El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
NovelToon tiene autorización de Crystal Suárez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un nuevo grupo
El amanecer llegó sin suavidad, como si el mundo ya no supiera hacerlo de otra forma. La luz gris se filtró entre las rocas y despertó al grupo poco a poco, sin sobresaltos, pero tampoco con tranquilidad. El descanso de la noche anterior había sido real, más profundo de lo que cualquiera esperaba, y aun así nadie se sentía verdaderamente recuperado. Lo que había pasado con Ernesto no se mencionó, pero se notaba en su postura, en su forma de respirar, en la manera en que ahora se mantenía cerca del grupo sin quedarse atrás.
Valeria se levantó con cuidado para no despertar a Tomás, pero el niño ya tenía los ojos abiertos. La miró en silencio unos segundos antes de incorporarse.
—Ya no la escucha —dijo en voz baja, refiriéndose a Ernesto.
Valeria asintió.
—Sí.
Tomás miró hacia él.
—Pero ahora entiende.
Esa diferencia era importante.
Mateo comenzó a organizar la salida casi de inmediato. No podían quedarse. No en un mundo donde detenerse demasiado tiempo era igual a ser encontrado. Recogieron lo poco que tenían, revisaron la comida que habían conseguido y retomaron el camino hacia zonas más altas.
El terreno se volvió más seco conforme avanzaban, pero también más difícil. Rocas sueltas, pendientes irregulares y zonas donde la vegetación crecía de forma desordenada. El agua no estaba visible en todo momento, pero su presencia se sentía, como una amenaza constante que no necesitaba mostrarse para ser real.
Fue Raúl quien vio el movimiento primero.
—Hay gente adelante.
Todos se detuvieron.
Mateo levantó la mano, indicando silencio.
A lo lejos, entre unas estructuras semidestruidas que parecían restos de otra finca, había varias figuras. No se movían con desesperación. No corrían. Estaban… organizadas.
Eso ya era raro.
—¿Cuántos? —preguntó Valeria.
—Cuatro… no, cinco —respondió Raúl—. Y… una niña.
El grupo intercambió miradas, una niña cambiaba todo. Mateo dudó apenas un segundo.
—Nos acercaremos, pero con cuidado.
El encuentro fue diferente desde el inicio. El otro grupo no mostró alivio, no mostró miedo, al contrari mostró control.
Eran tres hombres y una mujer adulta, todos con expresiones duras, desconfiadas, demasiado firmes para alguien que simplemente estuviera sobreviviendo. Y entre ellos, ligeramente apartada, estaba la niña.
No tendría más de ocho años.
Estaba sucia, con la ropa desgastada, los brazos llenos de pequeños rasguños, y lo más inquietante… no miraba a nadie a los ojos.
Solo al suelo.
—¿De dónde vienen? —preguntó uno de los hombres, con tono seco.
Mateo respondió con la misma cautela.
—De la ciudad.
El hombre asintió lentamente, como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Nosotros llevamos más tiempo aquí.
No sonó como información.
Sonó como advertencia.
Valeria observó a la niña, Tomás también y fue él quien habló primero, en un susurro.
—Mamá…
Valeria no apartó la mirada.
—Lo sé.
La niña levantó la vista apenas un segundo, solo un instante y fue suficiente. No había miedo normal ahí, había algo más profundo.
Algo roto.
—Ella necesita ayuda —dijo Tomás en voz baja.
Valeria sintió un nudo en el pecho.
—Sí.
Mientras tanto, Mateo y el otro hombre seguían hablando.
—Tenemos comida —dijo el hombre—. Podemos intercambiar.
Mateo frunció el ceño.
—¿Intercambiar qué?
El hombre sonrió apenas.
—Información… o algo más útil.
Algo en su tono no encajaba. Raúl dio un paso al frente.
—¿Dónde consiguieron comida?
La mujer del grupo respondió esta vez.
—Donde había que conseguirla.
Ambigüedad, demasiada para ser normal. Luis se acercó ligeramente a Valeria.
—No me gustan.
—A mí tampoco.
Tomás seguía mirando a la niña, ella no se movía, no hablaba, pero sus manos temblaban ligeramente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Tomás, con cuidado.
La niña no respondió, uno de los hombres intervino.
—No habla mucho.
Tomás frunció el ceño.
—¿Por qué?
El hombre lo miró con frialdad.
—Porque no tiene nada que decir.
Esa respuesta… Fue suficiente. Valeria sintió cómo algo dentro de ella se tensaba. Marta se acercó un poco más a la niña.
—¿Está contigo? —preguntó.
El hombre respondió sin mirarla.
—Ahora sí.
Ese “ahora” cayó pesado. Mateo lo entendió. Raúl también. No dijeron nada. Pero lo supieron. No era su familia. Y lo que fuera que había pasado antes… no había sido bueno.
Tomás dio un pequeño paso hacia la niña. Valeria no lo detuvo. El niño se agachó un poco, intentando ponerse a su altura.
—No tienes que quedarte con ellos.
Silencio.
La niña levantó la mirada, sus ojos estaban llenos de algo que ningún niño debería tener. Y por primera vez… habló.
—No puedo irme.
Su voz era débil, rota. Uno de los hombres dio un paso adelante.
—Ya es suficiente.
Pero en ese momento… Mateo habló.
—¿Qué le hicieron?
El silencio cambió, la tensión se volvió más densa.
El hombre sonrió.
—Lo necesario.
Raúl apretó los puños.
—¿Y su familia? —preguntó.
Nadie respondió, pero la niña bajó la mirada. Y eso fue respuesta suficiente.
Valeria sintió rabia y Tomás la miró.
—Ellos son peores.
Y tenía razón. Porque el agua… no elegía. Pero ellos sí. Mateo dio un paso atrás.
—Nos vamos.
El hombre frunció el ceño.
—No tan rápido.
Pero en ese momento… la niña habló otra vez.
—Ya vienen.
Todos se quedaron quietos.
—¿Qué? —preguntó uno de los hombres.
La niña levantó la mirada.
—Ellos.
Un segundo después… el suelo vibró ligeramente.
El agua, no visible aún, estaba cerca, demasiado cerca.
El grupo de Mateo reaccionó de inmediato.
—¡Alejense! —ordenó.
Pero los otros dudaron y ese fue su error. El agua apareció, mo como antes, era más rápida y más directa.
Entrando entre la tierra como si supiera exactamente por dónde avanzar. Los hombres intentaron reaccionar, pero ya era tarde.
El primero cayó cuando el suelo cedió bajo sus pies. El segundo intentó correr, pero algo lo jaló. La mujer gritó. El tercero sacó un arma improvisada, fue obviamente inútil. Porque no era algo que pudieran golpear, era algo que los rodeaba que los elegía.
La niña no se movió. Tomás la miró y le tendió la mano.
—Ven.
Ella dudó un segundo y luego corrió hacia ellos. Valeria la recibió sin pensarlo, e agua cerró el espacio detrás.
Los gritos del otro grupo no duraron mucho, fueron cortos, bruscos, definitivos y luego… silencio.
El agua retrocedió ligeramente, como si hubiera terminado, como si no los necesitara en el mundo. El grupo quedó inmóvil unos segundos.
La niña temblaba aferrada a Valeria. Tomás la miró.
—Ya pasó.
Ella negó.
—No.— Su voz fue apenas un hilo. —Nunca pasa.
Valeria la abrazó con más fuerza. Y esta vez… nadie discutió. Porque todos entendían algo nuevo. El agua no era lo único peligroso. A veces… lo peor… seguía siendo humano.