A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: El Protector
Pov Raquel
—Señora Vivez, su hijo ya está listo. Puede pasar a verlo.
La enfermera me guió por el pasillo del hospital hasta una de las salas de urgencias. Cuando entré y vi a Santiago sentado en la camilla con el brazo enyesado, algo dentro de mí se rompió.
Mi bebé. Mi niño de seis años con lágrimas secas en las mejillas y una expresión que lo hacía verse mucho mayor de lo que era.
—Mami —sollozó cuando me vio, y corrí hacia él.
—Estoy aquí, mi amor. Estoy aquí.
El doctor entró detrás de mí con una tableta en la mano.
—Señora Vivez, Santiago tiene una fractura limpia en el radio. Necesitará el yeso por seis semanas, pero sanará completamente. Fue afortunado, considerando la caída.
—¿Caída? —pregunté, mirando al doctor y luego a mi hijo—. Me dijeron que se cayó del columpio.
El doctor intercambió una mirada con la enfermera.
—Señora, según el reporte de la escuela, Santiago se peleó con otro estudiante. Durante la discusión, el otro niño lo empujó por las escaleras.
La rabia comenzó a hervir en mis venas.
—¿Lo empujaron?
—Mamá, no fue mi culpa —lloró Santiago—. Él empezó. Él dijo cosas horribles.
—¿Qué dijo, mi amor?
Santiago bajó la mirada, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—Dijo que yo era un estafador como mi papá. Que toda mi familia éramos ladrones. Que por eso ya no tenemos dinero.
El dolor me atravesó el pecho como una lanza.
Las consecuencias. Los niños inocentes pagando por los pecados de su padre muerto.
—No le hagas caso, mi amor —dije, abrazándolo con cuidado de no tocar su brazo herido—. Ese niño está equivocado. Tú no eres nada de eso.
—Pero todos lo dicen, mami —sollozó contra mi hombro—. Todos en la escuela lo dicen.
Marcela entró en ese momento con los otros dos trillizos. Sofía corrió hacia su hermano llorando.
—¿Te duele mucho? —preguntó, tocando suavemente el yeso.
—Un poco —admitió Santiago.
Ángel llegó poco después, sudado y claramente preocupado.
—¿Cómo está?
—Tiene el brazo roto —dije, intentando mantener la voz firme—. Pero va a estar bien.
Después de que le dieron el alta, llevamos a Santiago al auto. Marcela se sentó atrás con los trillizos mientras Ángel conducía.
—Ángel, llévanos a casa. Deja a Santiago con Marcela. Tengo que ir a la escuela.
—¿A la escuela? ¿Para qué?
—Me informaron que los padres del otro niño están ahí. Y voy a asegurarme de que ese pequeño monstruo sea expulsado.
—Mamá, tal vez deberías calmarte primero...
—Ahora, Ángel.
La oficina del rector estaba llena cuando llegué. El rector, el señor Jiménez, se veía incómodo detrás de su escritorio. Y frente a él estaban los padres del niño que había empujado a mi hijo.
Rodrigo y Patricia Mendoza. Reconocí el apellido inmediatamente. Familia adinerada, con conexiones políticas y negocios en toda la ciudad.
—Señora Vivez —dijo el rector, poniéndose de pie nerviosamente—. Gracias por venir.
—¿Dónde está el niño que empujó a mi hijo por las escaleras? —pregunté sin rodeos.
Patricia Mendoza me miró con desdén apenas disimulado.
—Mi hijo no empujó a nadie. Fue un accidente.
—¿Un accidente? Mi hijo tiene el brazo roto.
—Los niños se pelean —dijo Rodrigo Mendoza con indiferencia—. Son cosas que pasan.
—No, las cosas que pasan son discusiones. Empujar a un niño de seis años por las escaleras es agresión. Exijo que expulsen a su hijo inmediatamente.
Patricia se rio. Una risa cruel que me hizo apretar los puños.
—¿Expulsión? No sea ridícula. Mi esposo es uno de los principales donantes de esta escuela. Nuestro hijo no irá a ningún lado.
—Su hijo rompió el brazo del mío —dije, sintiendo cómo la rabia me hacía temblar—. ¿Eso no les importa?
—Francamente, señora Vivez —dijo Rodrigo con voz fría—. Si usted criara mejor a sus hijos, tal vez no se meterían en peleas. Pero supongo que es difícil dar buen ejemplo cuando su difunto esposo era un ladrón.
Me quedé sin aire.
—¿Cómo se atreve...?
—Es la verdad, ¿no? —continuó Patricia—. Todo el mundo sabe que Miguel Vivez estafó a medio país. Y ahora usted está aquí, pretendiendo tener autoridad moral, cuando todos saben que está quebrada y desesperada.
—¡Suficiente! —grité—. Mi situación económica no tiene nada que ver con que su hijo sea un matón que lastima a otros niños.
