Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
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Miles Scriew 2
Durante los días siguientes, la presencia de Miles Scriew se volvió habitual en la mansión Dagger. Llegaba siempre con puntualidad y una cortesía constante, y cada visita reforzaba la impresión de que no se trataba de un capricho pasajero. Paseaba con Fantine por los jardines, conversaban en el salón bajo la mirada atenta de Felicity, compartían silencios cómodos que hablaban de una confianza que crecía con rapidez, pero también con respeto.
Fantine florecía.
Reía con más facilidad, caminaba con una ligereza nueva y hablaba del futuro sin el temblor de la duda. Felicity observaba todo con cautela, pero también con alivio. Miles no prometía en exceso ni hacía gestos grandilocuentes.. cumplía lo que decía y se mostraba constante, y eso, para Felicity, significaba más que cualquier palabra bonita.
Hasta que una tarde, Miles pidió hablar en privado con el barón Dagger.
La solicitud fue formal, directa. Felicity lo supo de inmediato, y aunque no estuvo presente en la reunión, el silencio que se extendió por la casa mientras ambos se encerraban en el despacho pesó más que cualquier ruido. Fantine permanecía inquieta, caminando de un lado a otro, intentando no imaginar demasiado.
En el despacho, Miles fue claro.
Dijo que sus sentimientos por Fantine eran sinceros, que su intención no era prolongar una espera incierta y que, antes de abandonar el reino de Bernicia, deseaba hacer las cosas como correspondía. Quería proponerle matrimonio a Fantine, con la aprobación y el honor que exigía su casa.
El barón Dagger escuchó en silencio.
Pensó en su hija, en la seguridad que merecía, en el respeto con el que aquel joven había actuado desde el primer día. No hubo interrogatorios extensos ni dudas prolongadas. Tal vez porque había visto demasiado dolor para desconfiar de la claridad, o tal vez porque reconoció en Miles una seriedad que escaseaba.
El barón accedió de inmediato.
Cuando la puerta del despacho se abrió, la decisión ya estaba tomada. Felicity lo supo al ver el gesto del barón, firme y sereno. Fantine, al recibir la noticia, quedó sin palabras.. sus manos temblaban, sus ojos se llenaron de lágrimas que no eran de miedo, sino de emoción.
En la mansión Dagger, aquella tarde no hubo música ni anuncios formales. Solo una certeza silenciosa: la vida, después de tanta pérdida, volvía a ofrecer un camino posible hacia la alegría.
Desde el salón principal, Felicity observaba la escena con Florence en sus brazos. La pequeña descansaba tranquila contra su pecho, ajena al momento que estaba a punto de marcar el destino de la familia. Felicity la mecía suavemente, casi por costumbre, mientras su mirada permanecía fija en el centro de la habitación.
Allí, frente a Fantine, Miles respiró hondo.
Con un gesto firme y solemne, el joven barón se agachó y apoyó una rodilla en el suelo. El murmullo del salón pareció apagarse por completo, como si incluso la casa hubiera decidido guardar silencio. Desde el bolsillo interior de su chaqueta sacó una pequeña caja y la abrió con cuidado, revelando un anillo que capturó la luz de la tarde.
Fantine llevó una mano a su boca, incapaz de contener la sorpresa. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, y su respiración se volvió irregular. Miles habló con voz clara, respetuosa, pidiéndole que fuera su esposa, prometiéndole compañía, cuidado y un futuro compartido.
Felicity sintió que algo se apretaba suavemente en su pecho.
Apretó un poco más a Florence, como si quisiera anclar aquel instante en la memoria de ambas. Vio cómo Fantine asentía entre sollozos, cómo extendía la mano temblorosa, cómo el anillo deslizaba hasta su dedo. Escuchó el murmullo emocionado de quienes estaban cerca, pero para ella el mundo se redujo a esa imagen.
Fantine, feliz.
Florence, segura.
Y ella, testigo.
Felicity sonrió, aunque sus ojos se humedecieron. No era tristeza, sino una mezcla profunda de alivio y gratitud. Después de tanta pérdida, ver a su hermana menor iniciar una nueva etapa era una confirmación silenciosa de que el amor aún encontraba su camino.
Mientras sostenía a Florence y observaba a Fantine abrazar a Miles, Felicity comprendió que aquel momento no solo sellaba un compromiso: también cerraba una herida antigua, una que había temido volver a abrir.
Y por primera vez en mucho tiempo, su corazón descansó.
Cuando Miles se marchó de la mansión Dagger y el sonido de los cascos de su caballo se perdió en el camino, el silencio regresó al salón, esta vez cargado de una emoción suave y temblorosa. Los criados se retiraron con discreción, dejando a las hermanas a solas, como si comprendieran que aquel momento les pertenecía.
Fantine se volvió hacia Felicity de repente.
Sin decir una palabra, la abrazó con fuerza y rompió en llanto. No era un llanto de pena, sino uno desbordado de emoción, de alivio, de todo lo que había contenido desde el primer baile hasta esa propuesta. Entre sollozos, le dio las gracias una y otra vez: por estar ahí, por acompañarla, por no dejarla sola ni un instante.
Felicity sostuvo el abrazo con cuidado, sosteniendo aún a Florence, que se había quedado dormida en sus brazos. Inclinó un poco el cuerpo para no despertar a la pequeña y apoyó la mejilla en el cabello de Fantine.
—No tienes nada que agradecer —le dijo en voz baja—. Soy tu hermana mayor.
Su voz no tenía solemnidad, solo certeza. Como si ese papel no fuera una carga en ese instante, sino un lugar natural desde el que hablar.
Luego, con una pequeña sonrisa que intentaba aligerar la emoción, añadió:
—Y ahora… tendremos que planear una boda.
Fantine rió entre lágrimas, asintiendo, aferrándose un poco más a ella. Ambas se quedaron así, abrazadas con cariño, compartiendo el peso y la alegría del momento, moviéndose apenas para no molestar a Florence, que dormía tranquila, respirando con suavidad, ajena a los cambios que se gestaban a su alrededor.
En ese abrazo silencioso estaba todo: el pasado que dolió, el presente que sanaba y un futuro que, por primera vez en mucho tiempo, se atrevía a prometer felicidad.
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