Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 3
No tardó mucho.
Adalia apenas había terminado de acomodar su cabello frente al espejo cuando escuchó pasos apresurados en el pasillo. No eran discretos. Eran firmes, irritados… teatrales.
Una voz femenina, aguda y autoritaria, se escuchó antes incluso de que la puerta se abriera.
—¡Adalia!
La puerta volvió a abrirse sin tocar.
Pero esta vez no era una simple sirvienta.
Era Beatriz.
Entró con la espalda recta y el mentón elevado, como si estuviera ingresando a un salón de baile y no a la habitación de su sobrina. Las joyas tintinearon suavemente con cada paso. Un collar de perlas gruesas descansaba sobre su cuello, pendientes de oro enmarcaban su rostro y varios anillos brillaban exageradamente bajo la luz de la mañana.
Detrás de ella, Mira caminaba con la cabeza baja… pero lo suficientemente cerca como para dejar claro que había ido a buscar respaldo.
Adalia las observó a ambas en el reflejo del espejo antes de girarse con calma.
—Tía.
Su voz fue serena. Demasiado serena.
Beatriz frunció el ceño.
—¿Qué es lo que me dicen? —preguntó con tono severo—. ¿Te atreviste a insultar a la servidumbre? ¿Acaso necesitas que vuelva a recordarte cómo debes comportarte?
El aire en la habitación se volvió más pesado.
Mira fingió un sollozo.
—Yo solo vine a cumplir con mis deberes, señora… pero la señorita me habló con desprecio… me humilló…
Adalia no apartó la mirada de su tía.
La recorrió de pies a cabeza.
Con lentitud.
Sin disimulo.
El vestido que llevaba era nuevo. Seda importada, corte moderno, bordados delicados. Nada discreto. Nada modesto. El tipo de prenda que gritaba lujo innecesario.
Su mirada descendió al collar.
Reconocía esas perlas.
Habían pertenecido a su madre.
Algo en su interior se tensó.
Bufó suavemente.
Beatriz entrecerró los ojos.
—¿Qué es tan gracioso?
Adalia inclinó apenas el rostro, como si la pregunta fuera genuinamente curiosa.
—Solo estaba pensando… —respondió con suavidad— que la señora de esta casa parece estar cada día más espléndida.
El comentario no sonó como halago.
Sonó como observación.
Beatriz dio un paso adelante.
—No cambies el tema. Me dicen que la trataste como basura. ¿Olvidas quién te ha mantenido estos dos años? ¿Olvidas que gracias a nosotros tienes un techo?
La última palabra apenas había terminado de salir cuando levantó la mano.
Con intención clara.
La cachetada no llegó.
Adalia la detuvo.
Su mano se cerró con firmeza alrededor de la muñeca de su tía antes de que el golpe pudiera completarse.
El sonido del contacto fue seco.
Silencio.
Mira abrió los ojos con sorpresa.
Beatriz quedó congelada.
Nunca.
En dos años.
Adalia le había detenido la mano.
Siempre bajaba la mirada.
Siempre aceptaba el castigo.
—Al parecer —dijo Adalia con voz baja pero firme—, usted es quien necesita recordar modales.
Sus ojos claros no vacilaron.
—Entrar a la habitación de alguien sin tocar es una falta de educación básica. Golpear a la dueña de la mansión… lo es aún más.
Beatriz palideció.
—¿Dueña?
—Sí —respondió con serenidad—. Esta mansión me pertenece. Mi padre la construyó. Mi apellido la sostiene. Ustedes la administran… temporalmente.
Cada palabra cayó como una pieza perfectamente colocada.
—¿Y cuál es el problema si reprendo a una sirvienta? —continuó—. Trabajan para mí. Si faltan al respeto, las corrijo. Así funciona el orden.
Mira comenzó a temblar de verdad.
—Señorita, yo no…
—Entraste sin tocar. Me hablaste con desdén. ¿Esperabas un aplauso?
Beatriz logró recuperar el habla.
—¡Cómo te atreves a hablarme así! ¡Te hemos criado como a una hija!
Adalia soltó lentamente la muñeca de su tía.
Se levantó por completo.
Se acercó.
Muy cerca.
Lo suficiente para que Beatriz sintiera el cambio en su presencia.
—¿Criarme? —su voz fue casi un susurro—. Qué dedicación tan admirable. Mientras yo vivía en el ala más antigua, usted llenaba armarios con vestidos nuevos. Mientras reducía mi asignación, compraba joyas. Incluso se atrevió a usar las de mi madre… —su mirada descendió al collar— joyas que yo misma no he tocado desde su muerte.
Beatriz quedó sin palabras.
Adalia no se detuvo.
—Dígame, tía… ¿valgo menos que una sirvienta? Porque parece que su prioridad hoy es reprenderme por corregir a alguien que me trató como si yo fuera la intrusa en mi propia casa.
El silencio fue absoluto.
Por primera vez… Beatriz no tenía respuesta preparada.
La compostura se le quebró apenas un segundo.
Luego, con un gesto brusco, giró hacia Mira.
Y, para salvar su orgullo…
La abofeteó.
El sonido fue claro.
—¡Insolente! —exclamó—. ¿Cómo te atreves a inventar cosas y faltarle el respeto a la señorita?
Mira llevó una mano a su mejilla, confundida y humillada.
Beatriz alisó su vestido, recuperando su aire de superioridad.
—No volverá a ocurrir, Adalia —dijo con tono forzado—. Me aseguraré personalmente.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la habitación con pasos rápidos.
La puerta se cerró.
