Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 12
Quinn
La recuperación no fue inmediata, pero tras unos días de reposo absoluto y vigilados por los médicos, se pudieron recuperar.
Primero Eitan, a quien le dieron el alta, al día siguiente. Luego Lily, a quien también le dieron el alta dos días después que Eitan.
Verlos mejorar fue como aprender a respirar de nuevo después de haber vivido demasiado tiempo bajo el agua. Eitan pasó días enteros entre medicamentos, total reposo y miradas de los doctores que no demostraban compasión, sino paciencia. Lily, aunque también tuvo mucho reposo, en cambio, parecía que hubiera vuelto a nacer, feliz y contenta como solo los niños saben hacerlo: con una sonrisa torpe, con preguntas incómodas, con una energía frágil pero luminosa.
El día que Lily pudo levantarse sola de la cama del hospital, supe que algo había cambiado para siempre, como si eso fuera él inicio de una larga vida al lado de mi pequeña.
—Quiero volver a casa —dijo, con voz suave pero decidida.
Casa.
No supe qué significaba esa palabra hasta que Eitan habló.
—Vámonos a la mansión —propuso—. Los médicos dijeron que el aire, el espacio y la tranquilidad ayudarán a ambos, allí estarán más cómodas.
Lo miré, sorprendida.
—¿A la mansión Benedetti?
—Es grande —respondió—. Y segura. Además… —hizo una pausa—. Mi madre regresa hoy.
Parpadeé.
—¿Valentina?
Asintió.
—Volvió de Italia anoche. Insistió en verlos.
Sentí algo parecido a la nostalgia mezclada con alivio.
Valentina Palladino.
Hacía años que no escuchaba ese nombre sin que doliera un poco.
El trayecto hasta la mansión fue silencioso, pero no era un silencio incómodo, sino todo lo contrario. Lily dormía en el asiento trasero, abrazando un peluche nuevo que Eitan le había comprado sin que yo lo notara. Él conducía con cuidado excesivo, como si el mundo pudiera romperse con un movimiento brusco.
Cuando llegamos, la mansión parecía distinta.
Menos fría.
Más viva.
Las puertas se abrieron antes de que pudiéramos tocar. Y entonces la vi.
Valentina Palladino Benedetti seguía siendo imponente y luciendo fascinantemente elegante incluso sin mucho esfuerzo. El cabello oscuro recogido con descuido estudiado, el rostro marcado por su fino maquillaje, perfectamente realizado que la hacía lucir espectacular. Vestía de negro, como si aún llevara luto… aunque habían pasado tres años desde la muerte de Kevin Benedetti, el padre de los —gemelos demonios— como solía llamarles él.
—Quinn —dijo al verme—. Dios mío…
No me dio tiempo de reaccionar. Me envolvió en un abrazo fuerte, real, de esos que no se dan por cortesía.
—Te pareces tanto a tu madre —susurró—. Cada día más.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y tú sigues igual, Valen.
—Eso es mentira —rió suavemente—. Italia me hizo vieja… pero muy feliz.
Se separó solo para mirar a Lily.
—Y tú debes ser la niña más valiente de esta casa.
Lily sonrió, tímida.
—¿Usted es una reina?
Valen soltó una carcajada auténtica.
—No, corazón. Solo una mujer que ha sobrevivido a demasiadas cosas en esta vida.
Eitan observaba la escena desde atrás, en silencio. Valen lo miró entonces, con esa mezcla de amor y severidad que solo una madre conoce.
—Te ves más delgado —dijo.
—Estoy bien, mamá.
—No mientas —replicó—. Nunca fuiste bueno en eso.
Aun así, lo besó en la frente.
La tarde transcurrió entre té, historias de Italia y recuerdos que no dolían tanto como antes. Valen hablaba de Roma, de Florencia, de los lugares silenciosos que aprendió a disfrutar lejos de todo. Yo la escuchaba, sintiéndome por primera vez en mucho tiempo… feliz, al compartir con las personas que me rodean, aunque mis padres ya no estén.
—Tu madre y yo soñábamos con ir juntas —me dijo de pronto—. Siempre decía que lo haríamos cuando todo se calmara.
Tragué saliva.
—Nunca se calmó... hasta ahora.
Valen tomó mi mano.
—Por eso debemos aprovechar ahora.
Esa noche, mientras Lily dormía en una habitación enorme llena de luz, me encontré con Valen en el balcón. Me acerqué a ella a contemplar la tranquilidad que solo ofrecía la noche.
—Eitan te quiere —dijo sin rodeos.
—Eso no es sencillo —respondí.
—Nada que valga la pena lo es —replicó—. Kevin solía decir eso.
El nombre de su esposo cayó como una sombra breve.
—Lo extraño —confesó—. Tres años y aún espero escuchar su auto llegando.
No supe qué decir. Solo la abracé.
Nos despedimos con beso en la mejilla y cada quien tomo camino hacia su propia habitación. Cuando estaba por llegar a la mía Eitan se detuvo en la puerta.
—Gracias por venir —dijo—. Sé que para ti no es fácil convivir conmigo.
Negué moviendo la cabeza —Gracias por traer a Lily aquí —respondí—. Se siente… protegida.
Nuestros ojos se encontraron.
—Eso es lo único que quiero —dijo él—. Proteger lo que importa.
Cuando se fue, me senté en la cama, agotada pero en calma.
Por primera vez desde el funeral de mis padres, desde el diagnóstico de Lily, desde el matrimonio impuesto… sentí que quizá, solo quizá, estaba en el lugar correcto.