Bang Chan y Seungmin son estrellas del K-pop... y novios en secreto. Entre giras interminables y luces de escenario, su amor crece fuerte en los pocos momentos que tienen para sí mismos. Pero la fama no perdona secretos, y cuando el mundo empieza a cerrarles el paso, deberán decidir si su vínculo vale más que cualquier gloria. ¿Podrán mantener su armonía en medio del caos?
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final~
El primer rayo de sol del día se colaba a través de las ventanas de madera de la casa del bosque, iluminando el salón con un brillo dorado que hacía resaltar los detalles de las paredes decoradas con tejidos tradicionales de diferentes países, los instrumentos musicales que habían recolectado en sus viajes y los cuadros que amigos artistas habían regalado como muestra de agradecimiento. Chan se despertó antes que el sol, como siempre, y se deslizó con cuidado fuera de la cama para no despertar a Seungmin, quien seguía dormido tranquilamente, con la cabeza apoyada sobre la almohada y una pequeña sonrisa en sus labios.
Bajó las escaleras de madera que crujían suavemente bajo sus pies y se dirigió a la cocina, encendiendo la cafetera y empezando a preparar el desayuno. Había aprendido a cocinar platos de todo el mundo gracias a los amigos que habían recibido en su casa, pero en las mañanas tranquilas como esta, siempre preparaba el desayuno coreano tradicional que tanto amaba Seungmin –arroz caliente, sopa de miso casera, huevos revueltos con verduras, pescado ahumado y kimchi hecho por la madre de Seungmin. Mientras la comida se calentaba en la estufa, miró por la ventana hacia el jardín, donde los árboles de cerezo que habían plantado juntos hacía años ya empezaban a mostrar las primeras flores rosadas del año.
—Ya estoy despierto, sé que me estás preparando mi desayuno favorito —dijo una voz suave detrás de él.
Chan giró la cabeza y sonrió al ver a Seungmin en la puerta de la cocina, con el cabello desordenado por el sueño y llevando una bata de felpa gruesa que le llegaba hasta los tobillos. Habían cumplido diez años juntos, y aún así, cada vez que lo veía, sentía el mismo cosquilleo en el estómago que había sentido aquel día en la playa de Jeju donde se conocieron.
—¿Cómo adivinaste? —preguntó, extendiendo los brazos para recibirlo en un abrazo cálido—. Pensé que te quedarías dormido más tiempo.
—No puedo dormirme cuando hueles esta comida deliciosa —respondió Seungmin, hundiendo la cara en el pecho de Chan y respirando profundamente el aroma a café y comida casera—. Además, tenía muchas cosas en la cabeza y no podía seguir durmiendo.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó Chan, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Ya sabes que puedes contármelo todo.
Seungmin sonrió y le dio un beso suave en los labios antes de sentarse en la mesa de madera redonda que ocupaba el centro de la cocina.
—Es solo que he estado pensando en todo lo que hemos logrado en estos años —explicó mientras Chan le servía el desayuno—. La fundación ya ha ayudado a más de cien mil jóvenes músicos en todo el mundo, hemos organizado festivales en cinco continentes, el álbum colectivo fue nominado a premios internacionales... y aún así, a veces me pregunto si estamos haciendo lo suficiente.
Chan se sentó frente a él y tomó su mano sobre la mesa.
—Amor, hemos hecho más de lo que nadie podría esperar —dijo con calma—. Hemos creado puentes entre culturas, hemos ayudado a jóvenes a encontrar su voz a través de la música, hemos demostrado que el amor y la unidad son posibles incluso en un mundo que a veces parece dividido. No puedes pedirte más que eso.
—Lo sé —respondió Seungmin, sonriendo mientras comía un bocado de arroz—. Pero me gustaría hacer algo más, algo que tenga un impacto aún mayor. Me he estado planteando la idea de crear un centro internacional de música y arte en este bosque, un lugar donde jóvenes de todo el mundo puedan venir a estudiar, crear y colaborar sin importar su origen o sus posibilidades económicas.
