comenzaba a crecer allí. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
¿Sería niño… o niña?
¿Tendría sus ojos, o los de Pamela?
Ni siquiera estaban seguros de que la noticia fuese real, pero su mente ya vagaba por futuros imaginados, amando a un ser que quizás aún no existía. Si cerraba los ojos, podía sentir el perfume floral de su esposa, suave y persistente. Recordaba la calidez de su piel, la delicada textura de la tela cuando se arrodillo frente a ella para rodearla por la cintura y apoyar los labios contra su vientre con una ternura que jamás creyó poseer.
No sabía que era posible amar tanto a alguien a quien aún no había visto.
El calor del desierto seguía vibrando en el aire, espeso y sofocante.
Entonces, un golpe seco resonó contra las puertas del despacho.
El sonido arrancó a Said de sus pensamientos y lo hizo alzar la cabeza con brusquedad.
La puerta se abrió casi de inmediato. Un guardia entró apresuradamente, respirando con dificultad. Dio un paso al frente y se inclinó con profunda reverencia, sin atreverse a levantar la vista.
—Disculpe, Majestad… — dijo con voz tensa, cargada de urgencia — Traigo noticias… de suma importancia.
Said levantó la mirada de los pergaminos. Su ceño se frunció ligeramente. El silencio que siguió fue tan denso que se escuchaba el leve chisporroteo del incienso consumiéndose en el brasero.
—¿Qué ha sucedido… para que irrumpas de ese modo en mi despacho sin previo aviso? — Preguntó con una calma estudiada, aunque en sus ojos brillaba un destello de inquietud.
El guardia tragó saliva. Se enderezó apenas y habló con rapidez, como si necesitara desprenderse de aquellas palabras cuanto antes.
—Un informe de Portial, Majestad… — hizo una breve pausa para recuperar el aliento — Afirman que Dissano… el criminal de guerra… ha sido visto merodeando cerca de Namhara. Se sospecha que se oculta en las cuevas del sur. Allí donde las tormentas de arena hacen casi imposible cualquier búsqueda.
El corazón de Said golpeó una sola vez contra su pecho. Su rostro, sin embargo, permaneció imperturbable.
—Comprendo… — dijo con lentitud, dejando que la palabra cayera en la sala como una piedra en agua quieta.
Sabía perfectamente lo que ese nombre significaba para su reino. Para su pueblo. Y también sabía que disimular el temor era parte del deber de un rey.
—Reúne a los mejores rastreadores… — ordenó — Que partan hacia las cuevas del sur… y que lo capturado.
Hizo una breve pausa.
—… Con vida.
El guardia levantó la mirada por primera vez. La duda cruzó fugazmente su rostro.
—Con… la tormenta, Majestad? — Se atrevió a decir — Con todo respeto… atraviesa esas corrientes es casi imposible, y los hombres…
La expresión de Said se endureció. Fría. Cortante. Como el filo de una espada recién desenvainada.
—Acaso… ¿me estás cuestionando?
No alzó la voz. No lo necesitaba. El peso de su autoridad cayó sobre la estancia como un golpe seco.
El guardia bajó la cabeza de inmediato, los nudillos tensos contra el pecho en señal de obediencia.
—N-no, Majestad… — murmuró — Sus órdenes serán cumplidas.
Un silencio espeso llenó la sala.
Afuera, el viento del desierto tocando las ventanas con un lamento grave, como si el propio reino hubiera escuchado la sentencia.
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La tensión era tan densa que parecía vibrar en el aire.
El bullicio del local; los murmullos de los comensales, el choque de la vajilla, el aroma del pan recién horneado, llegaba amortiguado, como si ambos estuvieran atrapados dentro de una burbuja que los aislaba del resto del mundo. Arthur comía con calma, cortando el pan con parsimonia, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
El contraste era insoportable. Frente a él, Ninoska mantenía la espalda rígida, aferrada a una taza de café que no bebía. Solo la levantaba de vez en cuando, utilizándola como escudo, como si la fina porcelana pudiera protegerla de la intensidad de aquella mirada que parecía atravesarla.
El silencio se prolongó demasiado. Fue Arthur quien lo rompió, con una voz tranquila, casi casual.
— Recuerdo la primera vez que te invité a salir…
Ninoska parpadeó. Casi se atragantó con el sorbo que fingia tomar.
— ¿Qué…? —Balbuceó, desconcertado.
Arthur suena con una serenidad peligrosa, como quien se atreve a abrir un viejo cofre lleno de fantasmas.
