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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

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capitulo 24

El sol de la mañana golpeaba la superficie del lago, pero ya no era aquel brillo gélido y amenazante de años atrás. Ahora, el agua devolvía un reflejo cálido, casi líquido, que se filtraba a través de los inmensos ventanales de madera y vidrio de la nueva casa. No era una mansión, ni un monumento a la soberbia; era una estructura orgánica, diseñada por Lía siguiendo los bocetos que su madre, Elena, dejó en aquella caja de madera de cedro.

—¡Papá, mira! ¡Un pez gigante! —el grito emocionado de Mateo, que ahora tenía tres años y una energía que parecía desafiar las leyes de la física, rompió la paz del muelle.

Dante, que vestía unos vaqueros y una camisa de lino abierta, se agachó junto a su hijo. Su hombro derecho mostraba una leve rigidez al moverse, la marca indeleble del Museo de Orsay, pero su rostro había perdido la dureza de piedra que lo caracterizó como el abogado más temido de la capital. Se había dejado crecer un poco la barba, y en sus ojos ya no se leía el código penal, sino una devoción absoluta por el pequeño que señalaba el agua.

—No es un pez gigante, campeón, es una trucha que está saludando —dijo Dante, levantando al niño en vilo y sentándolo sobre sus hombros.

Desde el porche de la casa, Lía observaba la escena con una taza de café entre las manos. Llevaba el cabello más corto, un estilo práctico que resaltaba sus facciones ahora serenas. Alba Arquitectura ya no era una corporación; era un estudio boutique que solo aceptaba proyectos con impacto social. Lía ya no construía rascacielos para lavar dinero; construía escuelas, centros de salud y hogares para aquellos que el sistema había olvidado.

La paz era casi perfecta, pero hoy era un día marcado en el calendario por una razón agridulce.

...

Al mediodía, un coche negro —esta vez un taxi ordinario, no un vehículo de seguridad— se detuvo al final del camino de tierra. De él bajó una mujer que parecía llevar el peso de una vida entera sobre sus hombros. Sara Montero, tras tres años de buena conducta y el incansable trabajo legal de Victoria, salía en libertad condicional.

Lía caminó hacia ella. El encuentro fue silencioso. Sara se detuvo a unos metros, observando la casa, el lago y, finalmente, a Lía. Ya no había rastro del maquillaje excesivo ni de las joyas que solían ser su armadura. Vestía un vestido sencillo y sus manos, libres de manicuras caras, temblaban levemente.

—Es... es preciosa, Lía —dijo Sara, su voz sonando más suave de lo que Lía recordaba—. Se parece a los dibujos que mamá escondía en el ático.

—Es el diseño de mamá, Sara. Por fin se hizo realidad —respondió Lía, acercándose para darle un abrazo breve pero honesto. No era un abrazo de perdón absoluto, pero sí de aceptación—. Bienvenido al lago.

Pasaron la tarde en el porche. Mateo, con la inocencia que solo los niños poseen, no veía en Sara a una convicta, sino a una tía que le traía un libro de cuentos. La presencia de Sara era un recordatorio de que las familias, por muy rotas que estén, siempre tienen fragmentos que vale la pena intentar unir.

—He hablado con Gabriel —comentó Sara, mientras observaba a Mateo jugar con un camión de madera—. Dice que en París las cosas se han calmado. El Consejo de los Seis es historia. Él se ha quedado allí para dirigir la fundación de mamá.

—Gabriel encontró su lugar —dijo Dante, uniéndose a ellas con una jarra de limonada—. Y tú, Sara, ¿qué vas a hacer?

Sara miró hacia el horizonte del lago, donde el sol empezaba a descender.

—Victoria me ha ofrecido un puesto como asistente administrativa en su bufete. Quiero empezar de cero. Lejos de las juntas directivas y de los secretos de Julián. Solo quiero... dormir sin soñar con archivos encriptados.

...

Esa noche, después de que Sara se marchara a un pequeño apartamento que Lía le había ayudado a alquilar en el pueblo cercano, la cabaña recuperó su intimidad. Lía y Dante se quedaron en el muelle, bajo un cielo estrellado que parecía un manto de diamantes.

La tensión sensual que siempre había sido el pegamento de su relación no había desaparecido; se había transformado. Ya no era una urgencia desesperada nacida del peligro, sino un fuego constante y seguro. Dante rodeó la cintura de Lía con sus brazos, pegando su cuerpo al de ella.

—¿Te acuerdas de la primera noche en el club? —susurró él en su oído, su aliento cálido erizando el vello de su nuca.

—¿Cómo olvidarlo? —rio Lía, girándose entre sus brazos—. Pensé que eras un desconocido peligroso que venía a arruinar mi vida.

—Y terminé siendo el desconocido peligroso que se arruinó la suya para salvar la tuya —replicó él, besando su cuello—. Pero si tuviera que volver a ese muelle de hace veinte años, y supiera todo el dolor que vendría después, volvería a saltar al agua por ti una y mil veces.

Se besaron con una profundidad que sabía a historia compartida. Dante la tomó en brazos y la llevó hacia la habitación, donde la luz de la luna bañaba la cama. Allí, sin sombras de terceros, sin micrófonos ocultos y sin el peso de los apellidos Montero o Valerios, se amaron con la plenitud de quienes han conquistado su propia libertad. Cada caricia de Dante era un juramento de lealtad; cada respuesta de Lía era un "sí" a un futuro que ellos mismos habían diseñado.

...

Sin embargo, a la mañana siguiente, mientras Lía organizaba unos planos en su estudio, encontró un sobre que Gabriel le había enviado desde París. Era el informe final de la liquidación de los bienes de Alberto Montero.

Al final del documento, había una nota sobre la "Caja del Tiempo" que Lía había decidido ignorar años atrás. Gabriel, con su curiosidad incansable, la había abierto.

"Lía, tenías razón al no querer abrirla ese día en París. Pero como tu hermano, me vi obligado a hacerlo. No contenía dinero, ni mapas de tesoros. Contenía una carta de nuestra madre para Alberto, escrita días antes de su muerte oficial. Ella sabía que Nikola estaba en el lago. Sabía que tú y Dante se habían conocido. Ella escribió: 'El amor de los niños es la única arquitectura que no puede ser demolida por el odio de los hombres. No intentes separarlos, Alberto. Si lo haces, destruirás lo único bueno que hemos creado'."

Lía cerró los ojos, sintiendo un escalofrío. Sus padres, a pesar de sus crímenes y sus mentiras, habían tenido un momento de lucidez. Habían comprendido que el amor de sus hijos era la única forma de redimir sus propios pecados.

Salió al jardín, donde Dante estaba enseñando a Mateo a plantar un árbol. El pequeño se afanaba con su palita de plástico, cubriendo las raíces con tierra fértil.

—¿Qué pasa, Lía? —preguntó Dante, notando su expresión.

Lía guardó la carta en el bolsillo de su bata. Algún día se la mostraría, pero no hoy. Hoy el aire era demasiado puro para contaminarlo con palabras del pasado.

—Nada, solo estaba pensando que el diseño está completo —respondió ella, arrodillándose junto a ellos para ayudar con la tierra.

—¿Qué diseño? —preguntó Mateo, con la cara manchada de barro.

Lía le dio un beso en la mejilla.

—El diseño de nuestra vida, pequeño. Y es el edificio más fuerte que jamás se haya construido.

El capítulo terminaba con la familia Valerios trabajando en la tierra, mientras el árbol nuevo se erguía hacia el sol. La arquitectura de su alma por fin coincidía con la realidad de su mundo.

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