El silencio volvió.
Mira permanecía allí, atónita.
Adalia la miró con una leve inclinación de cabeza.
—Puedes retirarte.
La sirvienta salió casi corriendo.
Cuando por fin quedó sola, Adalia dejó escapar una pequeña sonrisa.
El silencio en la habitación duró apenas unos segundos más.
Adalia se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina. El jardín se extendía amplio bajo la luz de la mañana, perfectamente cuidado… al menos en apariencia.
—Interesante —murmuró, observando las fuentes y los senderos de piedra—. Todo luce en orden cuando se mira desde lejos.
Pero ella ya sabía que las apariencias eran lo de menos.
Se giró con decisión y caminó hacia la campanilla de plata sobre la mesa auxiliar. La hizo sonar una vez.
El tintineo fue claro.
No tardaron en escucharse pasos.
Esta vez, dos sirvientas distintas entraron, tocando antes de cruzar el umbral.
—¿Mi lady?
Adalia las observó con atención. Una de ellas era mayor, de expresión más serena; la otra parecía joven y nerviosa, seguramente ya había oído lo ocurrido minutos antes.
Bien.
El miedo era útil.
—Prepárenme para salir —ordenó con calma—. Algo adecuado para recorrer la propiedad.
Ambas intercambiaron una mirada breve, sorprendidas.
—¿Recorrer… la propiedad? —repitió la más joven, sin poder evitarlo.
Adalia la miró.
No con dureza esta vez.
Con claridad.
—Sí. La propiedad que lleva mi apellido.
Las sirvientas inclinaron la cabeza.
—Enseguida, mi lady.
Mientras la ayudaban a cambiarse, Adalia permaneció en silencio, observando cada detalle del vestidor. Los armarios no estaban vacíos, pero tampoco rebosaban lujo. Los tonos eran sobrios, discretos, casi apagados. Nada que compitiera con la presencia de la esposa de su tío.
Interesante.
—¿Siempre visto estos colores? —preguntó con naturalidad mientras una de ellas ajustaba el corsé.
—La señora Beatriz suele decir que los tonos llamativos no son apropiados para… su posición actual —respondió la mayor con cautela.
Adalia sonrió levemente.
—Ya veo.
Su posición actual.
Es decir: una heredera temporalmente silenciada.
Entre telas de tonos discretos y cortes anticuados, hubo uno que destacó.
No por ser el más colorido.
Ni el más cargado.
Sino por el equilibrio perfecto entre sobriedad y dominio.
El vestido negro de falda amplia descansaba con una elegancia silenciosa. El corsé ajustado marcaba firmeza, mientras las mangas claras de encaje suavizaban el conjunto sin restarle carácter.
Adalia lo observó en silencio.
—Este.
Las sirvientas intercambiaron miradas.
—¿El negro, mi lady?
—Sí.
Mientras la ayudaban a colocárselo, Adalia sintió algo curioso.
No era solo tela.
Era postura.
El corsé la obligaba a mantener la espalda recta. La falda pesada exigía pasos firmes. Los guantes oscuros ocultaban la suavidad de sus manos.
Cuando estuvo lista, se miró al espejo.
No vio a la joven que aceptaba reprimendas.
Vio a alguien que no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar.
—Necesitaré nuevos vestidos —dijo con calma mientras acomodaba un mechón dorado sobre su hombro—. Diseños más acordes a mi posición.
—¿Desea que informemos a la señora Beatriz para el presupuesto? —preguntó la más joven con timidez.
Adalia sonrió apenas.
—No. Informarán al administrador. Y esta vez… el presupuesto pasará por mis manos.
La sirvienta mayor inclinó la cabeza con más respeto que antes.
Mientras acomodaban su cabello dorado en ondas suaves, su mente no dejaba de trabajar.
Si quería romper el compromiso con Godric, necesitaba más que voluntad.
Necesitaba poder.
Y el poder empezaba por el control de su propia casa.
—Díganme —preguntó con tono casual—, ¿cuántos empleados trabajan actualmente en la mansión?
Las manos que sostenían los peines vacilaron apenas.
—Unos treinta, mi lady.
—Quiero la lista completa. Nombres, funciones y tiempo de servicio. Esta tarde.
Ambas asintieron.
Adalia se puso de pie frente al espejo una vez más. La imagen que devolvía el reflejo no era la de una joven tímida esperando matrimonio.
Era la de alguien que estaba a punto de reclamar lo que le pertenecía.
—Y otra cosa —añadió antes de salir—. A partir de hoy, cada orden que provenga de mi tía o de mi primo relacionada con gastos deberá informárseme primero.
La sirvienta mayor abrió ligeramente los ojos.
—¿Incluso si…?
—Especialmente si.
No alzó la voz.
No necesitó hacerlo.
Salió de la habitación con pasos firmes, la falda rozando el suelo con elegancia. Los pasillos parecían distintos ahora que los recorría con intención. Las pinturas, los candelabros, las alfombras… todo le pertenecía. Todo había sido levantado con el esfuerzo de su padre.
Y durante dos años… ella lo había cedido sin luchar.
No más.
Mientras descendía las escaleras principales, varios sirvientes se detuvieron al verla. Algunos inclinaron la cabeza con torpeza, otros con rapidez exagerada.
La noticia ya corría.
La señorita había cambiado.
Adalia no sonrió.
No necesitaba hacerlo.
Si quería romper el compromiso, debía demostrar que no era una pieza fácil de mover en el tablero imperial.
Y eso empezaba aquí.
En su propia casa.
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