Chan dejó el palillo en el plato y miró a Seungmin con los ojos brillantes. Había escuchado hablar de esta idea antes, pero nunca había sido tan clara como en ese momento.
—Eso es una idea increíble —dijo emocionado—. Ya hemos convertido nuestra casa en un punto de encuentro para músicos de todo el mundo, pero convertirla en un centro formal... sería el siguiente paso perfecto. Podríamos construir estudios de grabación, talleres de arte, alojamientos para los estudiantes... y todo integrado en el bosque, respetando la naturaleza que tanto amamos.
—Exactamente —dijo Seungmin, iluminándose—. He estado hablando con algunos arquitectos amigos, y ya tienen ideas sobre cómo construirlo sin dañar el ecosistema local. Además, varias organizaciones internacionales han manifestado interés en apoyarnos económicamente. El único problema es que necesitaríamos más espacio, y la propiedad colindante está a la venta desde hace tiempo. Pero es muy cara, y aunque la fundación tiene recursos, no estaría bien usar todo ese dinero en una sola compra.
Chan sonrió y se levantó de la mesa, acercándose a una de las estanterías que estaban en la pared de la cocina. Bajó un pequeño cofre de madera que llevaba cerrado con una cerradura de latón y lo colocó frente a Seungmin en la mesa.
—¿Qué es esto? —preguntó Seungmin con curiosidad.
—Es el dinero que he estado guardando desde que empezamos la fundación —explicó Chan, abriendo el cofre y mostrando dentro unos sobres de papel y documentos—. Cada vez que recibía un premio o un pago por alguna colaboración, guardaba una parte. Quería tener un fondo de emergencia para la fundación, pero creo que esto es un mejor uso para él. Además, mis padres y los tuyos también han querido contribuir –saben lo importante que es esto para nosotros.
Seungmin sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras miraba los documentos. Sabía que Chan siempre había sido cuidadoso con el dinero de la fundación, usando cada peso para ayudar a los jóvenes músicos, pero nunca imaginó que hubiera estado guardando dinero para algo así.
—Chan... —susurró, sin poder encontrar las palabras adecuadas—. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada —respondió Chan, tomándole la mano—. Sabía que algún día llegaríamos a este punto. Nuestra casa ya no es solo nuestra, es un hogar para todos los que creen en el poder de la música y el arte para cambiar el mundo. Crear este centro sería el legado perfecto que podemos dejar para las próximas generaciones.
Después del desayuno, llamaron a su equipo de trabajo y a los arquitectos que habían estado consultando, convocando una reunión para discutir los detalles del proyecto. Mientras esperaban a que llegaran, caminaron hasta el claro del bosque donde siempre iban a crear música juntos, donde habían organizado el primer festival "Raíces Unidas" hacía ya cinco años. El sol brillaba a través de las copas de los árboles, creando un efecto de luces y sombras que hacía parecer el lugar mágico.
—Aquí podría estar el escenario principal del centro —dijo Seungmin, extendiendo los brazos como si pudiera ver el edificio en su mente—. Los estudiantes podrían presentar sus creaciones aquí, en contacto directo con la naturaleza. Y justo allí, donde está el lago, podríamos construir los estudios de grabación, con ventanas grandes que den a la agua para que la música se mezcle con el sonido de las olas.
Chan miraba con admiración cómo su novio describía cada detalle del proyecto, con los ojos brillantes de emoción y la pasión que siempre lo había caracterizado. Habían pasado por mucho juntos –momentos difíciles en los que la fundación casi no pudo seguir adelante, viajes extenuantes por todo el mundo, críticas de quienes no creían en su sueño de unión cultural– pero siempre habían mantenido la fe en lo que hacían.
Cuando llegaron los miembros del equipo y los arquitectos, se reunieron en el gran salón de la casa, donde habían colocado una mesa grande con los planos iniciales del proyecto. El arquitecto jefe, un hombre llamado Minho que había sido amigo de Chan desde la universidad, empezó a explicar las ideas que tenían.
