Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Parte: 6.
6. El pánico que se forja en la retina y Un salto de vacío eterno.
El suelo de Teremek comenzó a resquebrajarse, revelando el núcleo ardiente del planeta. La atmósfera estaba siendo succionada hacia las fauces de Amine, creando un vacío que hacía que los oídos de Perseo sangraran. Ekoma ya no estaba a su lado; una ráfaga de viento solar lo había lanzado hacia una de las grietas del suelo. Perseo estaba solo, frente a la inmensidad del devorador.
Intentó recitar un conjuro, pero las palabras en Aklo se le atragantaban en la garganta. El miedo no era una emoción, era una parálisis física. Sus manos, antes hábiles, ahora eran bloques de madera que no podían pasar las páginas del manuscrito. Miró hacia arriba y vio uno de los ojos de Amine. Era una esfera de oscuridad del tamaño de un continente, con una pupila que era una galaxia en espiral.
El ojo se fijó en él. Perseo sintió que su mente era invadida por una inteligencia fría y eterna. No había odio en Amine, solo una necesidad biológica de escala universal. El dios oscuro lo reconoció no como un enemigo, sino como una herramienta que ya había cumplido su propósito.
—Pequeña chispa —la voz de Amine no era un sonido, era un Aklo nauseabundo y perturbador, una potente vibración sonora que estremeció cada átomo de su cuerpo—. Has traído la luz al Hambre. Tu recompensa es ser el último en ser consumido.
El pánico de Perseo alcanzó un nivel que trascendía la razón. Vio cómo los bosques de Teremek se convertían en humo y cómo los océanos se evaporaban en un instante. El planeta entero estaba siendo despojado de su piel, quedando como un hueso pelado en medio de la oscuridad.
Se dio cuenta de que su propia existencia estaba empezando a desvanecerse. Sus pies ya no tocaban el suelo porque el suelo ya no existía. Estaba flotando en un torbellino de escombros planetarios y jirones de atmósfera. El manuscrito de Amine comenzó a arder con una llama negra que no consumía el papel, pero que quemaba el alma de Perseo.
—¡No! —gritó finalmente, rompiendo el bloqueo de su garganta—. ¡No acepto este final!
Recordó los cánticos de Santini. Eran débiles comparados con el poder de Amine, pero representaban algo que el dios oscuro no podía comprender: la voluntad de persistir en la individualidad. Empezó a cantar, no con la voz de un creyente, sino con la de un rebelde. Mezcló los cánticos de luz con las sílabas de poder del Aklo, creando una disonancia que hizo que el ojo de Amine parpadeara por un instante.
—Dea mea dilectissima Santini, cor meum protege, anima mea mea maneat, ne hostis mentem meam consumat, ad lucem protectionis tuae duc me.
Ese breve momento de distracción fue suficiente. Perseo sintió una oleada de energía que brotaba de su pecho, una combinación de su propia esencia vital, su fe y la magia corrompida del libro. El portal que abrió esta vez no era un círculo de luz, sino una herida sangrante en el espacio-tiempo.
Se lanzó al portal justo cuando la boca de Amine se cerraba sobre el lugar donde había estado Teremek. La sensación de ser devorado fue sustituida por la de ser estirado a lo largo de una infinita línea de luz plateada. El dolor fue tan intenso que perdió el conocimiento, pero antes de caer en la negrura, vio algo que lo dejó helado: el rostro de Santini, sonriendo mientras Amine se alimentaba.
Perseo recuperó la conciencia en un lugar donde la luz y la sombra no tenían significado. No había suelo, ni cielo, ni estrellas. Era un espacio de nada absoluta, un vacío entre dimensiones donde las leyes de la física aún no habían sido escritas. Flotaba en una ingravidez perfecta, pero sentía que su cuerpo se estaba expandiendo, como si el vacío intentara llenarse con su materia.
El manuscrito de Amine flotaba a unos metros de él, sus páginas moviéndose como las alas de una polilla moribunda. Perseo estiró la mano para alcanzarlo, pero sus movimientos eran lentos y torpes. El silencio de este lugar era tan pesado que podía oír el latido de su propio corazón, un sonido que parecía retumbar como un tambor en una catedral vacía.
—Ekoma... —intentó llamar, pero su voz no produjo sonido.
No había aire para transportar las ondas sonoras. La soledad empezó a fragmentar su mente. Se preguntó si este era su castigo: vagar por la nada por toda la eternidad, siendo el único testigo de la destrucción que había ayudado a causar.
Para no caer en la locura, empezó a repasar mentalmente todo lo que había aprendido. La estructura del Aklo, la jerarquía de la Orden de la Luz, los nombres de las estrellas que ya no existían. Se dio cuenta de que su memoria era lo único que quedaba de los mundos que Amine había devorado. Él era el archivo viviente de una existencia borrada.
De repente, una luz tenue comenzó a brillar en la distancia. No era una estrella, sino una fisura en el vacío. Perseo nadó a través de la nada hacia la luz, impulsado por una mezcla de esperanza y desesperación. A medida que se acercaba, la fisura se reveló como una ventana a otra realidad.
Vio imágenes pasando a gran velocidad: una ciudad de vapor y engranajes, un desierto de arena roja donde los edificios crecían como plantas, un océano de mercurio donde nadaban ballenas de cristal. Eran mundos que aún existían, ajenos a la sombra que se acercaba. Perseo sintió un impulso de entrar en cualquiera de ellos, de advertirles, de salvarlos.
Pero entonces vio su propio mundo. La catedral de Santini, las calles de su ciudad, el rostro de Samanta. Pero algo estaba mal. El tiempo parecía estar moviéndose de forma extraña. Vio a Samanta envejecer en segundos, vio la catedral desmoronarse y ser reconstruida una y otra vez. Comprendió que el tiempo en su hogar no era lineal, sino un ciclo controlado por la Orden para alimentar a sus deidades.
La revelación de que su propio mundo era una simulación de sacrificio lo llenó de una furia gélida. Santini no era el dador de vida; era el carnicero que engordaba al ganado. Y Amine era el consumidor final. El universo no era un campo de batalla entre el bien y el mal, sino una cocina donde la humanidad era el ingrediente principal.
Con un grito silencioso de rabia, Perseo agarró el manuscrito de Amine y lo usó como una cuña para abrir la fisura. No quería solo volver; quería romper el ciclo. La energía del vacío fluyó a través de él, convirtiendo su piel en un mapa de luz y oscuridad. Cruzó el umbral, listo para enfrentar a los dioses que lo habían traicionado.
Aklo para mortales:
Perseo: “Dea mea dilectissima Santini, cor meum protege, anima mea mea maneat, ne hostis mentem meam consumat, ad lucem protectionis tuae duc me.” — “Mi amadísima diosa Santini, protege mi corazón, que mi alma permanezca mía, que el enemigo no consuma mi mente, llévame a la luz de tu protección.”