La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Indiscreto
La mansión estaba sumida en un silencio cuando el médico real llegó precisamente pasada la medianoche. El eco de sus pasos resonó en el pasillo. Afuera, Londres seguía vibrando con su vida nocturna, pero dentro de aquella casa, todo parecía suspendido en un misterioso impasse.
Eleonora, agotada tras la fiesta y aún con la sensación nauseabunda que venía arrastrando desde la tarde, esperaba sentada en la cama con un camisón de seda color marfil y una bata gruesa que apenas lograba mantenerle el calor. Sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la tela, incapaces de permanecer quietos. El duque Rowan aguardaba afuera, caminando de un lado a otro frente a la puerta como si su vida dependiera de lo que estaba a punto de escucharse dentro de esa habitación.
El médico, un hombre mayor de rostro afable, entró en silencio. Cerró la puerta sin hacer ruido y se inclinó en una leve reverencia antes de acercarse a ella.
—Milady —saludó—, será rápido. No necesita preocuparse por nada.
Eleonora asintió, aunque dentro de ella se retorcía una ansiedad que no recordaba haber sentido desde el funeral de su esposo.
El médico comenzó a revisarla con la precisión y formalidad propias de su posición. Sus movimientos eran gentiles, pero el ambiente cargado hacía que todo pareciera más lento de lo habitual. Eleonora se aferraba a las sábanas cada vez que él anotaba algo en su cuaderno o fruncía el ceño para observar algún detalle.
Cuando terminó, guardó sus instrumentos con calma. Luego levantó la mirada y sonrió con suavidad.
—Felicidades, milady —dijo—. Está usted embarazada.
El mundo de Eleonora se detuvo, dejó de escuchar el tic-tac del reloj de pared, dejó de sentir el peso de la bata sobre sus hombros, incluso el frío de la habitación se desvaneció.
Todo quedó envuelto en un silencio opresivo.
Ella parpadeó sin comprender del todo. Se llevó una mano al pecho, como si necesitara cerciorarse de que seguía respirando.
—¿Qué… qué dijo? —acertó a pronunciar, pero su voz era apenas un susurro.
El médico repitió la noticia con la misma serenidad de antes.
Eleonora sintió que una oleada fría le recorría la columna. Todo su cuerpo reaccionó al mismo tiempo: el corazón golpeó con fuerza, su estómago se contrajo y sus ojos se llenaron de lágrimas inesperadas.
—Eso no es posible… —dijo de forma entrecortada—. Con mi difunto esposo… no pudimos tener hijos hasta que un médico intervino. Y él… él aseguró que no podría concebir nuevamente sin otro procedimiento.
—Comprendo su confusión, milady —contestó el doctor con comprensión—. Pero los cuerpos cambian. He visto excepciones en casos muy similares al suyo. Lo cierto es que está usted esperando un hijo.
Un hijo.
La palabra le cayó encima como una sentencia.
—Gracias, doctor —logró murmurar—. Envíeme la factura… sin detalles. Ponga el monto que considere. Lo pagaré.
El hombre asintió, comprendiendo su necesidad de discreción, y salió con otra leve reverencia.
Cuando la puerta se abrió, Rowan casi se precipitó hacia adentro de la ansiedad que llevaba acumulada.
—¿Qué ocurre? —preguntó sin respiración, acercándose de inmediato—. ¿Qué dijo el médico?
Eleonora, temblorosa, se sentó en el borde de la cama y evitó su mirada.
—Nada que no pueda solucionarse —mintió, aunque su voz la traicionó con un temblor evidente.
Rowan entrecerró los ojos. Era un hombre observador, demasiado inteligente para aceptar respuestas evasivas.
—Milady… —dijo con un tono más firme—, ¿puedo ser indiscreto?
Ella lo miró con cansancio, como si llevara semanas sin dormir.
—Tiene permiso para hablar con libertad.
Rowan respiró hondo, con la cautela de quien sabe que está a punto de romper una verdad invisible, habló:
—Está embarazada… ¿verdad?
Eleonora sintió que la habitación giraba apenas. ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo era posible que la viera tan claramente cuando ella misma aún no lograba procesarlo?
El duque continuó:
—Mi madre tuvo diez hijos. Yo crecí observando cada uno de sus embarazos… las náuseas matutinas, los dolores repentinos, el cansancio, la palidez… Lo conozco. Podría reconocerlo incluso en la más discreta de las mujeres.
Eleonora cerró los ojos, y las lágrimas que había intentado contener con tanta fuerza finalmente se derramaron.
Fue entonces cuando Rowan dio un paso adelante, despacio, y la rodeó con sus brazos. Su abrazo era firme, cálido y sorprendentemente tranquilizador. Ella apoyó la frente en su pecho.
—¿Qué harás ahora? —preguntó él con una voz baja y comprensiva, como si temiera romperla.
Eleonora respiró profundamente antes de responder.
—Creo saber quién es el padre —susurró, casi avergonzada.
Rowan asintió con gravedad.
—El marqués.
No era una pregunta, era certeza.
Eleonora solo pudo asentir.
—¿Se lo dirás?
Ella negó ligeramente con la cabeza.
—El marqués y yo… no tenemos la mejor relación —admitió con amargura—. Y dudo que un hijo mejore algo entre nosotros.
Rowan guardó silencio un momento. Luego, de forma inesperada, tomó aire y habló con una determinación sorprendente:
—Milady… tengo una propuesta-dijo el duque
—Casémonos este fin de semana.
La duquesa casi se levantó de un salto.
Rowan alzó las manos para calmarla.
—Escúcheme —pidió con seriedad—. Podemos irnos lejos. Muy lejos. Donde nadie los juzgue ni interfiera. Su hijo nacerá dentro de un matrimonio respetable. Y aunque no sea mi sangre… —su mirada se suavizó— lo amaré como si fuera mío.
Eleonora sintió que el corazón se le detenía por segunda vez esa noche.
—No puedo permitirle eso —dijo, sacudiendo la cabeza—. No es su responsabilidad. No estaría bien.
—Sería un honor pasar mi vida contigo, Eleonora. Y con ese niño..
Ella abrió la boca para negarse, pero Rowan tomó su mano con suavidad.
—No tienes que decidir ahora —dijo, apretando sus dedos—. Descanse. Mañana hablaremos con calma.
Eleonora lo vio retirarse despacio, miró la habitación… las cortinas moviéndose con la brisa… el farol en la pared… sus manos temblorosas sobre su vientre.
Y entonces, como un eco inevitable, la palabra volvió a su mente:
Embarazada.
La vida que llevaba construyendo, los planes con la reina, su título, el proyecto, las responsabilidades de la corte…
Todo cambiaría.