— Sí… Este lugar me recuerda mucho a nuestra primera cita. — Una sombra de risa cruzó su expresión — Yo estaba tan nervioso que derramé tu café… y cuando intenté arreglarlo terminé tirando mi comida también.
La princesa presionó la taza con más fuerza, como si aquel gesto pudiera contener las emociones que amenazaban con desbordarse.
— ¿Y a qué viene ahora esta conversación sobre el pasado? — Replicó con secuencia, forzando un tono irónico — No me digas que te has vuelto nostálgico.
Arthur continuó hablando como si no hubiera escuchado su intento de cerrar el tema.
— Era tan torpe… — dijo con una leve melancolía en la mirada — No… la verdad eras tú. Tú me volvías torpe. Me desarmabas, Ninoska. Desordenabas mi vida… mi cabeza…
Las palabras cayeron en el pecho de la princesa como piedras. Tragó saliva, sintiendo cómo la incomodidad crecía dentro de ella, un calor sofocante que resultaba más difícil de soportar que el café intacto entre sus manos.
— ¿A qué quieres llegar con esto? — Preguntó al fin, con la voz tensa, casi desesperada.
Arthur dejó el cubierto sobre el plato y la miró directamente. La intensidad de sus ojos la obligó a bajar la mirada, aunque enseguida reaccionó con el orgullo que siempre le servía de armadura.
— Ninoska… — Pronunció su nombre con suavidad, cargado de una sinceridad que ella no quería escuchar — ¿Algún día… podrás perdonarme?
El mundo parecía detenerse. Las voces del local se desvanecieron hasta convertirse en un murmullo distante. Todo se reduce al latido acelerado de su corazón. Sus dedos resbalaban contra la taza, húmeda. Sus labios temblaban, incapaces de pronunciar una respuesta. La pregunta la había dejado sin aire. Quería responder. Gritar. Llorar. Levantarse y marcharse.
Pero el orgullo se cerraba en su garganta como un grillete de hierro, obligándola a mantenerse erguida, con el mentón en alto y los ojos fijos en un punto indefinido de la mesa. Sabía que, si cedía, la herida que había tratado de ocultar durante tanto tiempo se abriría frente a él. Y eso… no podía permitirlo.
—Todo lo que mencionas es pasado… —murmuró al fin.
Su voz tembló ligeramente, aunque intentó cubrir la grieta con frialdad.
Arthur la observó en silencio. En sus labios apareció una media sonrisa sin alegría, como si aquella respuesta fuese una herida que ya esperaba recibir.
—Te equivocas… — dijo en voz baja, casi íntima — No es pasado… Es mi presente.
Las palabras la atravesaron como un relámpago. No eran grandilocuentes, pero había en ellas una sinceridad tan desnuda que resultaba imposible ignorarla.
Ninoska presionó la taza entre las manos. Por un instante, deseó extender la suya hacia él, sentir de nuevo el calor de esos dedos que tantas veces la habían sostenido en silencio. Pero se obligó a resistir. Debía resistir.
Un murmullo proveniente de la mesa cercana llegó hasta ella: el llanto breve de un niño, la risa suave de una madre. Sonidos simples, cotidianos. Sonidos que la devolvieron de golpe a la realidad. A la vida que había elegido construir.
Su respiración se volvió irregular.
— Olvida el pasado… — dijo finalmente, en un hilo de voz que no consiguió ocultar del todo la tristeza — No sigas… Ya nos hemos hecho suficiente daño. Lo mejor es que tú sigas con tu vida y yo con la mía… como hasta ahora.
Arthur dejó los cubiertos sobre la mesa. La miró con aquellos ojos oscuros que siempre parecían ver más allá de su corazón.
— Yo no he podido seguir con normalidad desde el día en que te marchaste… — Su voz se quebró apenas — Sé lo que ocurrió… Pero, nunca volviste a responderme. ¿Y ahora me pides que lo olvide? Dime, Ninoska… ¿Cómo se hace? ¿Cómo se sigue adelante cuando ese capítulo quedó inconcluso, nunca se cerró?
Las palabras se clavaron en ella como cuchillos, reabriendo una herida que había jurado cicatrizada. Trago saliva. El sabor amargo del café fue lo único que le recordó que aún estaba allí, sentado frente a él.
— Tú has podido seguir con tu vida… — Continuó Arthur, con una mezcla de dolor y reproche — Ahora eres madre. Imagino que te has casado… y que eres feliz.