—El concepto principal es la integración con la naturaleza —dijo, extendiendo los planos sobre la mesa—. Vamos a usar materiales sostenibles, energías renovables y diseñaremos los edificios de manera que no alteren el hábitat de los animales del bosque. El centro contará con diez estudios de música, cinco talleres de arte, un auditorio para quinientas personas, alojamientos para cincuenta estudiantes y un comedor comunitario donde todos puedan compartir las comidas.
—Y lo más importante —añadió una arquitecta llamada Lia—. Hemos diseñado el centro de manera que sea accesible para personas con discapacidad, con rampas, ascensores y espacios adaptados para que todos puedan disfrutar de la música y el arte sin barreras.
Seungmin escuchaba atentamente cada palabra, haciendo preguntas sobre los materiales, los costos y los plazos de construcción. Chan lo miraba con orgullo, sabiendo que su pasión y dedicación eran la fuerza impulsora detrás de todo lo que hacían juntos.
Después de la reunión, cuando todos se habían ido y la casa volvía a quedar tranquila, Chan tomó la mano de Seungmin y lo llevó hasta el porche trasero de la casa, donde habían colocado unas hamacas entre los árboles. Se tumbaron juntas, mirando el cielo azul claro mientras la brisa del bosque movía las hojas de los árboles.
—¿Te acuerdas de cuando llegamos aquí por primera vez? —preguntó Seungmin, acurrucándose contra el pecho de Chan—. Era una casa vieja y abandonada, llena de polvo y arañas. Todos decían que estábamos locos por querer vivir aquí, que era demasiado aislado, demasiado difícil de mantener.
—Sí, recuerdo —respondió Chan, acariciándole el cabello—. Pero tú dijiste que sentías la energía del lugar, que sabías que aquí podríamos hacer grandes cosas. Y tenías razón. Esta casa ha sido testigo de tantos momentos hermosos –los primeros festivales, las colaboraciones musicales, las visitas de músicos de todo el mundo, los momentos de paz que hemos compartido juntos.
—Aún recuerdo la primera vez que organizamos un taller aquí —continuó Seungmin—. Eran unos quince niños del pueblo cercano, todos con ganas de aprender pero sin recursos para tomar clases de música. Tú les enseñaste a tocar la guitarra y yo les enseñé a cantar, y al final del día crearon una canción juntos que nos hizo llorar de emoción.
Chan sonrió, recordando aquel día. Había sido uno de los momentos más importantes de su vida, el momento en el que se dieron cuenta de que su trabajo iba más allá de hacer música –era sobre compartir su pasión, sobre ayudar a otros a encontrar su voz y su lugar en el mundo.
—Ese fue el día en que decidimos crear la fundación —dijo—. Tú me dijiste que no podíamos dejar que esa oportunidad se perdiera, que teníamos que encontrar la manera de llegar a más jóvenes como ellos. Y desde entonces, no hemos parado.
Pasaron la tarde en el porche, hablando de sus planes para el centro, de los países donde querían buscar estudiantes, de los profesores que podrían venir a dar clases. Seungmin había estado contactando a músicos y artistas de renombre en todo el mundo, y muchos habían aceptado con entusiasmo la idea de dar talleres y clases en el centro. Había incluso hablado con un famoso compositor de ópera que quería crear una obra colectiva con los estudiantes del centro, mezclando tradiciones musicales de todo el mundo.
—Me gustaría que el primer proyecto del centro sea una ópera que cuente la historia de la unión entre diferentes culturas —dijo Seungmin—. Podríamos tener estudiantes de África, Asia, Europa, América y Oceanía trabajando juntos en ella, cada uno aportando sus propias tradiciones y su propia voz. Sería la manifestación perfecta de lo que creemos.
—Esa es una idea maravillosa —respondió Chan—. Y podríamos presentar la ópera en diferentes países del mundo, llevando el mensaje de unión y amor que siempre hemos defendido.
Cuando la tarde empezó a dar paso a la noche, se levantaron y fueron a preparar la cena. Habían invitado a los miembros del grupo –Changbin, Han, Minho, Felix y Jeongin– a cenar con ellos para contárselos sobre el proyecto del centro. Sabían que su apoyo era fundamental, ya que habían sido parte fundamental de todo lo que habían logrado hasta ahora.
