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La Prisionera Del Comandante Declan

La Prisionera Del Comandante Declan

Status: Terminada
Genre:Esclava / Sirvienta / Ascenso de clase social / Dominación / Amor tras matrimonio / Completas
Popularitas:8.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.

NovelToon tiene autorización de Gianna Viteri (gilover28) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Navira

El eco de la reunión diplomática todavía resonaba en los pasillos de la Ciudadela, pero en la soledad de mi alcoba, lo único que se escuchaba era el latido desbocado de mi propio corazón. Me miré al espejo del tocador, quitándome los zafiros con dedos torpes. Mis mejillas seguían encendidas, no por la tinta derramada ni por la sangre del Vizconde, sino por la forma en que Declan me había reclamado frente a todos.

"Mi Navira".

—Es un imbécil —susurré, tratando de convencerme a mí misma mientras desabrochaba los ganchos de mi corpiño—. Un animal posesivo que no sabe comportarse en sociedad.

Justo cuando estaba a punto de soltar un suspiro de alivio, la puerta de mi habitación se abrió de golpe, sin previo aviso, como si el concepto de "privacidad" fuera una sugerencia opcional para el Comandante Supremo de Vaelkoria.

—¡Declan! —grité, dándome la vuelta y cubriendo mi pecho con el vestido a medio caer—. ¡Sal de aquí ahora mismo! ¡Juro que voy a ponerle un candado a esta puerta que ni tu maldito ejército podrá derribar!

Él entró con esa zancada arrogante, cerrando la puerta tras de sí con un golpe de talón. No llevaba la chaqueta del uniforme; su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello y sus ojos tenían ese brillo peligroso que me indicaba que el General no había terminado de pelear por hoy.

—He tenido que aguantar tres horas de quejas del Capitán Kael sobre "incidentes internacionales" —dijo, ignorando mis gritos y acercándose a mí—. Así que no me pidas que me vaya ahora, nena. Necesito algo que me quite el sabor amargo de la diplomacia de la boca.

—¡Pues ve a morder un trozo de hierro! —le espeté, retrocediendo hasta que choqué con el borde del tocador—. No puedes entrar aquí cada vez que se te antoja. ¡Eres un maleducado, un bárbaro y un pervertido!

—Y tú eres una terca que casi provoca que le rompa el cuello a un Vizconde por la forma en que lo miraste —replicó él, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Su calor me envolvía, sofocante y adictivo.

—¡Yo no lo miré de ninguna forma! —exclamé, golpeándole el pecho con el puño—. ¡Él me tocó y tú te comportaste como un Neanderthal! ¡Te odio, Declan! ¡Te odio tanto que me duele la cabeza!

—¡Yo te odio más! —rugió él, pero esta vez no había distancia. Me tomó de los hombros, sacudiéndome ligeramente—. Te odio porque no puedo pensar en nada más que en ti. Te odio porque cada vez que te veo con esos vestidos, quiero arrancártelos delante de todo el mundo y recordarles que eres mía.

—¡No soy de nadie! —le grité en la cara, con la respiración entrecortada.

—Dilo otra vez —me desafió, su voz bajando a un susurro ronco—. Dilo mirándome a los ojos.

Nuestras miradas chocaron en una explosión de chispas. Estábamos jadeando, con las caras a milímetros, consumidos por una rabia que ya no podíamos ocultar que era deseo puro. Y entonces, como si un dique se hubiera roto, Declan acortó la distancia.

No fue un beso suave. No hubo delicadeza, ni protocolos, ni promesas románticas. Fue una colisión. Sus labios se estrellaron contra los míos con una desesperación que me dejó sin aliento. Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para profundizar el beso, mientras mis manos, que hace un segundo querían golpearlo, se aferraron a su cuello con una urgencia que me avergonzó.

Sentí el sabor de la tormenta en su boca. Era un beso que sabía a hierro, a nieve y a una rendición que llevaba semanas gestándose en la sombra. Solté un gemido ahogado contra sus labios, sintiendo cómo mis rodillas fallaban. Declan me levantó de la cintura, sentándome sobre el tocador, tirando los frascos de perfume al suelo sin importarle el estruendo.

Cuando nos separamos apenas un segundo para tomar aire, lo miré con los ojos nublados por la pasión y la furia.

—¡Cerdo asqueroso! —le grité, aunque mi voz era un hilo quebrado mientras mis piernas se enredaban en su cintura.

Declan soltó una carcajada oscura, sus labios bajando hacia mi cuello para morder suavemente la piel justo al lado de la cadena de plata.

—Este cerdo te va a devorar esta noche, Navira —murmuró contra mi piel, sus manos bajando por mi espalda para buscar el cierre del vestido—. Y vas a rogar que no me detenga. Ya basta de payasadas. Ya basta de tratados y de baronesas. Solo tú y yo.

Sus dedos diestros empezaron a deslizar la tela de mi vestido hacia abajo. El aire frío de la habitación golpeó mi piel desnuda, pero el calor que emanaba de Declan era suficiente para incendiar toda la Ciudadela. Cerré los ojos, rindiéndome al contacto de sus manos, a la presión de su cuerpo contra el mío. En ese momento, no había Vaelkoria, no había Sundergard. Solo estábamos nosotros dos, consumiéndonos en un incendio que nosotros mismos habíamos alimentado.