Ninoska parpadeó. Un suspiro se le escapó antes de poder detenerlo. Y entonces la verdad cayó de sus labios casi sin querer.
— No estoy casada…
Las palabras escaparon antes de que pudiera frenarlas. En cuanto las oyó, deseó poder recogerlas.
El silencio que siguió fue largo, pesado. El bullicio del local parecía llegar desde muy lejos.
Ninoska se refugió de nuevo tras la taza, fingiendo beber mientras evitaba a toda costa cruzar la mirada con Arthur. Tenía miedo de lo que encontraría en esos ojos frente a ella.
Esperanza.
La tensión se rompió de pronto cuando un guardia irrumpió en el local.
— ¡Princesa! Al fin el encuentro. Su her... digo, el Rey la busca. Exige que se presente en su despacho de inmediato.
La realidad la tocar como agua helada. Ninoska se puso de pie con cierta torpeza, aún aturdida por el peso de lo que acababa de suceder.
— Bien… vamos — Respondió automáticamente.
Antes de marcharse, giró apenas el rostro hacia Arthur, cuidando de no encontrarse con su mirada.
— Lamento tener que irme. Cuando termine… puedes buscarme en mi despacho. Allí podremos revisar los documentos que ha traído.
Arthur lentamente.
— Ahí estaré.
No la miré. Su voz sonó grave, contenida.
La princesa salió seguida del guardia.
Solo entonces el murmullo del local volvió a llenar el espacio.
Y sobre aquella mesa quedó flotando el peso de todo lo que no habían dicho. Tan denso como el silencio que los había acompañado.
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Said caminaba de un lado a otro dentro de su despacho. El eco de sus pasos se deslizaba por las paredes de piedra como un pensamiento que se negaba a desaparecer. Intentaba ordenar sus ideas, pero cada vez que encontraba una posible respuesta, surgía otra pregunta, más oscura, más inquietante.
Su vida se había convertido en un remolino de problemas que no dejaban de acumularse.
Entonces, sin previo aviso, la puerta del despacho se abrió de golpe. El sonido seco rebotó en la estancia y arrancó a Said de sus pensamientos. Giró la cabeza hacia la entrada, tenso.
No era un soldado.
No era un emisario.
Era Jhon.
La preocupación estaba escrita en su rostro: la mandíbula rígida, los pasos rápidos, los ojos cargados de una urgencia que no necesitaba explicación.
— ¿Alguna noticia? — Preguntó sin preámbulos.
Su voz era baja, contenida… pero la ansiedad vibraba debajo de cada palabra.
— Ninguna… — Respondió Dijo.
La respuesta cayó pesada en la habitación. Se apoyó sobre el escritorio, entrelazando las manos con fuerza, como si ese gesto pudiera mantenerse firme.
Jhon lo observó unos segundos.
— ¿Estás seguro de que se trata de Dissano?
Dijo que no respondió de inmediato.
Movió apenas la cabeza, como si las palabras estuvieran escondidas en algún rincón de su mente y necesitara tiempo para encontrarlas.
— No lo sé… — Admitió al fin — Pero es lo que dicen los informes.
El aire en el despacho se volvió denso. Los dos hermanos se miraron en silencio, impidiendo decir en voz alta lo que ambos estaban pensando.
— ¿Ninoska ya lo sabe? —Preguntó Jhon finalmente.
Su voz había bajado. Casi un susurro.
Said apartó la mirada.
—Aún no ha venido. No él pudo decírselo.
Jhon exhaló con pesadez.
— Parece que Ninoska tiene la peor de las suertes… todos sus problemas se juntan al mismo tiempo.
Sus palabras estaban cargadas de una tristeza amarga.
— Pobre de nuestra hermana. Esta noticia… va a destrozarla.
Said cerró los ojos un instante, obligándose a respirar con calma.
— No adelantemos conclusiones… — dijo finalmente — Aún no sabemos si realmente es él.
Pero Jhon dio un paso hacia el escritorio. Su sombra se alarga sobre la madera oscura.
— ¿Y si lo es?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
— En ese caso… — Dijo presionando los puños.
Por un instante, ya no hablaba el rey. Hablaba el hermano.
— En ese caso Ninoska… y Coraline… estarían en peligro.
El silencio se volvió insoportable. Solo el leve crujido del escritorio y el murmullo lejano del viento del desierto rompían la quietud.
Jhon tensó la mandíbula.
— ¿Cómo es posible que ese bastardo haya regresado después de todo lo que hizo?