Los amigos llegaron antes de que anocheciera, trayendo comida y bebidas para compartir. Changbin había traído su kit de batería, y Han había traído su guitarra acústica, así que mientras preparaban la cena en la cocina, empezaron a tocar música juntos, creando melodías improvisadas que llenaban la casa de alegría y energía.
—¡Basta de música, chicos! —gritó Felix, riendo mientras revolvía una olla de curry en la estufa—. Si seguís así, la comida se va a quemar y no tendremos nada que comer.
Todos rieron y dejaron los instrumentos para ayudar con la cena. En poco tiempo, la mesa estaba llena de platos deliciosos –curry de coco, ensaladas frescas, pan casero, sushi hecho por Jeongin, y un postre de frutas tropicales que Felix había preparado con mucho cuidado.
Mientras comían, Chan y Seungmin les contaron sobre el proyecto del centro internacional de música y arte, mostrándoles los planos y explicando los detalles. Los amigos escucharon atentamente, haciendo preguntas y compartiendo sus propias ideas sobre cómo ayudar con el proyecto.
—Yo puedo encargarme de los sistemas de sonido y las instalaciones técnicas del centro —dijo Changbin—. He estado estudiando sobre sistemas sostenibles para estudios de grabación, y creo que puedo diseñar algo increíble que no dañe el medio ambiente.
—Y yo puedo coordinar los programas de intercambio con otras escuelas de música en todo el mundo —añadió Han—. Tengo contactos en muchos países, y estoy seguro de que muchos estarían interesados en colaborar con nosotros.
—Yo me encargo de la parte administrativa y de la selección de estudiantes —dijo Minho—. He trabajado en varias organizaciones de este tipo, y sé cómo hacer para que todo funcione sin problemas.
—Y nosotros nos encargamos de la cocina y del área de bienestar de los estudiantes —dijo Felix, tomando la mano de Jeongin—. Sabemos lo importante que es tener una comida buena y un ambiente cálido para que la creatividad fluya.
Chan y Seungmin miraron a sus amigos con los ojos llenos de gratitud. Habían empezado como un grupo de jóvenes con sueños de hacer música juntos, y ahora eran una familia que trabajaba juntas para cambiar el mundo.
Después de la cena, se dirigieron al claro del bosque, donde habían encendido una gran hoguera. Se sentaron en círculo alrededor del fuego, tomados de las manos y cantando las canciones que habían creado juntos a lo largo de los años. La música resonaba entre los árboles, mezclándose con el sonido de los grillos y el crujir del fuego, creando una atmósfera mágica que hacía sentir a todos como si estuvieran en un cuento de hadas.
—Quiero decir algo —dijo Seungmin, levantándose y tomando el micrófono que habían colocado cerca de la hoguera—. Hace diez años conocí a Chan en la playa de Jeju, y en aquel momento solo sabía que había encontrado a alguien especial. Nunca imaginé que juntos construiríamos todo esto –una fundación que ayuda a miles de jóvenes, festivales que unen culturas de todo el mundo, y ahora un centro que será un hogar para la música y el arte. Pero lo más importante de todo es que he encontrado a la persona con la que quiero compartir el resto de mi vida, y he encontrado una familia en cada uno de ustedes.
Todos aplaudieron y gritaron de emoción, mientras Chan se levantaba y se acercaba a Seungmin, tomándole la mano.
—Yo también quiero decir algo —dijo Chan, mirando a Seungmin a los ojos—. Seungmin es la persona más increíble que he conocido en mi vida. Su pasión, su dedicación y su amor son la fuerza que me impulsa a seguir adelante cada día. Cuando empecé este camino, solo quería hacer música que tuviera un significado, pero él me enseñó que la música puede ser mucho más que eso –puede ser un puente, una sanación, una forma de unir al mundo. Hoy quiero hacerle una pregunta que debería haber hecho hace mucho tiempo.
Se sacó una pequeña caja de su bolsillo y se arrodilló frente a Seungmin, quien miraba con los ojos abiertos de sorpresa y las lágrimas cayendo por sus mejillas.