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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

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Capítulo 04

Las defensas de Frostvale respondieron con una ráfaga de proyectiles de hielo infundidos mágicamente, lanzados desde catapultas y ballestas. Estos proyectiles, al impactar, explotaban en fragmentos afilados que congelaban la carne y el metal, pero el fuego de Embercliff era persistente, casi imparable. Los magos de hielo de Frostvale, protegidos por los muros, conjuraron ventiscas cortantes y barreras de escarcha que intentaban extinguir las llamas, pero era una lucha desigual.

El Príncipe Kaelith, a la cabeza de sus tropas, observaba la batalla con una calma inquietante. No había emoción discernible en su rostro mientras sus fuerzas desmantelaban las defensas de Frostvale, pieza por pieza. Levantó su espada ardiente, y un estallido de fuego tan brillante como el sol de mediodía se disparó hacia una de las torres de hielo, pulverizándola en una nube de vapor y escombros.

—¡Es un poder que nunca habíamos visto! —exclamó Theron, sus ojos fijos en la destrucción.

Seraphina sintió una punzada de desesperación. La profecía se cumplía ante sus propios ojos. Las defensas de cristal se hacían añicos.

De repente, una sección del muro de hielo cedió ante el asalto combinado de los Pieles de Lava y un torrente de fuego conjurado. Una brecha se abrió, y las tropas de Embercliff, lideradas por los feroces Pieles de Lava, comenzaron a inundar el Paso del Aliento del Dragón. El aire se llenó de los gritos de los guardias de Frostvale, del choque de acero y el silbido del fuego contra el hielo.

—¡Debemos sellar esa brecha! —gritó Seraphina—. ¡Capitán Theron, reúne a todos los magos de hielo! ¡Que conjuren el Muro del Glaciar!

Mientras Theron corría a dar las órdenes, Seraphina se encontró de pie junto a Lady Isolde, quien parecía paralizada por el terror.

—Mi Reina... esto es... —balbuceó Isolde, sus ojos bien abiertos, no solo por el miedo, sino por algo más. Un brillo extraño, fugaz, que Seraphina captó. ¿Era pánico puro, o era culpa?

La duda la torturaba, pero no había tiempo para la introspección. Seraphina desenvainó su propia espada, Filo de Escarcha, una hoja de acero plateado que parecía absorber el frío del ambiente. Su armadura, de placas de hielo imbuido con runas, brillaba con una luz azul tenue. Ella era la Reina de Frostvale, y no podía permitirse el lujo de acobardarse mientras su reino ardía.

—¡Al muro! —ordenó, su voz clara y autoritaria, a pesar del temblor en sus propias manos.

Corrió hacia la brecha, sus guardias más leales a su lado. El olor a azufre y carne quemada era abrumador. Se encontró cara a cara con un Piel de Lava, una criatura de pesadilla con ojos ardientes. Su espada chocó con las garras incandescentes de la bestia, enviando chispas y un chorro de vapor. La magia de escarcha de su espada congeló momentáneamente las garras de la criatura, permitiéndole un golpe limpio que la hizo retroceder.

Pero la marea de Embercliff era incesante. Los soldados de fuego eran hábiles y despiadados, y sus Maestros del Fuego, protegidos por sus guerreros, continuaban lanzando hechizos devastadores. Seraphina se vio inmersa en una vorágine de combate, su espada era una extensión de su voluntad, cortando, parando, empujando.

Fue entonces cuando Kaelith hizo su movimiento.

Saltó de su caballo, su imponente figura aterrizó con gracia mortal en la parte superior del muro derrumbado. Su espada, La Garra del Dragón, resplandecía con una luz más intensa, y con cada golpe, enviaba una ráfaga de fuego que consumía todo a su paso. Sus ojos ámbar, fríos y calculadores, escanearon el campo de batalla, deteniéndose finalmente en Seraphina.

Una chispa. Un reconocimiento. Un encuentro inevitable entre el hielo y el fuego.

Seraphina sintió un escalofrío que no provenía del frío. El Príncipe de Embercliff la había notado. Era como si un depredador hubiera fijado su mirada en su presa. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de terror y una extraña adrenalina.

Kaelith se abrió camino a través de la refriega con una eficiencia brutal, sus ojos fijos en la Reina de Frostvale. Él no gritaba órdenes, no emitía sonidos. Su presencia era un comando silencioso, una ola de terror que se extendía ante él. Los pocos guardias de Frostvale que se interponían en su camino fueron barridos por ráfagas de fuego o derribados por golpes de su espada.

Finalmente, Kaelith y Seraphina se encontraron. Los dos líderes, uno de hielo, el otro de fuego, de pie en el mismo muro roto, el caos de la batalla a su alrededor.

—Reina de Frostvale —dijo Kaelith, su voz era profunda y resonante, como el murmullo de un volcán, desprovista de emoción, pero con una autoridad innegable—. Nuestro encuentro es inevitable.

Seraphina levantó su espada, el frío metal temblaba ligeramente en sus manos, pero su mirada era firme.

—Príncipe de Embercliff. No pasarás. No mientras yo respire.

El aire entre ellos chispeó con una tensión elemental. Hielo y fuego. Destino entrelazado. El futuro de Frostvale se decidiría en este encuentro, el primer choque de dos líderes que, sin saberlo, estaban destinados a forjar una alianza improbable contra una oscuridad aún mayor. La frontera había sido rota. Las llamas estaban en la puerta. Y la guerra había comenzado de verdad.

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