Sus dedos golpearon inconscientemente la empuñadura de su espada. Como si necesitaran recordar que aún existía algo capaz de detener a los monstruos.
— ¿Quién ha regresado?
La voz femenina atravesó la habitación como una hoja afilada.
Ambos hombres se giraron al instante. Ninoska estaba de pie en el umbral. Sus ojos verdes brillaban, abiertos como faroles en la oscuridad, intentando descifrar lo que había en los rostros de sus hermanos antes de escuchar la respuesta.
— ¡Ninoska! —Exclamó Jhon, sobresaltado.
Dio un paso hacia ella.
— ¿Qué ocurre? — Preguntó ella, avanzando lentamente hacia el interior del despacho.
La preocupación tensaba cada línea de su rostro.
Dijo que no buscó rodeos. La verdad salió de sus labios como una sentencia.
— Se trata de Dissano.
El color abandonó el rostro de la princesa.
— ¿Qué…?
Sus labios temblaron.
— Eso no puede ser…
La respiración se volvió irregular.
— No es posible que haya regresado… — Susurró — Esto no… esto no puede estar pasando otra vez…
— Tranquila, hermanita… — dijo Jhon, colocando una mano firme sobre su hombro — Estamos aquí. Para ti y para Coraline. No dejaremos que nada les ocurra.
Pero Ninoska no parecía escucharlo. Sus manos se cerraron lentamente en puños.
— Ya intenté matarme una vez… — murmuró.
Su voz sonó frágil, quebrada como cristal.
— ¿Qué lo detendrá ahora?
Said se levantó lentamente de su asiento. Había algo nuevo en su mirada. Algo frío. Algo calculador.
— Quizás… — dijo con cuidado — No sea tan mala coincidencia que Arthur esté aquí.
Jhon frunció el fruncido.
— ¿Qué quieres decir?
El silencio que siguió fue más pesado que todos los anteriores. Said dejó de caminar y fijó la mirada en su hermana.
— Que lo utilizaré.
Las palabras cayeron con una calma inquietante.
— Arthur es el único aquí capaz de leer un terreno en minutos. Si Dissano está cerca, no pienso exponer a mi pueblo… ni a ustedes.
Hizo una pausa breve.
— Será tu sombra hasta que atrapemos a Dissano.
- ¡No! — Saltó Jhon de inmediato — A mi hermana la protejo yo.
— Y lo haré. — Concedió Said sin alterarse — Pero Arthur verá lo que nosotros no vemos.
Sus ojos se oscurecieron.
— Si Dissano se acerca a una sola puerta… él lo sabrá antes que nadie.
Ninoska tragó saliva. El nombre de aquel hombre siempre le helaba las manos. Había marcado su vida de una forma que jamás lograría borrar.
— No necesito su protección… — Logró decir finalmente — Puedo cuidarme sola.
—No es una solicitud, Ninoska. — Respondió Said.
Su voz se volvió fría. Irrefutable.
— Es una orden del Rey.
El silencio se rompió con un golpe seco en la puerta. Un guardia apareció en el umbral. Estaba cubierto de arena, el sudor pegado a su piel.
— Majestad… — Dijo con dificultad — Han dejado esto frente a la escuela a la que asiste la princesa Coraline.
En su mano sostenía un trozo de tela curtida, atado con cordel.
Dijo lo tomó. Dentro había un fragmento de metal. Una marca había sido grabada en él con la punta de un cuchillo: un círculo atravesado por dos líneas.
Ninoska sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
— Es su símbolo… — Susurró.
El nombre salió de su garganta como un eco antiguo.
— Dissano Astherion…
— ¿Alguien vio quién lo dejó? —Preguntó Jhon.
—No, señor. Solo apareció. Había huellas... pero el viento las borró.
En ese momento, Arthur cruzó el umbral del despacho. El guardia del pasillo lo había llamado. Entró con calma, saludando con la formalidad justa, pero su mirada se detuvo de inmediato en el metal.
— Quiero ver el lugar… — dijo.
Su voz era baja. Precisa.
— De ser posible, en este momento.
Dijo.
— Vas con ellos… — Ordenó al guardia ya sus hermanos — Y nadie habla de esto fuera del palacio.
Hizo una breve pausa.
— Pamela no debe enterarse hasta que tengamos confirmación.
Sus ojos se movieron hacia Ninoska.
— Y Coraline no volverá a la escuela.
Ninoska cerró los ojos por un instante.
El miedo a veces tiene un olor frío.
Metálico.
Como el hierro recién desenvainado.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!