Estaba a punto de quitarme la prenda por completo, sus labios buscando de nuevo los míos con una voracidad que me hacía vibrar, cuando un golpe seco y rítmico resonó en la puerta.

¡PUM, PUM, PUM!

—¡Comandante! —la voz de Kael, sonando más estresada que nunca, rompió el hechizo como un cubo de agua helada—. ¡Perdón por la interrupción, pero es el Mensajero Real! ¡Trae un despacho del Rey desde la capital que no puede esperar! ¡Es sobre la boda!

Declan se congeló. Su frente se apoyó contra la mía, y soltó una maldición tan creativa y soez que incluso yo me quedé impresionada.

—¡Vete al infierno, Kael! —rugió Declan hacia la puerta, sin soltarme—. ¡Dile al Mensajero que si no se va ahora mismo, el despacho será lo último que lea antes de que le corte la cabeza!

—¡Señor, es el sello dorado! —insistió Kael, con un tono que indicaba que no se iría aunque le dispararan—. ¡Dice que es "asunto de seguridad nacional"!

Declan apretó los dientes, cerrando los ojos con fuerza. Me miró, y vi en sus pupilas la lucha interna entre el hombre que quería poseerme y el General que tenía un imperio que sostener.

—Mierda… como odio a todo el mundo —susurró, dándome un beso casto pero lleno de promesa en la frente—. Cómo odio este reino, a Kael, al Mensajero y a ese maldito sello dorado.

Se separó de mí con una lentitud tortuosa, ayudándome a subir los tirantes de mi vestido con una delicadeza que me conmovió. Me miró una última vez, con el cabello revuelto y los labios hinchados, y esbozó esa sonrisa de medio lado que ahora me parecía el mapa del tesoro.

—No te vayas a dormir, nena —me advirtió, señalándome con un dedo mientras retrocedía hacia la puerta—. Esto no ha terminado. Me desharé de ese mensajero en diez minutos, y cuando vuelva, no habrá despacho real que me salve de lo que voy a hacerte.

—¡Vete de una vez, animal! —le grité, lanzándole un peine que él esquivó con una carcajada antes de salir por la puerta, gritándole insultos a Kael en el pasillo.

Escuché sus botas alejarse y el portazo final. El silencio regresó a la habitación, pero esta vez era un silencio distinto. Era un silencio cargado de electricidad.

Me quedé allí sentada sobre el tocador, con el vestido desordenado y el corazón latiendo a mil por hora. Me bajé lentamente y caminé hacia el espejo de cuerpo entero. Me miré.

Tenía el cabello deshecho, las mejillas encendidas y los labios rojos por sus besos. Pero lo que me detuvo fue mi propia mirada. No vi a la prisionera llena de odio de Sundergard. Tampoco vi a la mujer asustada que llegó encadenada. Vi a una mujer que brillaba con una luz nueva.

Me toqué los labios con la punta de los dedos, sintiendo todavía el hormigueo del contacto con Declan. Y entonces, una sonrisa involuntaria, lenta y dulce, se extendió por mi rostro.

—Maldita sea —susurré al espejo, y mi propia risa suave me sorprendió.

Ya no podía mentirme más. No podía escudarme en los insultos, ni en las peleas ridículas, ni en la geografía. Me había enamorado de él. Me había enamorado del monstruo de Vaelkoria, del hombre que escalaba balcones, que golpeaba vizcondes y que me llamaba "suya" con una devoción que me hacía sentir más libre que nunca.

Estaba enamorada del cerdo asqueroso que me había prometido devorarme, y por primera vez en mi vida, no tenía miedo del incendio. Al contrario, estaba contando los segundos para que volviera y terminara lo que había empezado.

Me arreglé el vestido frente al espejo, suspirando de felicidad a pesar de todo el caos que nos rodeaba. Vaelkoria podía ser de hierro, pero mi corazón, finalmente, se había fundido en el fuego de Declan.

—Date prisa, mi amor —murmuré para el reflejo—. Que esta rebelde no tiene mucha paciencia.

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Silvana Beatriz Velazquez
maravillosa historia 😍. Solo me hubiera gustado un extra con el nacimiento del bebé y unos años después mostrando su carácter.
Elsa Martinez Gonzalez
MAGNÍFICA
Paola Cordero
Jajajjaja y jajajjajajajjaja como todo hombre super exagerado jajajajajajsjajsjjs
karla yustiz garcia
🤣🤣🤣🤣 la vitamina N
Olinda Bernales Bertolotto
Siempre lindo... nunca decepciona leer tus libros.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄
Sharon Mendoza
precioso
Sharon Mendoza
precioso
karla yustiz garcia
se lee tan buena 👏👏
karla yustiz garcia
será que hay fotos de ellos 🤔
karla yustiz garcia
a mi también 🤭
karla yustiz garcia
me encanta 😍😍
karla yustiz garcia
😍😍 que bello
Viviana Lopez
Espléndido
Irene Covarrubias
creo que fue muy sutil 🤣🤣
Rosa Villena
Bellísima historia, me encantó, gracias, gracias ❤️🥰
Elilu 🇲🇽
jajaja no pues viéndolo por ese lado Declan tiene razón es un gran avance en la relación de peros y gatos que se traen ustedes dos.
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