El rector se aclaró la garganta nerviosamente.
—Señora Vivez, señores Mendoza, por favor calmemos...
—No hay nada que calmar —dijo Rodrigo, poniéndose de pie—. Nuestro hijo se quedará en esta escuela. Y si la señora Vivez tiene un problema con eso, tal vez debería considerar llevarse a sus hijos a otra institución. Una más... acorde a sus circunstancias actuales.
La humillación me quemó las mejillas.
—¿Cuánto? —preguntó una voz desde la puerta.
Todos giramos.
Julian Harrington estaba ahí, apoyado contra el marco de la puerta con una expresión que helaba la sangre. Vestía su traje impecable, pero había algo peligroso en sus ojos.
—¿Señor Harrington? —el rector se puso de pie inmediatamente—. No sabía que usted...
—Pregunté cuánto —repitió Julian, ignorando al rector y mirando directamente a Rodrigo Mendoza—. ¿Cuánto donó a esta escuela?
—Eso no es de su incumbencia —respondió Rodrigo, pero había nerviosismo en su voz.
—Cincuenta mil al año —dijo Julian, entrando completamente a la oficina—. Lo investigué en el camino hacia acá. Patético.
Se acercó al escritorio del rector y sacó su chequera.
—Aquí tiene —dijo, escribiendo rápidamente y arrancando el cheque—. Quinientos mil. Donación inmediata. A cambio, el hijo de los Mendoza será expulsado hoy mismo.
El silencio en la oficina fue absoluto.
—Señor Harrington... —comenzó el rector con voz temblorosa.
—Y si ese niño no es expulsado —continuó Julian como si no hubiera sido interrumpido—, me aseguraré personalmente de que sea procesado por agresión e intento de homicidio. Sí, escucharon bien. Homicidio. Porque empujar a un niño de seis años por las escaleras podría haberlo matado.
Patricia Mendoza se puso pálida.
—No puede hacer eso...
—¿No puedo? —Julian se volvió hacia ella con una sonrisa helada—. Soy Julian Harrington. Puedo hacer lo que quiera. Y lo que quiero ahora mismo es que su pequeño monstruo sea removido de esta escuela y enviado a un reformatorio donde aprenda que hay consecuencias por lastimar a otros niños.
—Esto es absurdo —dijo Rodrigo, pero su voz temblaba—. No tiene autoridad...
—Tengo más autoridad de la que usted podría soñar —respondió Julian con calma mortal—. Y si vuelve a insultar a la señora Vivez, me aseguraré de que sus negocios colapsen antes de que termine el mes. ¿Me entendió?
Rodrigo tragó saliva audiblemente.
El rector miraba el cheque en su mano como si fuera una bomba.
—Señor Harrington, yo... esto es muy generoso, pero...
—No hay peros —dijo Julian—. Expulse al niño o me llevo mi donación y mi influencia a otra escuela. Una que aprecie tener a estudiantes de calidad como los hijos de la señora Vivez.
El rector miró a los Mendoza, luego a Julian, luego al cheque.
—Entiendo —dijo finalmente—. El joven Mendoza será expulsado efectivo inmediatamente. Tendrán que buscar otra institución.
—¡Esto es indignante! —gritó Patricia.
—Esto es justicia —respondió Julian—. Ahora, sugiero que tomen a su hijo y se vayan antes de que presente cargos de todas formas.
Los Mendoza salieron de la oficina maldiciendo, pero derrotados.
El rector se volvió hacia mí con una expresión de alivio y gratitud.
—Señora Vivez, lamento profundamente lo que su hijo tuvo que pasar. Le aseguro que reforzaremos nuestras políticas contra el bullying.
—Gracias —dije débilmente, todavía procesando lo que acababa de pasar.
Julian me tomó del brazo con suavidad.
—Vámonos.
Salimos de la escuela en silencio. Cuando llegamos al estacionamiento, finalmente encontré mi voz.
—Gracias. No tenías que hacer eso.
—Sí tenía —respondió simplemente.
—Julian, esto va a hacer que la gente hable. Van a empezar a preguntar por qué te involucraste. Qué relación tenemos.
Él se encogió de hombros.
—Que hablen.
—No lo entiendes. Esto va a...
—Te veo mañana en la noche —me interrumpió, acercándose peligrosamente—. En mi oficina. Y ya sabes cómo quiero que me agradezcas.
El calor me subió por el cuello.
—Eres un pervertido.
—Y a ti te gusta —dijo con una sonrisa descarada.
Subió a su auto y arrancó, dejándome ahí parada en el estacionamiento con una sonrisa que no podía controlar.
¿Por qué era tan pervertido?, me pregunté.
Pero esa perversión me gustaba. Aunque me negara a aceptarlo en voz alta.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