En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: El cerrojo de la desesperación
El amanecer en el Castillo de Colmillo de Hierro llegó con una neblina densa que parecía asfixiar las torres de granito. Evangeline no había cerrado los ojos en toda la noche. El eco de la traición de Alistair y la humillación de Elena todavía resonaban en sus oídos como un zumbido constante. Con el cuerpo entumecido y el alma hecha jirones, se levantó de las pieles en cuanto escuchó que el silencio finalmente reinaba en la habitación de al lado.
Se vistió con movimientos mecánicos, poniéndose una capa gruesa de lana para ocultar su camisón desgarrado y el temblor de sus manos. No tenía un plan, solo una necesidad visceral de alejarse de los muros que la habían visto ser humillada. Salió de los aposentos con pies descalzos, moviéndose como una sombra por los pasillos de piedra fría, esquivando a los pocos sirvientes que comenzaban sus labores.
Logró cruzar el gran salón y llegar al patio de armas. El aire gélido del norte le golpeó el rostro, dándole una falsa sensación de libertad. Corrió hacia el enorme portón de hierro, la única barrera que la separaba de los bosques y, quizás, del camino de regreso a su aldea. Pero antes de que sus dedos pudieran rozar la madera reforzada, dos lanzas se cruzaron frente a ella con un estrépito metálico.
—¿A dónde cree que va, señorita? —preguntó uno de los guardias, su voz carente de toda emoción.
Evangeline se detuvo en seco, con el corazón martilleando contra sus costillas. Miró a los soldados, hombres de rostros curtidos que solo obedecían las órdenes del General Thorne.
—Yo... solo quería caminar —susurró ella, intentando mantener la voz firme—. Necesitaba aire fresco. El castillo es... opresivo.
—El General dio órdenes estrictas —respondió el otro guardia, mirándola con una mezcla de lástima y sospecha—. Nadie entra ni sale sin su permiso. Y usted, menos que nadie.
—¡Solo es un paseo! —insistió ella, la desesperación empezando a quebrar su voz—. ¡No voy a huir!
—¿Ah, no?
La voz de Alistair surgió de entre las sombras del corredor, gélida y cargada de una autoridad que hizo que los guardias se pusieran firmes de inmediato. El General vestía de negro, con los ojos inyectados en sangre y una expresión de cansancio y furia que lo hacía parecer un demonio recién salido del infierno. Se acercó a ella con pasos lentos, cada pisada resonando en el patio como una sentencia.
Alistair la tomó del brazo, no con la fuerza brutal de la noche anterior, pero sí con una firmeza que no admitía réplica.
—¿Un paseo, Evangeline? —se mofó él, su aliento todavía conservando un rastro amargo del vino—. ¿A estas horas y vestida de esta manera? ¿A quién crees que engañas?
—¡Déjame ir! —gritó ella, olvidando por un momento la sumisión—. ¡Ya has tenido lo que querías! ¡Me has humillado, me has reemplazado! ¿Qué más quieres de mí?
Alistair la miró fijamente, y por un segundo, un destello de algo parecido al remordimiento cruzó sus ojos azules, pero fue aplastado rápidamente por su orgullo y su necesidad de control.
—Quiero que entiendas que este es tu mundo ahora —sentenció él—. No hay paseos, no hay aldeas y no hay libertad. Solo hay lo que yo decida.
La arrastró de regreso hacia el interior del castillo, ignorando sus sollozos y sus débiles intentos de zafarse. Al llegar a la habitación principal, la empujó dentro y se giró hacia el guardia que lo seguía.
—Cierra la puerta —ordenó Alistair—. Y tráeme la llave. A partir de hoy, esta habitación será su celda. No saldrá de aquí ni para ver el sol, a menos que yo mismo venga a buscarla.
El sonido del cerrojo girando fue como un martillazo final sobre el corazón de Evangeline. Se quedó sola en la penumbra de la estancia, rodeada del lujo que ahora era su prisión, comprendiendo que el General Thorne no solo había reclamado su cuerpo, sino que ahora estaba decidido a encarcelar su existencia entera tras muros de piedra y leyes de acero.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