A Bárbara Lopes le rompieron el corazón, vio sus sueños truncados y aprendió, de la peor manera, que confiar tiene un alto costo. Aun así, su lema es seguir intentándolo, incluso cuando no hay salida, porque nunca tuvo otras opciones.
Gustavo Medeiros, heredero de vastas tierras y empresario nato, vive recluido, aislado por los traumas del pasado y por la responsabilidad de criar solo a su hija. Acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida a través del trabajo, cree que así puede mantener el control de su mundo, aunque eso signifique mantenerse alejado de los demás.
Cuando los caminos de Bárbara y Gustavo se cruzan, dos mundos opuestos chocan. Entre heridas abiertas, decisiones difíciles y sentimientos inesperados, él empieza a ver cómo se le escapa el control, mientras ella se enfrenta a la difícil decisión de volver a confiar.
Una historia de nuevos comienzos, decisiones y el valor de volver a confiar, incluso cuando el pasado sigue doliendo.
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Capítulo 20
Gustavo
Veo a Bárbara alejarse por el pasillo hasta desaparecer en la penumbra de la casa. Solo entonces me doy cuenta de que estoy demasiado quieto, con la mano apoyada en la encimera, el cuerpo todavía atento, como si algo pudiera volver a suceder en cualquier instante.
La cocina se hace demasiado grande sin ella.
El olor a leche caliente aún persiste en el aire, mezclado con algo más difícil de nombrar. Miedo antiguo. Fragilidad expuesta. Cosas que no se olvidan fácil.
Cierro los ojos por un segundo.
La imagen vuelve sin pedir permiso.
Ella apoyada en la encimera, rígida, los ojos perdidos en algún lugar que no era aquí. La respiración corta, el cuerpo bloqueado como si estuviera atrapada en una trampa invisible. Aquella mirada… no era susto. Era recuerdo. De aquellos que muerden hondo.
Me paso la mano por el rostro, despacio.
Ya he visto ese estado antes. En gente quebrada por la vida. En mí mismo, años atrás, cuando el silencio hacía más ruido que cualquier grito.
Quien le hizo esto no dejó marcas visibles. Pero dejó estragos. Profundos. De aquellos que despiertan por la noche, que transforman un ruido común en amenaza.
Aprieto la mandíbula.
No me gusta la sensación de impotencia. Nunca me gustó. Pero, esta vez, entiendo que no se trata de resolver. Se trata de vigilar. Estar atento. Garantizar que ella sepa —incluso cuando no consigue recordar— que aquí es seguro.
Camino hasta la ventana y miro la hacienda adormecida. Tierra oscura, vasta, firme. Mía. Responsabilidad mía.
Y ahora, de algún modo que aún no sé explicar, ella también lo es.
Respiro hondo, dejando que el aire frío de la noche entre en los pulmones.
No puedo cambiar su pasado.
Pero puedo garantizar que, de aquí en adelante, nadie más la asuste dentro de mi casa.
Apago la luz de la cocina y sigo hacia el cuarto.
Pero el sueño tarda.
Porque algunas presencias llegan sin aviso…
y se quedan.
El cuarto está oscuro, silencioso de más. Me acuesto, me giro para un lado, después para el otro. El colchón cruje bajo, la casa cruje como siempre crujió… pero nada de eso me arrulla.
El sueño no viene.
Cierro los ojos y la imagen vuelve, terca: Bárbara apoyada en la encimera, la mirada perdida, el cuerpo bloqueado como si aún estuviera atrapada en otro tiempo. El llanto pesado contra mi pecho. La forma en que se aferró a mí.
Respiro hondo.
Me levanto de una vez. No vale la pena insistir. Cuando la cabeza no descansa, el cuerpo necesita moverse.
Me pongo la camisa gruesa, me calzo las botas. El cuero conocido me trae un poco de suelo. Tomo el sombrero antes de salir, más por hábito que por necesidad.
Allá afuera, la noche está limpia. El cielo abierto, punteado de estrellas. El aire frío golpea el rostro y despierta de una vez lo que aún estaba lento dentro de mí.
En el establo, el caballo levanta la cabeza al oírme. Reconoce mis pasos. Reconoce el cansancio que no es físico.
—Vamos a dar una vuelta —murmuro, pasando la mano por el cuello de él.
La silla cruje bajo mientras monto. Cuando comenzamos a andar, el ritmo del paso va organizando mis pensamientos. Uno, dos. Uno, dos. Tierra firme bajo los cascos. Movimiento constante.
Cabalgo sin prisa por los límites de la hacienda. Las cercas, el campo abierto, la luna acompañando de lejos. Siempre hice esto cuando necesitaba pensar sin palabras.
Pero hoy no pienso en negocios. Ni en cuentas. Ni en problemas antiguos.
Pienso en ella.
En la fragilidad que no combina con la fuerza que carga. En el silencio que grita. En el modo en que se calmó solo por no estar sola.
Aprieto las riendas levemente.
Algunas personas llegan pidiendo trabajo. Otras, abrigo.
Bárbara llegó pidiendo nada…
pero trayendo una tempestad entera en los ojos.
El caballo sigue firme. La noche escucha.
Y yo sé, con una claridad que me quita el poco sueño que aún quedaba:
Nada en aquella casa va a lastimarla mientras yo esté cerca.