Isadora Valença creía vivir un matrimonio perfecto… hasta descubrir que su marido la engañaba con su mejor amiga.
Poco tiempo después, un accidente la hace desaparecer.
Para todos, Isadora murió.
Años más tarde, regresa como Lívia Montenegro, una mujer fría, poderosa e irreconocible. Con una nueva identidad y un imperio en sus manos, su único objetivo es ajustar cuentas con el pasado.
El destino la pone nuevamente frente a frente con Adriano Bastos, el hombre que la destruyó. Arrepentido y marcado por la culpa, se enamora de Lívia… sin saber que ella es la esposa que cree haber perdido para siempre.
Entre venganza, deseo y sentimientos sin resolver, Isadora debe decidir:
¿revelar la verdad… o hacerlo pagar hasta el final?
Una historia de renacimiento, poder femenino y venganza emocional.
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Capítulo 10
Lívia Montenegro no creía en coincidencias.
Creía en movimientos mal calculados, en personas predecibles y en destinos que se doblegaban cuando se presionaban en el punto correcto. Por eso, cuando recibió la invitación para el almuerzo benéfico organizado por la Fundación Bastos, no sintió sorpresa. Solo confirmó su asistencia.
Era exactamente allí donde ella necesitaba estar.
El salón elegido era elegante, con ventanas altas y luz natural cuidadosamente distribuida. Todo en aquel evento tenía un propósito: imagen, estatus, narrativa. Lívia llegó a la hora exacta, vistiendo un conjunto claro de líneas precisas. No usaba joyas llamativas. No necesitaba.
Adriano la estaba esperando.
—Me alegra que hayas venido —dijo él, acercándose con una sonrisa contenida—. Este evento suele ser… predecible.
—Entonces vamos a hacerlo útil —respondió Lívia, con elegancia.
Mientras caminaban entre las mesas, Lívia observaba. No solo el ambiente, sino a Adriano. El modo en que se movía, las miradas que intercambiaba, la atención que parecía siempre dividida entre el presente y algo que no estaba allí.
Ella sabía exactamente qué era.
El pasado tiene la pésima costumbre de no respetar límites.
—Quiero presentarte a alguien —dijo Adriano, después de algunos minutos—. Ella forma parte de la fundación desde hace años.
Lívia asintió levemente.
—Claro.
Se acercaron a una mesa más apartada. Una mujer estaba sentada allí, hojeando el programa del evento con desinterés contenido. Cuando levantó la mirada, Lívia reconoció inmediatamente.
Clara.
El tiempo había sido menos generoso con ella. Había líneas de cansancio alrededor de los ojos, una rigidez en la sonrisa que no existía antes. Aun así, era inconfundible.
Lívia sintió algo frío recorrer su espina dorsal.
No sorpresa.
Reconocimiento.
—Clara —llamó Adriano—. Quiero que conozcas a Lívia Montenegro.
Clara se levantó, extendiendo la mano con cordialidad ensayada.
—Un placer —dijo, evaluando a Lívia con curiosidad profesional—. Ya he oído hablar mucho de ti.
Lívia estrechó su mano con firmeza calculada, sosteniendo la mirada por un segundo más de lo necesario.
—Imagino —respondió, con una sonrisa elegante—. El placer es mío.
Clara frunció el ceño levemente, como si algo no encajara. Un desconfort sutil, casi imperceptible. Lívia lo notó.
—¿Trabajas con Adriano desde hace mucho tiempo? —preguntó Lívia, con interés aparente.
—Desde antes de la fundación —respondió Clara—. Somos… cercanos.
La palabra fue elegida con cuidado.
—Entiendo —dijo Lívia—. Las relaciones duraderas suelen dejar marcas.
Clara sintió el comentario como un toque inesperado.
—¿Y tú? —devolvió—. Estás en el país desde hace poco, ¿no es así?
—Tiempo suficiente —respondió Lívia—. Algunos cambios exigen distancia antes de suceder.
Adriano observaba el intercambio con atención redoblada, sin comprender el motivo del leve desconfort que se instalaba.
—Lívia ha sido esencial para nuestros nuevos proyectos —comentó—. Una visión… diferente.
—Se nota —respondió Clara, volviendo la mirada hacia Lívia—. Pareces muy segura.
—La seguridad suele venir después de la pérdida —dijo Lívia, con naturalidad aterradora—. Cuando no hay nada más que proteger, sobra espacio para crecer.
El silencio que siguió fue breve, pero denso.
Clara desvió la mirada primero.
—Necesito hablar con uno de los patrocinadores —dijo, apresurada—. Fue un placer.
—Igualmente —respondió Lívia.
Clara se alejó con pasos rápidos, sintiendo el corazón latir fuera de ritmo. No sabía explicar el motivo, pero aquella mujer había despertado algo desconfortable. Un escalofrío antiguo, casi olvidado.
—Parece tensa —comentó Adriano.
—Las personas que esconden cosas suelen serlo —respondió Lívia, sin mirarlo.
El resto del evento transcurrió sin incidentes. Lívia conversó con inversores, sonrió cuando fue necesario, observó todo. Pero su atención volvía, de vez en cuando, a Clara, que parecía inquieta, evitando cruzar miradas.
Al final, cuando se despedían, Adriano tocó levemente el brazo de Lívia.
—¿Estás bien? —preguntó—. Estuviste más silenciosa después de conocer a Clara.
—Solo pensando —respondió ella—. En cómo el pasado insiste en sobrevivir.
Él asintió, sin entender.
—¿Cena mañana? —invitó—. Algo más tranquilo.
Lívia vaciló por un segundo.
—Mañana —dijo—. Puede ser.
En el coche, sola, Lívia respiró hondo por primera vez en horas. El encuentro había sido más intenso de lo que imaginaba. Ver a Clara allí, viva, integrada, aún presente en la vida de Adriano… confirmó lo que ella ya sabía.
Nada había sido cerrado.
En casa, abrió un archivo antiguo en el ordenador. Un dosier simple, pero completo.
Clara.
Fechas. Movimientos. Relaciones. Pérdidas.
Lívia pasó los ojos por la información, sin prisa.
—Aún no lo sabes —murmuró—. Pero ya estás en el centro del tablero.
Cerró el portátil y caminó hasta la ventana. La ciudad brillaba allá abajo, indiferente.
La venganza no sería ruidosa.
Sería elegante.
Y comenzaría exactamente así:
haciendo que Clara sienta que algo —o alguien— estaba fuera de lugar.
Sin jamás saber por qué.