Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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El baile de invierno
El Baile de Invierno del Palacio Real era, sin duda, el evento más esperado de toda la temporada social en Eldoria.
Cada año, los grandes salones del palacio se transformaban en un espectáculo de luz, música y elegancia. Cientos de candelabros de cristal iluminaban el techo dorado, las orquestas tocaban melodías que flotaban por las galerías y las familias nobles acudían vestidas con sus mejores galas.
Pero aquella noche tenía algo especial.
Por primera vez en meses, el príncipe Edward regresaba de uno de sus largos viajes diplomáticos.
Y todos en la corte esperaban ver algo que ya parecía inevitable.
Muchos estaban convencidos de que el príncipe anunciaría su compromiso con Lady Valeria Ansford.
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Valeria llegó al palacio acompañada por su madre poco después de que comenzara la velada.
Su vestido era de un azul profundo que parecía cambiar de tono con la luz de las velas. El corsé estaba delicadamente bordado con pequeños hilos plateados que brillaban cuando caminaba.
Su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, adornado con una pequeña tiara de diamantes que había pertenecido a su abuela.
Cuando entró al gran salón, varias miradas se volvieron hacia ella.
No era solo su belleza lo que atraía la atención.
Era el lugar que había comenzado a ocupar en la historia de la corte.
La joven que, según muchos, pronto se convertiría en princesa.
—Esta noche todos te están observando —susurró su madre mientras caminaban entre los invitados.
Valeria sonrió ligeramente.
—Eso me pone un poco nerviosa.
—Debería ponerte orgullosa.
Pero Valeria no pensaba en orgullo.
Pensaba en Edward.
No lo había visto en casi tres semanas.
Sus cartas habían sido breves durante el viaje, pero siempre terminaban con la misma promesa:
"Cuando vuelva, todo será diferente."
Valeria no sabía exactamente qué significaba eso.
Pero su corazón había decidido interpretarlo de la mejor manera.
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La música de la orquesta llenaba el salón cuando finalmente lo vio.
El príncipe Edward estaba de pie cerca de una de las columnas principales del salón, conversando con varios nobles importantes.
Vestía su uniforme formal de gala, oscuro, con detalles dorados que reflejaban la luz de los candelabros.
Pero no era su vestimenta lo que hizo que Valeria se detuviera.
Era la mujer que estaba a su lado.
Una joven rubia, elegante, que parecía hablar con Edward con una cercanía demasiado natural.
Valeria sintió una pequeña incomodidad en el pecho.
Nada grave.
Solo una sensación extraña.
Edward levantó la mirada en ese momento.
Sus ojos encontraron inmediatamente a Valeria.
Por un segundo pareció sorprendido.
Luego sonrió.
Se despidió rápidamente del grupo de nobles y caminó hacia ella.
—Valeria.
Su voz tenía el mismo tono cálido de siempre.
—Edward.
Por un momento todo pareció volver a la normalidad.
Él tomó su mano y la besó suavemente.
—Te ves hermosa esta noche.
Valeria sintió que el ligero malestar desaparecía.
—Pensé que no ibas a llegar nunca.
Edward sonrió.
—Lo prometí.
Pero cuando Valeria miró nuevamente hacia el lugar donde él estaba antes, notó algo.
La joven rubia seguía observándolos.
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El baile continuó.
Edward la invitó a la primera danza y durante unos minutos todo pareció igual que antes.
Giraban al ritmo de la música, rodeados por las otras parejas del salón.
Valeria lo miraba con la misma confianza de siempre.
Pero Edward… parecía ligeramente distraído.
No lo suficiente para que cualquiera lo notara.
Pero sí para que algo comenzara a inquietar a Valeria.
—¿Todo está bien? —preguntó ella suavemente mientras danzaban.
Edward tardó un segundo en responder.
—Claro.
Sonrió.
—Solo estoy cansado del viaje.
Valeria asintió.
Quiso creerle.
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Más tarde, cuando la música hizo una pausa y los invitados comenzaron a moverse por el salón, Valeria decidió salir un momento a una de las galerías del jardín para tomar aire.
El frío del invierno era suave aquella noche, y la luna iluminaba los senderos del palacio.
Caminó lentamente entre las columnas de mármol.
Necesitaba unos minutos para ordenar sus pensamientos.
No sabía exactamente por qué se sentía inquieta.
Quizás solo era la presión de la noche.
Las expectativas.
Los rumores.
Cuando decidió regresar al salón principal, tomó un camino diferente por uno de los corredores laterales del palacio.
Un pasillo más tranquilo, iluminado solo por algunas velas.
Fue entonces cuando escuchó una risa.
Una risa femenina.
Valeria se detuvo.
La voz le resultaba extrañamente familiar.
Dio unos pasos más.
Y entonces lo vio.
Al final del corredor, parcialmente ocultos por una columna, estaban Edward y la joven rubia.
Pero no estaban conversando.
Estaban demasiado cerca.
Edward tenía una mano apoyada en la pared, inclinándose hacia ella.
La joven reía suavemente.
Valeria sintió que algo dentro de su pecho se detenía.
Quiso pensar que estaba interpretando mal la escena.
Quiso convencerse de que solo era una conversación privada.
Pero entonces ocurrió.
Edward inclinó la cabeza.
Y la besó.
El tiempo pareció congelarse.
El sonido de la música del salón llegaba lejano.
El corazón de Valeria latía con fuerza en sus oídos.
Durante unos segundos simplemente se quedó allí, mirando algo que su mente se negaba a aceptar.
Edward.
El hombre que le había prometido que nunca la lastimaría.
El hombre que toda la corte creía que estaba enamorado de ella.
Estaba besando a otra mujer.
Valeria dio un pequeño paso hacia atrás.
No quería que la vieran.
No quería enfrentarlo allí.
No todavía.
Se giró lentamente y caminó por el corredor en dirección opuesta.
Cada paso se sentía extraño, como si el suelo ya no fuera completamente firme.
Cuando regresó al salón principal, nadie parecía notar que algo había cambiado.
La música continuaba.
Las parejas seguían bailando.
La corte seguía celebrando.
Pero para Valeria, todo era diferente ahora.
Porque en un solo momento había comprendido algo que jamás imaginó.
Las promesas pueden romperse.
Incluso las promesas de un príncipe.
Y lo que ella todavía no sabía era que aquella traición no solo cambiaría su corazón.
También cambiaría su destino.
Porque alguien más, desde uno de los balcones superiores del salón, había observado todo.
Alguien que hasta ese momento apenas había prestado atención a la joven Ansford.
El rey Alexander IV.
Y esa noche, por primera vez, sus ojos se detuvieron en ella con verdadero interés.